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jueves, 19 de septiembre de 2019

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La Victoria Estrat�gica cap�tulo 12

La primera Batalla de Santo Domingo

(Cap�tulo 12)

El Batall�n 22 entr� en Santo Domingo al mediod�a del s�bado 28 de junio, y su jefe, el comandante Eugenio Men�ndez, recibi� la orden del teniente coronel S�nchez Mosquera de proseguir la marcha r�o arriba y establecer campamento a la altura de Santana.

El capit�n rebelde Andr�s Cuevas, uno de los jefes �m�s eficaces, combativos e inteligentes�.

En esta decisi�n del jefe de la agrupaci�n enemiga hay dos cuestiones que comentar. En primer lugar, resulta evidente que la orden obedec�a al plan operacional trazado por el mando enemigo. No existe constancia documental de este plan, pero no hay que hacer demasiado esfuerzo para comprender que de lo que se trataba era de situar a este segundo batall�n en una posici�n id�nea para dar el siguiente paso: el asalto simult�neo por dos direcciones paralelas al firme de la Maestra.

Al Batall�n 11 le corresponder�a la misi�n de alcanzar el alto de El Naranjo desde Santo Domingo, mientras que el Batall�n 22 deb�a tomar el alto de Santana y, quiz�s, el de Rascacielo, a poco m�s de un kil�metro en l�nea recta hacia el este del anterior. Una vez en esa posici�n, las tropas del Batall�n 22, supuestamente, enlazar�an con las del Batall�n 18 del comandante Quevedo, que avanzaba desde el Sur en direcci�n a esos mismos puntos. As� se cumplir�a uno de los objetivos esenciales del plan general de la ofensiva enemiga: cortar en dos, de Norte a Sur, el territorio rebelde y establecer una l�nea b�sica a partir de la cual pudiera iniciarse la fase ulterior de peine del terreno en direcci�n al Oeste, o un posible cerco estrat�gico de nuestras fuerzas en combinaci�n con las unidades que avanzaban al interior de la Sierra desde el noroeste, esto es, desde las Vegas de Jibacoa, Las Mercedes y San Lorenzo, despu�s de la ocupaci�n de este �ltimo punto en los d�as finales del mes de junio, como veremos en el cap�tulo siguiente.

No cabe duda de que la premisa del doble asalto simult�neo al firme de la Maestra ten�a un s�lido fundamento desde el punto de vista de la planificaci�n enemiga. Ante una situaci�n semejante, nuestros reducidos efectivos en la zona hubiesen tenido que realizar un esfuerzo verdaderamente heroico para contener la iniciativa del Ej�rcito.

De entrada, si el segundo Batall�n enemigo lograba llegar a Santana, la amenaza planteada nos obligar�a a desistir por el momento de nuestros planes de cercar a la tropa de Santo Domingo, pues no nos quedar�a m�s remedio que concentrar apresuradamente a todos nuestros grupos en este sector y traerlos para esos dos puntos. Esto significar�a, por ejemplo, entre otras disposiciones, situar al personal de Guillermo Garc�a, Lalo Sardi�as y Andr�s Cuevas en la subida de Santana, o bien mandar a Camilo para ese lugar y mantener a Lalo o a Guillermo en Santo Domingo como refuerzo de las l�neas defensivas en esa zona, adem�s de dejar a F�lix Duque donde estaba, en el ascenso del firme de Gamboa, y mover a Eddy Su�ol para El Naranjo. En cualquier caso, el plan de cerco de la tropa enemiga en Santo Domingo y de emboscada a los refuerzos en el r�o o en el alto de El Cacao tendr�a que aplazarse.

Para nosotros era de vital importancia, como ya expliqu� en cap�tulos anteriores, que el enemigo no pudiera llegar al curso superior del r�o Yara, ya fuese por la v�a de San Francisco, que pocos d�as antes se hab�a planteado como amenaza, o por la v�a de Pueblo Nuevo. La primera variante qued� progresivamente eliminada, en la medida en que el Batall�n 22 continu� su marcha desde El Verraco a El Cacao por una ruta similar a la de S�nchez Mosquera. Ahora quedaba la segunda alternativa, en previsi�n de la cual hab�amos situado la fuerte emboscada de Lalo en Pueblo Nuevo.

