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jueves, 19 de septiembre de 2019

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La Victoria Estrat�gica cap�tulo 9

La Plata amenazada

(Cap�tulo 9)

Los d�as 19 y 20 de junio fueron posiblemente los m�s cr�ticos de toda la ofensiva. En el transcurso de esas jornadas, como ya hemos relatado en los cap�tulos anteriores, las fuerzas enemigas lograron ocupar Santo Domingo y las Vegas de Jibacoa, bases de operaciones potencialmente muy importantes para el posterior asalto al reducto rebelde en el firme de la Maestra, y alcanzaron una penetraci�n profunda en el territorio rebelde desde el Sur despu�s de ser rechazadas por la peque�a fuerza de Ram�n Paz en La Caridad.

Fidel y Luis Crespo, responsable de la armer�a de la Columna 1, en El Naranjo.

Para nosotros, lo peor durante los dos d�as, como tambi�n hemos visto, fue, por una parte, la convicci�n de que al menos en uno de esos frentes �el de las Vegas� la resistencia no hab�a sido todo lo eficaz y decidida que hubiese hecho falta, y, por la otra, la incertidumbre ante la carencia de informaciones precisas de lo que estaba ocurriendo en el Sur. Pero, incluso, ante esta realidad, que me provocaba, como es de suponer, profunda inquietud, hice un esfuerzo por evaluar serenamente la nueva situaci�n creada y tomar una serie de medidas con el fin de aplicar el plan previsto para una eventualidad de este tipo.

Incluso, en este momento en que el enemigo llevaba la iniciativa t�ctica, nuestros planes no contemplaban simplemente la defensa escalonada del territorio rebelde. En una guerra cl�sica, pudiera suponerse que en una coyuntura as� lo que proced�a era aplicar a plenitud las ideas y estrategias concebidas seg�n las caracter�sticas del terreno y la disponibilidad de fuerzas propias.

Celia, Fidel y Hayd�e sentados en un secadero de caf�, en abril de 1958.

En efecto, una de las l�neas dominantes en mis razonamientos estrat�gicos, desde el comienzo mismo de la ofensiva enemiga, era el aprovechamiento del terreno. Espec�ficamente, el empleo en beneficio de nuestros planes de la topograf�a caracter�stica de la Sierra Maestra, matizada por valles o depresiones rodeadas de alturas. En la pr�ctica, no me preocupaba mucho que alguna de las unidades enemigas lograra penetrar en el territorio donde se hab�a concentrado la defensa rebelde, siempre que la unidad cayera en uno de esos valles o depresiones. En realidad, no pod�a dejar de hacerlo, ya que en los valles de la Sierra es donde se encuentran dos de los elementos m�s importantes para el sostenimiento de un contingente relativamente numeroso de tropas, a saber, el agua y las v�as de comunicaci�n m�s expeditas, que, aun cuando discurren en parte de su recorrido por los firmes de la monta�a, tienden a buscar el curso de los r�os o arroyos que de manera invariable corren por el fondo de esas depresiones.

Una tropa estacionada en un valle de la Sierra Maestra era blanco propicio para el establecimiento de un cerco a lo largo de las alturas circundantes. Con una ubicaci�n as� �y teniendo en cuenta que un asalto frontal a una altura es siempre, en todo tipo de guerra, una de las operaciones m�s dif�ciles, y m�s a�n dadas las caracter�sticas montuosas de la mayor parte de las laderas de la Sierra en aquel momento� la tropa sitiada ten�a tanto en teor�a como en la pr�ctica pocas posibilidades de salir de la situaci�n en que se encontrara si no contaba con apoyo exterior; en otras palabras, si no dispon�a de refuerzos que acudieran a romper el cerco desde fuera y ayudar a salir a la tropa cercada.

Como operaci�n militar, el cerco suele ser de car�cter netamente ofensivo. Su intenci�n, por lo general, es lograr la rendici�n de la tropa sitiada por hambre, o buscar el agotamiento de sus recursos defensivos mediante acciones de desgaste, con el fin de poder lanzar al final un asalto a la posici�n cercada, en caso que fuese necesario. Pero puede darse otro tipo de cerco, cuyo objetivo sea solo contener cualquier movimiento ofensivo de la tropa asediada. Este �ltimo da al cerco, m�s que un car�cter ofensivo, uno contraofensivo.

La operaci�n que yo ten�a en mente, como primera fase de la respuesta a la amenaza planteada por la tropa enemiga que logr� penetrar en Santo Domingo el 19 de junio, pudiera ser caracterizada como una combinaci�n de estos dos tipos de cerco.