Y aqu� nos encontramos con el segundo elemento en la decisi�n de S�nchez Mosquera que vale la pena comentar. Seg�n refirieron despu�s los guardias prisioneros en el Combate de Pueblo Nuevo, todo parece indicar que el jefe del Batall�n 11 no le advirti� al comandante Men�ndez que apenas cuatro d�as antes, una patrulla de sus fuerzas hab�a chocado con una emboscada rebelde, justo sobre la misma ruta en la que ordenaba seguir a la unidad reci�n llegada, ni le hizo saber que ese camino permanec�a a�n sin explorar. Por el contrario, a juzgar por la manera en que ven�a la vanguardia que tropez� poco despu�s con los combatientes de Lalo Sardi�as, la impresi�n era que avanzaban confiados en que la ruta hab�a sido debidamente explorada y no exist�a peligro alguno de encontrar resistencia a lo largo de todo el camino. De ser as�, se trat� de un grave error militar o �tico.

En el parte militar divulgado por Radio Rebelde, despu�s de la batalla, dec�amos al respecto:

No nos corresponde a nosotros enjuiciar las faltas militares de los jefes de la dictadura, pero es evidente que el Teniente Coronel S�nchez Mosqueda [Mosquera] incurri� en graves errores t�cticos que no se�alamos, porque nos interesa que no se rectifiquen y actu� con evidente falta de pundonor militar al enviar como Conejillo de Indias un batall�n por un camino que no hab�a explorado sin advertirle, que d�as antes sus fuerzas hab�an hecho o con los rebeldes en ese trayecto, dejando luego [a] los soldados abandonados a su suerte.

Aqu� cabr�a preguntarse qu� motivo pudo animar al jefe del Batall�n 11 a actuar de esa manera. El hecho cierto es que el Batall�n 22 prosigui� la marcha r�o arriba poco despu�s de llegar a Santo Domingo, y lo hizo sin tomar las m�nimas precauciones que cabr�a esperar en circunstancias como esas. S�nchez Mosquera era un tipo ambicioso y extra�o que se cre�a superior a los dem�s jefes; hab�a ascendido dos grados en un a�o. Guardaba un gran odio por el golpe asestado a su pelot�n de paracaidistas en enero de 1957.

El resultado fue que, poco despu�s de las 2:00 de la tarde, la vanguardia de esta tropa choc� con la emboscada de Lalo Sardi�as en Pueblo Nuevo. El Combate de Pueblo Nuevo marc� el inicio de lo que entonces denominamos la primera Batalla de Santo Domingo, pero se�al� tambi�n el comienzo de la contenci�n de la ofensiva enemiga. De hecho, se abr�a una segunda etapa en el rechazo de este �ltimo gran intento del Ej�rcito de la tiran�a por ganar la pelea contra las fuerzas rebeldes en la Sierra Maestra. En la primera de estas etapas, como es conocido, la iniciativa estuvo casi completamente en manos del enemigo, desde el 25 de mayo, fecha en que se iniciaron sus movimientos de penetraci�n en nuestro territorio por Las Mercedes y la zona de Minas de Bueycito, y a lo largo de casi todo el mes de junio, con la ocupaci�n sucesiva de las Vegas de Jibacoa y de San Lorenzo en el sector noroccidental, Santo Domingo en el sector nororiental y Jig�e en el sector meridional del frente de batalla. A partir de Pueblo Nuevo, el 28 de junio, el enemigo ser�a rechazado cada vez que intentara avanzar en mayor profundidad, con las �nicas excepciones de la ocupaci�n moment�nea de Meri�o a principios de julio y de Minas de Fr�o a mediados de ese mismo mes, o ser�a inmovilizado en las posiciones ya alcanzadas. De ah� el t�rmino utilizado de "etapa de contenci�n de la ofensiva". Esta etapa se prolongar� hasta el 11 de julio y culminar� con el inicio de la Batalla de Jig�e, que conducir� a la derrota y captura del Batall�n 18. A partir de ese momento se desatar� la contraofensiva incontenible de nuestras fuerzas hasta la retirada total y definitiva del enemigo de toda la monta�a.