Desde el d�a anterior, cuando llegu� a la conclusi�n realista de que no iba a ser posible impedir la entrada del enemigo en ese lugar, en mi mente comenz� a conformarse el plan de establecer eventualmente el cerco a la tropa. Pero no vaya a pensarse que, en ese momento, el objetivo principal a que aspiraba era, como instancia inmediata, la captura de la fuerza enemiga que iba a ser cercada, lo cual solo podr�a lograrse mediante un asalto frontal. Era obvio que a esas alturas la correlaci�n de fuerzas no nos permit�a emprender una acci�n de tal naturaleza, que, por otra parte, podr�a provocar un n�mero considerable de bajas en nuestras filas. El enemigo manten�a a�n la iniciativa y sus tropas se encontraban m�s o menos intactas, avanzaba de manera simult�nea desde tres direcciones. Nosotros no est�bamos en condiciones de concentrar en una operaci�n, por un tiempo relativamente prolongado, la cantidad de fuerzas necesarias para establecer una correlaci�n local adecuada. Eso significar�a debilitar demasiado las l�neas defensivas opuestas a las otras direcciones de ataque del enemigo, lo cual podr�a traer consecuencias desastrosas.

El cerco que ten�a en mente, en esta primera fase, era fundamentalmente de contenci�n. No hab�a sido posible evitar la penetraci�n en el territorio rebelde. Lo que cab�a hacer ahora era no dejar a esa fuerza enemiga dar un paso m�s, ni adelante ni atr�s. En otras palabras, para utilizar la expresi�n que yo mismo emple� en el mensaje al Che del 18 de junio, ya citado, de lo que se trataba era de "embotellar" al enemigo. O como le escrib� a Su�ol ese mismo d�a, antes de la ocupaci�n de Santo Domingo por los guardias:

Caso que los soldados bajen por el Cacao y logren entrar en S. D. [Santo Domingo] despu�s de combatir con Paco [Cabrera Pupo], entonces no los vamos a dejar seguir ni para abajo ni para arriba ni para adentro de la Sierra, no qued�ndoles otro camino que regresar por donde han venido si [no] es que se lo tapamos tambi�n, cosa que no resultar�a muy f�cil porque ese firme [el alto de El Cacao] est� completamente pelado.

No obstante, ese cerco podr�a desempe�ar tambi�n un papel ofensivo en la medida en que fuera capaz de desgastar y desmoralizar al enemigo atrapado en Santo Domingo, as� como, preparar los medios necesarios para golpear o destruir los refuerzos enviados en su auxilio. De esa manera, tal vez crear�an condiciones propicias para, en una segunda instancia, lograr la rendici�n de la tropa sitiada.

La fluida situaci�n t�ctica que se produjo el d�a 19 me oblig� a variar provisionalmente este plan, al menos en lo que se refer�a al cierre del camino del r�o Yara, aguas abajo de Santo Domingo, para el que hab�a pensado utilizar la peque�a fuerza de F�lix Duque, y ya hab�a dado las �rdenes pertinentes. No pod�a pensarse por el momento en la ocupaci�n del alto de El Cacao, aparte del hecho de que estuviera "completamente pelado", mientras existiese a�n alguna tropa enemiga considerable en la zona de El Verraco. Cualquier fuerza rebelde estacionada en aquel alto quedar�a entre tres fuegos: por delante desde Santo Domingo, por detr�s desde la direcci�n de El Verraco y El Cacao, y por arriba desde el aire, en un firme donde no hab�a posibilidad de encubrimiento contra un ataque de la aviaci�n.

Por estas razones, el plan de cercar a la tropa de Santo Domingo no se ejecut� en su totalidad desde los primeros momentos. Como ya mencion�, la v�a del r�o qued� descubierta, y lo seguir�a estando en los d�as siguientes por la necesidad prioritaria de cerrar todos los accesos al firme de la Maestra al oeste de Gamboa. El alto de El Cacao ser�a ocupado de nuevo el 29 de junio, despu�s de que el resto de la tropa enemiga ubicada del otro lado cruzara y se incorporara a la de Santo Domingo.

En su lugar, lo que se estableci� de inmediato fue una l�nea defensiva de contenci�n que abarcaba las direcciones por las que no se pod�a permitir de ninguna manera un avance ulterior del enemigo. Estas dos direcciones fueron, por supuesto, la del curso superior del r�o Yara y la del firme de El Naranjo, que conduc�an de manera m�s o menos directa a una penetraci�n a fondo en el "territorio b�sico" rebelde.

En cuanto al firme de El Naranjo, la misi�n de impedir todo avance ulterior correspond�a, en un primer momento, a la misma tropita de Paco Cabrera Pupo que combati� en La Manteca, a la que se hab�a incorporado el grupo a las �rdenes de Huber Matos, reforzada ahora por el de Geonel Rodr�guez, llegado inmediatamente despu�s de ese combate. Pero en los d�as subsiguientes a la entrada del enemigo en Santo Domingo fui fortaleciendo de manera progresiva esta l�nea con la incorporaci�n de nuevas fuerzas extra�das de otras zonas de operaciones.

Como parte de este reforzamiento defensivo en el �rea del alto de El Naranjo, alrededor del d�a 22, ubiqu� personalmente a la escuadra de Dunney P�rez �lamo, que hab�a estado en la playa de La Plata como parte de las fuerzas de Pedro Miret y a la que hab�a ordenado permanecer en la zona de la Comandancia de La Plata despu�s de su retirada en ocasi�n del desembarco de la Compa��a G-4 en ese lugar el d�a 20. Las nuevas posiciones de este personal ser�an en la bajada de El Naranjo, del otro lado, y muy cerca del firme de La Plata, en el punto donde entroncaban el camino de El Naranjo con el de Los Mogos. La gente de �lamo deb�a cubrir cualquiera de esas dos direcciones en caso necesario. Este grupo, de unos 20 hombres, tambi�n permanecer�a por el momento en condici�n de reserva para ser utilizado seg�n las circunstancias y, posteriormente, formar�a parte del cerco en Santo Domingo.

Mand� tambi�n a buscar una escuadra perteneciente a las fuerzas de Camilo, la cual fue separada del resto de esa tropa y qued� en la zona de Agualrev�s con Ramiro; la ubiqu� cerca y a la izquierda de la posici�n de Lalo Sardi�as, al comienzo del firme de Los Mogos. Esta escuadra, de unos seis o siete hombres, estaba al mando de Zen�n Meri�o.

El d�a 26 envi� tambi�n al firme de El Naranjo a nuestra principal arma pesada, la "artiller�a": la escuadra de la ametralladora calibre 50 al mando de Braulio Curuneaux. En los d�as finales del mes de junio situ� al pelot�n de Ren� Ramos Latour, Daniel �quien hab�a llegado el d�a 23 a La Plata al frente de un grupo de refuerzo procedente de Santiago de Cuba�, m�s o menos a mitad de distancia entre esas posiciones y el alto de la Maestra, como segundo escal�n de reserva que entrar�a en acci�n en caso necesario. Esta relativa concentraci�n de fuerzas demuestra la importancia concedida a la defensa de la subida de El Naranjo, la v�a m�s directa para el asalto al firme de la Maestra en las cercan�as de La Plata.

Todas las escuadras de la primera l�nea de contenci�n hubieran estado subordinadas a Paco Cabrera Pupo, salvo el grupito de Zen�n Meri�o, que por su ubicaci�n se subordinar�a al mando de Lalo Sardi�as en Pueblo Nuevo. Pero, precisamente por estos d�as, Paco Cabrera Pupo enferm�, con un dolor apendicular agudo en el costado derecho, y tuvo que retirarse; como consecuencia de esto, no pudo asumir funciones de combatiente durante el resto de la ofensiva. En ausencia de Paco, no me qued� otra alternativa que confiar el mando general de esta l�nea a Huber Matos.

El d�a 20, el grupo de Paco Cabrera Pupo se hab�a trasladado al otro lado del arroyo de El Naranjo, y ocupado posiciones en el camino que sube por el arroyo, un poco m�s arriba de la casa de Clemente Verdecia, la misma que hab�a servido hasta pocos d�as atr�s de taller de confecci�n de bombas y reparaci�n de armas. En ese lugar se pod�a hacer resistencia tanto en el caso de que los guardias intentaran subir por el arroyo para ocupar El Naranjo, como en el de que tomaran hacia el firme, pues ese camino sal�a unos 100 metros detr�s de la posici�n ocupada por Paco.

Fue de all� de donde Paco Cabrera Pupo se tuvo que retirar el d�a 22 � 23 hacia La Plata. Durante esos dos o tres d�as, el enemigo no intent� entrar por El Naranjo. Se limit� a hacer algunas exploraciones por las faldas de los estribos que caen sobre la margen izquierda del Yara, a los lados del arroyo de El Naranjo.

Despu�s que Huber Matos asumi� el mando, di la orden de dividir el grupo en tres. Una peque�a escuadra de cuatro o cinco hombres, al mando de Paco Cabrera Gonz�lez, ocup� dos trincheras existentes en el punto donde el camino que sub�a al firme de El Naranjo entraba en el monte y comenzaba a ascender, despu�s de dejar atr�s las primeras casas de El Naranjo y un tramo de potrero. La escuadra de Geonel Rodr�guez se ubic� en el mismo alto de la loma de Sabic�, a la izquierda del camino. Huber Matos, por su parte, se instal� con el resto del personal en otras trincheras en un punto intermedio de la subida al firme, en pleno monte de la falda de Sabic�.

La idea de esta distribuci�n era cubrir dos de las posibilidades de avance de los guardias, en caso de que intentaran subir al firme de El Naranjo, a saber, por el camino �faldeando la loma de Sabic�� o de frente, a monte traviesa, para ganar directamente el alto de Sabic�. En cada caso chocar�an con los grupos de abajo y de arriba, respectivamente, mientras que la funci�n del grupo intermedio de Huber Matos era reforzar arriba o abajo, donde hiciera falta. La escuadra de Geonel, adem�s, deb�a prevenir la posibilidad de que el enemigo intentara ganar el firme por la falda opuesta a El Naranjo, esto es, por la ladera del arroyo de Los Mogos.