Con una efectiva combinaci�n de fuego y el efecto demoledor de la mina colocada en el camino, estallada en el momento preciso, la vanguardia del Batall�n 22 fue completamente destruida desde los primeros momentos, y el resto del personal enemigo qued� fijo en los lugares ocupados al inicio de la acci�n, casi todos en el cauce y las m�rgenes del r�o. All�, a pesar de los morterazos contra las l�neas rebeldes, los guardias quedaron encerrados en un anillo de fuego que muy pronto comenz� a provocar bajas cuantiosas entre ellos.

La escuadra rebelde de Zen�n Meri�o que cuidaba un trillo hacia el alto de El Naranjo atac� la primera compa��a del Batall�n 22, cercada por el pelot�n de Lalo.

Mientras, los hombres de este �reforzados despu�s del inicio del combate por el pelot�n de Andr�s Cuevas� iban diezmando al enemigo y estrechando cada vez m�s el cerco.

Un refuerzo de la tercera compa��a del Batall�n 22, por el camino m�s directo hacia el puesto de mando, choc� a boca de jarro con la ametralladora 50 de Curuneaux y la fusiler�a de la escuadra rebelde que la acompa�aba. Hizo dos intentos por avanzar en mayor profundidad, el segundo de ellos con apoyo de un refuerzo del Batall�n 11 de Mosquera. Ya a la altura de las 6:30 de la tarde, Huber Matos me informaba del rechazo de estas maniobras, y m�s tarde empec� a recibir las primeras noticias de la magnitud del desastre sufrido por el enemigo.

A la ca�da de la noche, la situaci�n era desesperada para el mando del Batall�n 22, una de sus compa��as �la N� hab�a sido parcialmente aniquilada, y el resto de su tropa permanec�a atrapada, otra hab�a sufrido muchas bajas y se dispers�, y la tercera fue rechazada hacia Santo Domingo, desde donde no volvi� a realizar intento alguno de acudir de nuevo en apoyo de sus compa�eros. El experimentado Batall�n 11, por su parte, tampoco se movi�, salvo el peque�o refuerzo que envi� a la tercera compa��a del 22.

Durante la noche del 28 de junio, los hombres de Lalo se dedicaron a recopilar todas las armas de los muertos enemigos o abandonadas por los que hab�an huido.

En esta primera requisa se ocuparon m�s de 30 fusiles, una ametralladora calibre 30, un mortero de 60 mil�metros, abundante parque para todas estas armas y alrededor de 60 mochilas. Se contaron esa noche 11 guardias muertos y se capturaron dos prisioneros. A la ma�ana siguiente, ya el conteo ascend�a a unos 20 muertos, 23 prisioneros y m�s de 50 armas, casi todas semiautom�ticas.

El resultado de esta primera jornada, durante la que se combati� fuertemente a lo largo de m�s de cinco horas, fue tan espectacular que nos hizo llegar a la conclusi�n de que era factible, no solo precipitar los planes de cerco que hab�amos elaborado, sino considerar, incluso, la posibilidad de lanzar un asalto en toda regla contra la fuerza enemiga establecida en Santo Domingo.

En las primeras horas de la noche comenc�, por tanto, a dictar las �rdenes pertinentes para ocupar las posiciones, tanto en torno a Santo Domingo, como en el punto indicado para contener cualquier posible refuerzo que viniera desde Providencia por el r�o, ese sitio era sin discusi�n a la altura de Casa de Piedra.