Muchos de nuestros combatientes, a quienes correspondi� ocupar posiciones en esta l�nea, encontraron sus trincheras ya hechas. Esta falda del firme de El Naranjo, por su proximidad a las instalaciones de la Comandancia de La Plata, hab�a sido uno de los lugares donde trabajamos con m�s intensidad en la preparaci�n del terreno, con vistas a la defensa del coraz�n de nuestro territorio.

Colateral al firme de El Naranjo estaba el estribo del firme de Gamboa, que muere en el r�o Yara frente a Santo Domingo, all� donde se hab�a situado primero Paco Cabrera Pupo inmediatamente despu�s del Combate de La Manteca. Al pasar Paco al estribo de El Naranjo, envi� a F�lix Duque a cubrir esta otra importante v�a de posible acceso al alto de la Maestra por esta zona. La escuadra de Duque, que en ese momento contaba con no m�s de 10 hombres, se ubic� muy cerca de la mitad del camino entre el r�o Yara y el alto de la Maestra.

Otra entrada a la propia Maestra que pod�a ser utilizada por los guardias era la v�a de los lugares conocidos como El Cristo y El Toro, por donde se acced�a al firme de la llamada tiendecita de la Maestra, ubicada en la zona de Jim�nez, entre La Plata y Mompi�. Este acceso fue cubierto de inmediato por la escuadra de Eddy Su�ol, cuyas posiciones en Providencia carec�an de sentido despu�s de la entrada del enemigo en Santo Domingo.

En lo que respecta a la segunda v�a principal, la de r�o arriba, desde el 18 de junio, cuando recib� las primeras informaciones no confirmadas �que resultaron inciertas� de que el enemigo ya hab�a penetrado en Santo Domingo, le orden� a Lalo Sardi�as que bajara con sus hombres por La Jeringa y se situara lo m�s cerca posible de los guardias por el camino del r�o. Los hombres de Lalo realizaron a marcha forzada, esa misma noche, la dif�cil y agotadora caminata por Loma Azul, y llegaron al r�o Yara, a la altura de la finca de Gustavo Sierra en Santana, al amanecer del 19, casi al mismo tiempo en que comenzaban los tiros en La Manteca. Al d�a siguiente, ya hab�an tomado posiciones en la zona de Pueblo Nuevo, a poco menos de dos kil�metros aguas arriba de la casa de Lucas Castillo en Santo Domingo, donde S�nchez Mosquera instal� su puesto de mando.

Cualquier tropa estacionada en Santo Domingo ten�a cuatro rutas posibles en caso de que su intenci�n fuese penetrar m�s profundamente en el territorio rebelde. Tres de ellas conduc�an de forma directa al firme de la Maestra. La m�s occidental era la que sub�a por todo el estribo de Gamboa, cuyo acceso estaba cubierto por Duque. La segu�a hacia el Este, la v�a que tomaba por el arroyo de El Naranjo y la falda de la loma de Sabic� hasta el firme de El Naranjo, y a lo largo de este hasta el alto de la Maestra, muy cerca de la Comandancia de La Plata y de las instalaciones de Radio Rebelde. La tercera de estas rutas era un sendero que sal�a de Pueblo Nuevo, m�s all� del arroyo de Los Mogos, y entroncaba con el camino de El Naranjo cerca del firme de la Maestra. La uni�n de estas dos v�as era la posici�n defendida por �lamo. Por �ltimo, la cuarta ruta probable era seguir aguas arriba por el camino del r�o Yara, con intenci�n despu�s de desviarse a la derecha hacia el firme, bien por el camino que sub�a por Santana o bien por La Jeringa, a ganar la Maestra cerca del alto de Palma Mocha. La ruta de Gamboa llevar�a al enemigo al oeste de la Comandancia; y las de Santana o Palma Mocha, al este. Conduc�an directamente a la zona de la Comandancia los caminos de El Naranjo y de Los Mogos, que se un�an, como se ha dicho, muy cerca del firme.

La posici�n que le orden� tomar a Lalo Sardi�as a la altura de Pueblo Nuevo ten�a precisamente como objetivo cubrir, tanto la eventual subida de la tropa enemiga r�o arriba, como la posibilidad de un intento de ascender por el camino de Los Mogos. En un mensaje que le envi� al amanecer del d�a 21, le di instrucciones expresas a Lalo para que se posicionara m�s abajo del sendero de Los Mogos, que ser�a, adem�s, su v�a de retirada en caso necesario, y le advert�:

Es preciso combatir duro. Cada pedazo de terreno que se retroceda tiene que ser despu�s de haberlo defendido duramente. Cuando est�s ya en el trillo que sube a la Maestra tienes que parapetarte y no dejarlos pasar.