La otra �nica v�a para un posible refuerzo era la del Sur, con los efectivos del batall�n acampado en Jig�e. Pero en esa direcci�n, para impedirlo, estaba Ram�n Paz posicionado en El Naranjal. En mensaje que le envi� a este capit�n rebelde, responsable d�as antes de haber conjurado el peligro que plante� moment�neamente la entrada de Quevedo por La Caridad, le inform�:

Esta noche he tomado todas las disposiciones para cortarle la retirada a esa tropa [la de Santo Domingo] y tratar de batirla totalmente aprovechando el momento m�s oportuno. Las pr�ximas 24 horas, a partir de ma�ana al amanecer, van a ser de intensa y decisiva lucha. Tengo la seguridad de que si el combate se desarrolla ma�ana por Santo Domingo en la forma planeada, la tropa enemiga de Jig�e har� lo posible por avanzar hacia ac� y esa ser� tu oportunidad.

Te env�o estas noticias para que est�s alerta.

Camilo hab�a llegado finalmente con sus hombres a La Plata esa misma tarde, y ya de noche, tras apenas un par de horas de descanso, sigui� rumbo a Casa de Piedra en una dura caminata. Llevaba instrucciones de que la emboscada contra el refuerzo ten�a que estar dispuesta al amanecer, y fueron cumplidas. Con el apoyo del personal de F�lix Duque, al que mov� tambi�n hacia Casa de Piedra, la trampa contra el refuerzo qued� montada a tiempo y con toda eficacia.

En cuanto a la tropa principal cercada en Santo Domingo, tambi�n esa noche envi� instrucciones a Ramiro para que acelerara el traslado hacia el alto de El Cacao del personal de la columna de Almeida que hab�a recibido instrucciones de moverse hacia esa zona, y orden� a Guillermo ocupar posiciones en La Manteca, lo m�s cerca posible de los guardias. De esta forma pod�a quedar cerrado por el Sur el anillo rebelde en torno al campamento del Batall�n 11. Por el Norte, es decir, por los estribos del firme de la Maestra, se mantendr�an los grupos rebeldes, y ser�an reforzados por el personal de reserva de Ren� Ramos Latour. Parte de estos grupos deb�a cubrir las posiciones dejadas por Duque en el estribo de Gamboa.

Lalo y Cuevas, por su parte, seguir�an en sus posiciones en Pueblo Nuevo, donde seguramente tendr�an que combatir al d�a siguiente contra los restos del Batall�n 22 que a�n permanec�an en el r�o. Cuando fueran venciendo la resistencia de los guardias, deb�an avanzar en direcci�n a Santo Domingo. Del otro lado, es decir, aguas abajo por la zona de Leoncito, por ahora no dispon�amos de ning�n personal para destinar a ese lugar, pero no era este un problema que me preocupara demasiado: si la tropa enemiga atacada en Santo Domingo optaba por intentar una retirada por el r�o, su marcha podr�a ser interceptada con relativa facilidad por alguno de los grupos rebeldes que atacar�an desde cualquiera de las dos laderas y, en �ltima instancia, estaba en Casa de Piedra la emboscada de Camilo, a quien le advert� de esta contingencia para que estuviera preparado a virar sus posiciones si fuera necesario.

En esta direcci�n cont�bamos con la escuadra de Eddy Su�ol en El Toro, destinada en un primer momento precisamente a la posici�n de Leoncito, pero, como se recordar�, este personal hab�a debido permanecer donde estaba para actuar en caso de que la tropa enemiga reci�n llegada el d�a anterior a Taita Jos� intentase continuar su penetraci�n. Estos guardias, sin embargo, emprendieron el propio d�a 29 el regreso a las Vegas, con lo cual el peligro en esta zona qued� conjurado. Pero la informaci�n lleg� demasiado tarde, y los hombres de Su�ol no participaron por esa raz�n en el combate contra la tropa de Santo Domingo esa segunda noche.