A toda costa hab�a que impedir que el enemigo alcanzara el firme de la Maestra, del cual aparentemente lo separaba solo un paso. Yo estaba convencido de haber evaluado de un modo certero las intenciones enemigas, y estaba dispuesto a hacerle pagar bien caro ese paso. Se trata, quiz�s, del momento m�s cr�tico, en el orden t�ctico, de toda la ofensiva. No obstante, se manten�a inalterable mi confianza en la capacidad defensiva de las fuerzas rebeldes en esa zona. Al Che le informo el propio d�a 20:

La situaci�n aqu� ha mejorado algo pero sigue todav�a imprecisa.

La tropa de la casa de Lucas no se ha movido un metro hacia arriba o hacia Naranjo donde est�n nuestras emboscadas pr�cticamente dobles [...]. Lalo est� ya en Santo Domingo cuidando el camino por ese lado [...].

Lalo, en definitiva, temiendo que en caso de un encuentro los guardias pudieran alcanzar una altura en la margen derecha del r�o desde la cual podr�an batir o envolver la emboscada rebelde, ocup� una posici�n aproximadamente 200 metros m�s atr�s de la indicada, pero todav�a delante del camino de Los Mogos. All� hab�a distribuido los 23 hombres de su tropa a los lados del r�o y del camino, entre los cafetales cercanos a la casa del colaborador campesino Mario Maguera. De este lugar a la casa de Lucas Castillo, donde ten�a instalado S�nchez Mosquera su puesto de mando, hab�a unos 1 200 metros por el r�o.

En aquel momento, el pelot�n de Lalo Sardi�as contaba apenas con 11 armas, de las cuales unas siete se pod�an considerar m�s o menos efectivas. Las dem�s eran escopetas y mosquetones M�user. En cuanto a parque, las armas m�s provistas dispon�an de entre 60 y 80 tiros. Uno de los fusiles contaba tan solo con ocho tiros. El aspecto general de esta peque�a tropa, mal vestida y peor calzada, provoc� que muchos combatientes rebeldes se refirieran a ella como "los descamisados". Por otra parte, aunque ya en ese momento la situaci�n hab�a mejorado considerablemente gracias a la ayuda del propio Mario Maguera y, sobre todo, de Feliciano Rivero �un haitiano cuyo chal� estaba construido sobre la margen izquierda del r�o, unos 600 metros m�s atr�s de la emboscada�, las largas semanas que permanecieron en la zona de Los Lirios hab�an sido dif�ciles para ellos en cuanto a la alimentaci�n.

Dentro de la disposici�n operativa prevista en el plan de operaciones del Ej�rcito, la fuerza de choque al mando del teniente coronel S�nchez Mosquera estar�a compuesta por su batall�n �el n�mero 11� y por el Batall�n 22, a las �rdenes directas del comandante Eugenio Men�ndez. Esta segunda unidad tendr�a en un inicio la misi�n de marchar a la zaga de la otra, para asegurar su retaguardia y sus l�neas de abastecimiento.

Despu�s del 12 de junio, al producirse el cambio de direcci�n en el avance del Batall�n 11, la otra unidad vari� tambi�n la ruta de su marcha y sigui� la misma que tom� S�nchez Mosquera. Entre los dos batallones se manten�a siempre una distancia aproximada, equivalente a dos d�as de marcha.

El 19 de junio, el Batall�n 22 se encontraba en El Verraco. Recib� la confirmaci�n de esta noticia en un mensaje que me env�o Lalo Sardi�as al llegar a La Jeringa, donde me informaba con bastante precisi�n que se trataba de una tropa de 300 hombres. El propio d�a 19, Almeida tambi�n me comunic� sobre la presencia de esta tropa en El Verraco y apreci�, err�neamente, que se mov�a en direcci�n a Estrada Palma.

Esta situaci�n fue motivo de inquietud para nosotros durante los d�as cr�ticos del 19 y el 20 de junio. A Lalo le orden� que dejara algunos hombres en el alto de San Francisco, para prever la posibilidad de que esta fuerza enemiga intentara el cruce hacia el r�o Yara por una ruta paralela a la de S�nchez Mosquera, pero mucho m�s al Este, con lo cual caer�a a la retaguardia de la posici�n que le hab�a ordenado ocupar al propio Lalo en Pueblo Nuevo y crear�a una situaci�n sumamente complicada. El 20 de junio le comuniqu� esta preocupaci�n al Che. En el mensaje que le mand� califico la probabilidad de ese movimiento como un "factor nuevo que puede presentarse" y que alterar�a otra vez mi plan. Y al d�a siguiente, en otro mensaje a Paz, que estaba en el frente sur, volv� sobre el mismo tema:

Por el momento no hay peligro de que suba tropa desde Santo Domingo hacia la Maestra por el camino de Palma Mocha [el de Santana], pues la tropa enemiga que lleg� a Santo Domingo la tenemos medio embotellada en casa de Lucas [Castillo], pero ese peligro puede surgir si del Verraco o del Cacao, entran tropas por San Francisco o la Jeringa hacia los cabezos del r�o Yara, Santo Domingo arriba.