En la ma�ana del domingo 29 de junio, al d�a siguiente del primer choque en Pueblo Nuevo, se reanud� el combate en ese lugar. El personal al mando de Lalo Sardi�as comenz� a realizar una limpieza de toda la zona por donde se hab�an dispersado los guardias el d�a anterior, y a media ma�ana recibieron con una lluvia de fuego a la compa��a enviada por S�nchez Mosquera desde Santo Domingo para tratar de rescatar los restos del diezmado Batall�n 22. El jefe enemigo intent� nuevamente avanzar por las faldas del alto de El Naranjo, pero sin mucha decisi�n.

Fortalecido por las armas y el parque capturado durante la noche, y por la euforia del triunfo aplastante alcanzado el d�a anterior, la fuerza rebelde combati� ese d�a de nuevo con energ�a y efectividad. Alrededor del mediod�a el enemigo fue rechazado otra vez hacia Santo Domingo.

El balance de los resultados de estos dos combates, realizado en d�as sucesivos e informado por Radio Rebelde el 30 de junio, fue el siguiente: 26 guardias muertos, 27 prisioneros, un mortero calibre 60 con bastante parque, un fusil ametralladora con 10 cajas de cintas, 38 fusiles semiautom�ticos Garand, siete carabinas San Crist�bal, cinco carabinas M-1, tres fusiles Springfield, dos subametralladoras Thompson; es decir, 57 armas en total.

Se ocuparon, adem�s, alrededor de 15 000 balas, 60 mochilas completas, uniformes y botas adicionales, siete casas de campa�a, cananas, cantimploras, alimentos en conserva y un equipo de comunicaci�n por microonda. Hab�a sido un verdadero desastre para el Ej�rcito enemigo, sufrido por una de sus agrupaciones de campa�a mejor equipadas, como se observa por la calidad del armamento ocupado.

Pero ese mismo domingo 29 de junio, el enemigo recibi� otro fuerte golpe, al chocar un pelot�n enviado por S�nchez Mosquera en busca de suministros con la emboscada de Camilo y Duque en Casa de Piedra. Ocurri� un combate violento que comenz� poco despu�s del mediod�a, como resultado del cual murieron ocho guardias, se capturaron tres prisioneros �dos de ellos heridos, quienes fallecieron posteriormente�, y se ocuparon un fusil ametralladora Browning, dos Garand, tres San Crist�bal, una carabina M-1, tres fusiles Springfield y unas 3 000 balas. Seg�n el parte que me envi� Camilo esa tarde, los guardias que lograron escapar de regreso a Santo Domingo llevaban consigo no menos de 10 heridos m�s.

En este primer Combate de Casa de Piedra sufrimos una baja en nuestras filas: Wilfredo Lara, conocido por Gustavo, quien muri� combatiendo en el firme de Casa de Piedra, en el lugar donde el enemigo hizo el principal esfuerzo por escapar de la emboscada.

Concluido el combate, Camilo comenz� a moverse r�o arriba para cumplir las instrucciones recibidas, en el sentido de coadyuvar en la acci�n contra el campamento de Santo Domingo planificada para esa noche. El personal de Duque regres� a sus antiguas posiciones en el firme de Gamboa.

Mientras tanto, las otras fuerzas rebeldes que participar�an en el asalto al campamento principal hab�an ido ocupando sus posiciones. En mensaje que le envi� a Guillermo, quien ya estaba en el alto de El Cacao, le indiqu� que al anochecer avanzara resueltamente con sus hombres en direcci�n a la casa de Lucas Castillo, donde, como se recordar�, estaba instalado el puesto de mando de S�nchez Mosquera, y le particip� que la intenci�n de la operaci�n era "procurar partirlos en dos partes por ese punto, atacando tambi�n desde Naranjo, Santana y casa de Piedra".

"Puede ser esta una victoria decisiva", le advert� tambi�n a Guillermo en ese mensaje. Y a Paz ese mismo d�a le trasmit� la misma apreciaci�n optimista: "Esto est� constituyendo una gran victoria, que tratamos de lograrla completa".

Realmente, nuestra impresi�n despu�s del primer triunfo en Pueblo Nuevo era que pod�amos aprovechar la situaci�n creada para tratar de obtener la captura del grueso de la fuerza enemiga estacionada en Santo Domingo, lo cual ser�a algo determinante para el curso posterior de la ofensiva enemiga. La posibilidad de poder derrotar y capturar una de las tres agrupaciones enemigas principales que actuaban contra nuestras fuerzas, de ellas la m�s poderosa, mejor equipada y comandada por uno de los jefes m�s notorios con que contaba el Ej�rcito de la tiran�a, era demasiado atractiva como para dejar pasar la ocasi�n sin intentarlo. No cabr�a duda alguna de que, si �ramos capaces de lograr ese objetivo, el mando enemigo sufrir�a un golpe del que dif�cilmente podr�a recuperarse, tanto por la significaci�n moral de nuestra victoria como por la implicaci�n material negativa, ya que se ver�a privado de una de las piezas fundamentales para sus planes. Nuestras fuerzas, por su parte, recibir�an una importante inyecci�n de recursos con los que podr�amos asumir la iniciativa y lanzarnos a una contraofensiva indetenible.

En nuestra apreciaci�n de la situaci�n t�ctica, adem�s, part�amos del criterio de que los golpes recibidos los d�as 28 y 29 por el enemigo en la zona, sumados a la cobarde conducta de S�nchez Mosquera, hab�an producido una desmoralizaci�n en la tropa estacionada en Santo Domingo, lo cual parec�a confirmar las declaraciones de algunos de los guardias capturados. Aunque en t�rminos estrictamente materiales la correlaci�n local de fuerzas no resultaba todav�a favorable a nosotros, valor�bamos, tambi�n, que dispon�amos de cerca de 100 combatientes rebeldes que podr�an entrar en acci�n desde distintas direcciones convergentes sobre el �rea ocupada por los guardias en Santo Domingo, lo cual, unido al hecho de que ocup�bamos posiciones dominantes en las alturas en torno al campamento, nos permitir�a disponer de una cierta ventaja.

Todas estas consideraciones nos llevaron a ratificar, al mediod�a del domingo 29, nuestra decisi�n de lanzar esa noche el ataque concertado al enemigo. El asalto tendr�a efecto desde las cuatro direcciones principales, con la participaci�n de casi todas las fuerzas rebeldes presentes en la zona. Desde el Sur, del otro lado del r�o Yara, atacar�an los grupos al mando de Huber Matos, reforzados por las tropas de Daniel, P�rez �lamo y Geonel Rodr�guez, y con el apoyo de la ametralladora 50 de Curuneaux. Desde el Norte avanzar�an hacia las l�neas enemigas los combatientes de Guillermo Garc�a, a los que se hab�an sumado los de Reinaldo Mora y otros peque�os grupos llegados en las �ltimas horas. Desde el Este, a lo largo del r�o desde Pueblo Nuevo, las fuerzas de Lalo Sardi�as, Andr�s Cuevas y Zen�n Meri�o tratar�an de quebrar la resistencia en ese sector del per�metro enemigo. Desde el Oeste, tambi�n sobre el r�o, los combatientes de F�lix Duque, con un refuerzo de hombres de la tropa de Camilo, intentar�an cerrar en esa direcci�n el anillo rebelde y, con el apoyo del grueso del personal de Camilo situado todav�a en Casa de Piedra, impedir�an la fuga de los guardias por la v�a m�s probable.

Durante el resto de la tarde, nuestros combatientes fueron ocupando sus posiciones avanzadas para el combate. En esas pocas horas previas a la acci�n, los t�cnicos de Radio Rebelde instalaron a la carrera, cerca del alto de Sabic�, uno de los altoparlantes de la emisora con sus micr�fonos, tocadiscos y dem�s equipos de apoyo, alimentados por una planta relativamente peque�a y port�til con que ya cont�bamos. Hab�amos decidido tambi�n emplear, por primera vez en la lucha en la Sierra Maestra, el recurso de esta arma psicol�gica para impresionar al enemigo y contribuir a profundizar la desmoralizaci�n que supon�amos en sus filas.