Cuando esa situaci�n se presente conf�o resolverla si Cuevas acaba de aparecer con su pelot�n y los reclutas que llev�. Ni qu� decir tiene que si adem�s llega Camilo entonces vamos a abusar de los guardias.

En realidad, como quedar� demostrado por los hechos, mi apreciaci�n acerca del punto de destino de esta fuerza era correcta. Lo que vari� fue la ruta escogida. Apenas se resiste la tentaci�n de especular lo que hubiera ocurrido si el Batall�n 22 hubiese intentado hacer el cruce hacia el r�o Yara por el alto de San Francisco. Tal vez no lo hicieron porque el mando enemigo consider� que esa v�a estaba muy defendida, cuando lo cierto era que en ese momento no hab�a nadie cuidando el camino de San Francisco. Lalo no recuerda haber dejado personal en aquel momento en esa posici�n.

El 21 de junio, Guillermo Garc�a, quien hab�a venido siguiendo una ruta paralela al enemigo por los firmes desde que se produjo el cambio de direcci�n, estaba por la zona de Agualrev�s y La Jeringa, e inform� que la tropa se encontraba a la altura de Rancho Claro. Con la llegada del capit�n Guillermo a esta zona se aliviaba un tanto la amenaza t�ctica, pues los combatientes de que dispon�a pod�an ofrecer una primera resistencia efectiva en caso de que el enemigo intentara el cruce hacia el r�o Yara.

Teniendo en cuenta la situaci�n planteada por estas dos fuerzas enemigas, y previendo adem�s el cerco que yo pensaba tender alrededor de Santo Domingo, le hab�a ordenado a Andr�s Cuevas que se posicionara en la zona de Rascacielo, a poco m�s de un kil�metro al este del firme de La Plata. Cuevas lleg� a ese lugar el d�a 22. Desde all� pod�a actuar como reserva, en cualquiera de las dos direcciones en que su presencia como refuerzo fuese necesaria, ya que estaba m�s o menos equidistante de Santo Domingo y de La Jeringa. Los hombres de Cuevas llegaron a Rascacielo despu�s de otra fatigosa jornada desde el alto de La Caridad. La situaci�n material de esta tropa rebelde era bastante dif�cil. Como se recordar�, hab�an perdido sus mochilas en La Caridad, capturadas por los soldados del comandante Quevedo, el 19 de junio. Cuevas me escribi� el d�a 23:

[...] lo que necesitamos es que nos mande algo con que abrigarnos, que anoche 9 hombres no pudimos dormir porque hace aqu� mucho fr�o y no tenemos nada, y sobre los zapatos Ud. sabe que con las caminas que hemos dado habemos unos cuantos que est�n descalzos. De mercanc�as tenemos un hombre que nos sirve viandas, nos hace falta sal y si no un poco de carne salada de la de Yeyo [Gello Argel�s] que esa nos sirve y tambi�n unos frijoles.

A despecho de estas penurias, la disposici�n combativa del bravo capit�n rebelde y sus hombres no hab�a deca�do: "[...] este es un buen lugar para esperar los soldados", me dec�a Cuevas en el mismo mensaje.

Salvo peque�as patrullas de exploraci�n que enviaba a corta distancia de su campamento, S�nchez Mosquera no realiz� ning�n movimiento durante varios d�as despu�s de su entrada en Santo Domingo. Todo parec�a indicar que, de acuerdo con un plan preconcebido, estaba esperando la llegada del segundo batall�n, que compon�a su fuerza de asalto, antes de dar el siguiente paso.

Pero no todo era tiempo perdido para este teniente coronel que hab�a ganado sus estrellas asesinando campesinos. Ante la inminencia de la llegada de los guardias, Lucas Castillo hab�a abandonado su casa, junto con toda su familia, y se hab�a refugiado en el monte. S�nchez Mosquera le envi� un recado con una de sus hijas: "Dile al viejo que regrese a su casa, que c�mo va a estar pasando trabajo en el monte, que no tiene nada que temer".

Lucas Castillo, ingenuamente, confi� en esa palabra y se present� a los pocos d�as. Los detalles de lo que ocurri� despu�s nadie puede testimoniarlos a ciencia cierta. El caso es que tras la presurosa retirada de S�nchez Mosquera a finales de julio, el cad�ver de Lucas Castillo, baleado y bayoneteado, apareci� en una de las decenas de tumbas cavadas en el cafetal contiguo a su propia casa, que sirvi� de improvisado cementerio para las m�ltiples bajas y v�ctimas inocentes de los guardias. Junto con el anciano, fueron masacrados otros cuatro campesinos, dos de ellos miembros de su familia, con los que el oficial asesino quiso saciar su vesania o vengar cobardemente su impotencia.

Estos d�as de inactividad en Santo Domingo coincidieron, en otros frentes, con el desembarco del grueso del Batall�n 18 en la boca de La Plata, y el inicio de la penetraci�n de esa fuerza enemiga a lo largo de todo el r�o desde el Sur. Sin embargo, no ser� sino hasta el d�a 26 por la noche cuando llegar�n las tropas de Quevedo a Jig�e y establecer�n campamento en ese lugar. En cuanto al sector noroeste, despu�s de la ocupaci�n de las Vegas de Jibacoa el d�a 20, las fuerzas enemigas no hab�an realizado ning�n otro movimiento de significaci�n.

Por tanto, en los d�as inmediatamente posteriores al 20 de junio, el peligro principal, en el orden t�ctico, estaba planteado por las fuerzas enemigas ubicadas en Santo Domingo, las que hab�an penetrado m�s a fondo y se encontraban, al parecer, a un paso del coraz�n del territorio rebelde.

El 24 de junio, cinco d�as despu�s de la llegada de S�nchez Mosquera a Santo Domingo, ocurri� un hecho al parecer intrascendente, pero que ejerci� una influencia considerable en los acontecimientos posteriores.

A media ma�ana de ese d�a, una patrullita de tres guardias a caballo se acerc� por el r�o hasta el arroyo de Los Mogos, y comenz� a subir por la margen izquierda. Al parecer, m�s que con �nimo de explorar, se hab�an aventurado hasta all�, a un kil�metro de las �ltimas l�neas del per�metro del campamento enemigo en Santo Domingo, en busca de unas reses y unos mulos que, seg�n noticias recibidas, andaban sueltos por la zona. Este ganado significaba comida para el campamento, donde nunca ven�a mal un suplemento alimentario, que se sustra�a de la poblaci�n campesina y de los rebeldes. Los tres guardias avanzaban confiados; los fusiles amarrados en las monturas. Evidentemente, no ten�an informaci�n sobre la existencia de rebeldes en ese lugar, o no cre�an probable que estuvieran tan cerca del campamento enemigo.

Los hombres de Lalo Sardi�as estaban en sus posiciones a lo largo de la carrera de J�piter que sube por el lomo del estribo. Llevaban cuatro d�as all�, esperando en cualquier momento ver la aparici�n del batall�n completo acampado en Santo Domingo. Al ver acercarse a los soldados a caballo, uno de los combatientes de Lalo dispar� su arma. Otros rebeldes creyeron que era la se�al para abrir fuego y comenzaron tambi�n a disparar.

Los tres guardias, sorprendidos y asustados, viraron grupas y trataron de escapar. Una de las bestias cay� herida, pero el jinete salt� a tiempo, agarr� su fusil y sigui� corriendo loma abajo junto a sus dos compa�eros, hasta que se perdieron en el monte de la orilla del r�o.

Todav�a sonaban disparos cuando a lo largo de la fila rebelde se corri� la voz de retirada. Al parecer, en la confusi�n general, alguien crey� que Lalo hab�a dado la orden. Los combatientes comenzaron a ascender por el arroyo de Los Mogos y se reunieron en la casa del campesino Nando Alba. All� les lleg� por la tarde mi orden de que subieran todos a La Plata.

Yo recib� las primeras informaciones sobre este tiroteo apenas dos horas despu�s. La primera versi�n que lleg� a La Plata estaba magnificada. A tal punto era as�, que a las 11:15 de la ma�ana del d�a 24, en un mensaje a Paz, le escrib�:

Ya le hemos dado otro combate a los guardias, en el mismo Santo Domingo, en casa de Mario [Maguera] y tuvieron que retroceder de nuevo a casa de Lucas. No hemos abandonado el r�o.

Sin embargo, poco despu�s, el incidente fue cobrando su verdadera dimensi�n. Me fui enterando de que se trat� de unos tiros desorganizados a una patrulla de tres guardias a caballo, que se gastaron balas y no se ocuparon armas ni parque. Se delat�, pues, una posici�n sin obtener nada a cambio. Pero me enter�, adem�s, de que el grupo rebelde se hab�a retirado sin justificaci�n, a pesar de mis constantes exhortaciones, en el sentido de que cada pulgada de terreno ten�a que ser defendida con las u�as y los dientes, y no pod�a ser cedida m�s que cuando no quedara otro remedio. El incidente pod�a echar a perder el plan de cerco que ya en ese momento estaba elaborando. No era, por cierto, de buen humor como mand� buscar a Lalo y a sus hombres.

Supe despu�s que en la Sierra fueron siempre famosos y temidos mis disgustos ante cualquier manifestaci�n de incompetencia, indisciplina o negligencia. Supongo que ya se sab�a que yo no me mord�a la lengua cuando ten�a delante al responsable, aunque, por lo general, media hora despu�s estaba bromeando con �l o �como se dice� suavizando un poco el rega�o. Quer�a hacerlos pensar, hurgar en su verg�enza, no herirlos; todos eran absolutamente voluntarios y sus sacrificios eran grandes. En este caso, me consta que los que recibieron mi reprimenda aquella vez todav�a se estremecen al recordarlo. Debe ser que estaba tan molesto con lo ocurrido que fui particularmente duro.