Poco despu�s del anochecer comenz� el combate, que se prolong� durante casi toda la noche y la madrugada del d�a 30. Sin embargo, el enemigo resisti� fuertemente desde posiciones bien fortificadas. S�nchez Mosquera tuvo la previsi�n de tomar algunas de las alturas menores alrededor de su campamento, sobre todo, las m�s cercanas a las dos m�rgenes del r�o.

Los combatientes rebeldes que avanzaron desde la zona de El Naranjo no lograron siquiera alcanzar el r�o, pues se vieron expuestos muy pronto al fuego de flanco desde las posiciones enemigas en las �ltimas alturas de los estribos de Gamboa y de El Naranjo. Como me inform� Daniel al amanecer del d�a 30:

Al llegar abajo nos vimos en un camino mal�simo con dos firmes a ambos flancos ocupados por soldados [...] en posiciones muy estrat�gicas para ellos de modo que qued�bamos al centro, en un terreno bajo y sin �rboles apenas. Estoy seguro [de] que desde all� pod�amos hacer algunas bajas a los Soldados de Batista. Pero expon�amos muchas vidas y malogr�bamos una victoria tan hermosa. A menos de 50 metros de los Guardias orden� retirada y subimos de nuevo al firme.

Daniel temi� que el enemigo fuese capaz de envolver a sus hombres, cort�ndoles la retirada hacia el alto de El Naranjo, o que estuviese en condiciones de contraatacar en direcci�n al alto de Sabic� y el firme de la Maestra. En las circunstancias de una pelea a tan corta distancia, adem�s, pens� que no podr�a contar con el apoyo efectivo de la ametralladora de Curuneaux, cuyo fuego, en realidad, se estaba concentrando hacia el propio campamento enemigo.

Algo parecido le ocurri� al personal de F�lix Duque. Al avanzar por el r�o comenzaron a ser batidos por el fuego de posiciones enemigas desde las alturas m�s inmediatas entre Leoncito y Santo Domingo, por lo que Duque decidi� dar un rodeo por la margen izquierda del r�o, con la intenci�n de atacar desde sus anteriores posiciones en el estribo de Gamboa. Pero aqu� tropez� con la resistencia de los guardias atrincherados en las alturas terminales de este estribo, los mismos que hostigaron el flanco izquierdo del avance de Daniel, y sigui� dando la vuelta hasta unirse a los combatientes que avanzaban desde El Naranjo. Al dar Daniel la orden de retirada, este grupo se repleg� tambi�n y regres� a sus antiguas posiciones en el estribo de Gamboa. Desde all� Duque, me inform� lo ocurrido en la ma�ana del d�a 30.

El personal rebelde que avanz� desde Pueblo Nuevo pudo acercarse considerablemente al per�metro central del campamento enemigo, pero tambi�n en esa direcci�n el Ej�rcito hab�a tomado precauciones y fortificado sus posiciones defensivas en puntos estrat�gicos, desde los que se dominaban el cauce y las m�rgenes del r�o. A pesar de la presi�n sostenida durante toda la noche por los combatientes de Lalo y Cuevas, no les fue posible romper la defensa enemiga en este sector, y al amanecer se vieron obligados a retirarse.

Donde el asalto tuvo m�s �xito fue en el sector norte, en el que actuaron los hombres al mando de Guillermo. Bajando sobre el per�metro enemigo desde el alto de La Manteca y la falda de la loma de El Gall�n, los combatientes de este sector lograron ocupar varias trincheras de la primera l�nea de defensa del campamento y capturar alg�n parque abandonado en ellas por los guardias, quienes, en su huida, dejaron huellas de sangre y otros indicios de bajas. Pero una vez m�s el dispositivo montado por el enemigo, a�n con recursos abundantes para combatir, no permiti� a Guillermo seguir avanzando. Fue esta tropa la que sufri� la �nica baja mortal rebelde en la acci�n: el combatiente Wilfredo Gonz�lez, Pascualito, alcanzado por el fuego cruzado de las posiciones enemigas, mientras avanzaba sobre las trincheras de los guardias.

Ante la certeza de que ser�a improbable continuar el asalto de las posiciones enemigas sin perder a otros combatientes, Guillermo determin� tambi�n suspender el ataque despu�s de varias horas de combate, y se retir� al firme.

Esa noche, mientras los montes en torno a Santo Domingo retumbaban con el fragor del combate, desde el alto de Sabic� los altoparlantes de Radio Rebelde no cesaron de sonar con las encendidas arengas de Ricardo Mart�nez, Orestes Valera y nuestros otros locutores, con los himnos patri�ticos grabados en discos y con las alegres e intencionadas canciones del Quinteto Rebelde, que bajo la entusiasta direcci�n del campesino Osvaldo Medina hac�a su primera aparici�n en el mismo escenario de guerra. Fue la primera prueba de un arma que, pocas semanas despu�s, en Jig�e, iba a desempe�ar un papel de primera importancia.

La acci�n de la noche del 29 de junio contra el campamento de S�nchez Mosquera en Santo Domingo, a pesar de que no culmin� en el de-senlace al que en un momento determinado hab�amos aspirado: la captura del Batall�n 11 y de los restos del Batall�n 22, tuvo, no obstante, resultados significativos para el curso posterior de la ofensiva enemiga. En primer lugar, enfrent� al Ej�rcito de la tiran�a por primera vez a un asalto frontal por parte de las fuerzas rebeldes a una posici�n fortificada, lo cual resultaba una evidencia, no solo del grado de maduraci�n de nuestras tropas sino, adem�s, de sus potencialidades combativas. Nunca antes en la Sierra Maestra una unidad enemiga se hab�a visto atacada de esa forma, y sometida a un volumen de fuego tan considerable. Es evidente que este hecho, unido al efecto psicol�gico de la presencia de Radio Rebelde en medio del combate, produjo en la tropa acampada en Santo Domingo un resultado profundamente desmoralizador. Prueba de ello fue que un jefe de tanta iniciativa como S�nchez Mosquera, quien contaba con una fuerza nada despreciable desde el punto de vista de sus posibilidades combativas, qued� casi anulado durante todo el desarrollo ulterior de la campa�a enemiga. Como se ver� en su momento oportuno, solo en una ocasi�n volvi� a hacer un intento relativamente t�mido por cumplir la misi�n asignada de tomar el firme de la Maestra, del que, como hemos dicho varias veces, apenas lo separaba, en apariencia, un paso. Hab�amos logrado, por tanto, uno de los prop�sitos fundamentales que nos hab�amos propuesto cuando comenzamos a planear el cerco contra esta tropa.

Como expres� en el parte redactado por m� para Radio Rebelde, y le�do por la emisora a ra�z de estas acciones, la Batalla de Santo Domingo, librada a lo largo de los d�as y las noches del 28 y 29 de junio y la madrugada del 30, hab�a suministrado:

Pruebas tan elocuentes de la victoria que muy pocas veces se ven en una guerra donde la parte derrotada cuenta con ventajas extraordinarias en armas y n�mero, demostr�ndose de manera inequ�voca la superioridad del combatiente idealista sobre el soldado mercenario.

El enemigo sufri� no menos de 36 muertos en el transcurso de la batalla, desde las primeras acciones en Pueblo Nuevo. Sin embargo, la cifra de bajas mortales debe haber sido superior. En nuestro poder quedaron 28 prisioneros, algunos de ellos heridos, quienes fueron atendidos por nuestros m�dicos.

Por Radio Rebelde trasmitimos al d�a siguiente una comunicaci�n a la Cruz Roja cubana en la que expres�bamos nuestra disposici�n de entregar a los guardias heridos en el lugar conocido como El Salto, sobre el r�o Yara, entre Providencia y Casa de Piedra. Este llamado no recibi� respuesta en los primeros momentos.

A partir de la Batalla de Santo Domingo, puede decirse que comenz� el fin de la ofensiva enemiga.

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