No recuerdo de manera exacta todo lo que les dije a los miembros del pelot�n de Lalo. Me parece que de lo que menos los acus� fue de ser unos comevacas, un calificativo muy duro entre los combatientes. Estuve a punto de pasarle las armas a otros ansiosos por luchar, lo cual constitu�a el m�s duro castigo que pod�a aplicarse. Pero les manifest� que tendr�an que regresar a la misma posici�n, y que no pod�an dejar pasar por all� al enemigo, vinieran cuantos vinieran; que ten�an que fortificar sus posiciones, y que no pod�an dar un paso atr�s; si los guardias lograban romper la defensa por ese lugar ser�a porque ya no quedar�a uno solo de ellos; al que subiera en retirada lo estar�a esperando yo con una calibre 50 en el alto. Nunca le habl� as� a nadie. �Qu� trabajo me cost� enviarlos otra vez a aquel punto cr�tico!

Esperaba a los hombres de Cuevas para darles la tarea, pero no hab�an llegado todav�a.

A algunos de los combatientes del grupo de Lalo se les llenaron los ojos de l�grimas de coraje y verg�enza. Otros argumentaron que hab�an recibido la orden de retirada, pero que estaban dispuestos a volver a la posici�n. Al poco rato, despu�s de haberme calmado un poco, les di algunas balas y dos minas, y los mand� de regreso.

Los acontecimientos posteriores parecen indicar que el tremendo rega�o m�o cumpli� su papel. Por lo visto, mis palabras calaron hondo en el amor propio de aquellos rebeldes. Los combatientes del peque�o grupo de Lalo Sardi�as regresaron a ocupar sus posiciones dispuestos, en efecto, a morir todos antes que dar un solo paso atr�s. Algunos de ellos, incluso, seg�n supe despu�s, hicieron un secreto juramento colectivo de que la pr�xima vez no habr�a retirada, aunque la orden fuese dada.

Lalo no ocup� exactamente la misma posici�n. Esta vez situ� a sus hombres cerrando el camino del r�o, a los dos lados, unos 350 metros m�s atr�s. En el propio cauce del r�o, donde el camino cae al agua desde la margen derecha en uno de los innumerables pasos de su serpenteante recorrido, se distribuyeron entre las piedras Lalo y la mayor parte de sus hombres. Otros se ubicaron entre las sombras y los troncos del umbroso cafetal de la margen izquierda. Del otro lado, en el cafetal de la margen derecha, un tercer grupo cerr� la U de la emboscada. Pocos metros m�s atr�s de nuestra l�nea, asciende hacia el firme de Los Mogos el camino que entronca arriba con el del firme de El Naranjo.

En el firmecito de la carrera de J�piter, de la parte izquierda del arroyo, se ubic� la escuadra de siete hombres al mando de Zen�n Meri�o, que pertenec�a a la tropa de Camilo. La escuadra hab�a aparecido d�as antes por la zona de Agualrev�s, y Ramiro me la hab�a enviado a La Plata. Era parte del reforzamiento de la zona que yo hab�a solicitado y Camilo mand� por delante. Di instrucciones de ubicarla en un trillo que sub�a a la Comandancia.

Al otro lado del r�o, a la altura de la casa del campesino Benito Garc�a, los combatientes de Lalo Sardi�as colocaron una de las minas, cuyo funcionamiento estar�a a cargo de Joaqu�n La Rosa, desde el cafetal de la izquierda. La emboscada, as� conformada en Pueblo Nuevo, resultaba una trampa mort�fera.

Como ya expliqu�, a los pocos d�as de la llegada de los guardias a Santo Domingo comenzamos a ejecutar el plan de cerco de esa tropa. Decid� aplicar la t�ctica de encerrar y hostilizar al enemigo en su campamento, con el fin de provocar el env�o de refuerzos desde fuera o un intento de ruptura del cerco desde dentro. En cualquiera de los dos casos el enemigo ser�a sorprendido en movimiento por las emboscadas convenientemente situadas en todas las v�as de acceso o retirada.

Esta era, por supuesto, la t�ctica que hab�amos ido aplicando y perfeccionando durante la guerra y que terminar�amos de perfilar en todos sus detalles en la lucha contra la ofensiva enemiga, hasta alcanzar su �xito m�s rotundo y su ejecuci�n m�s limpia en la Batalla de Jig�e, y hacia el final de la guerra en la Batalla de Guisa. Pero todav�a en este momento, Quevedo no hab�a penetrado desde el Sur, y las tropas de Las Mercedes y las Vegas no daban nuevas se�ales de actividad.

En los d�as posteriores al 20 de junio, como ya dije, el Batall�n 11 representaba el peligro inmediato y m�s cercano para las posiciones esenciales del territorio rebelde.

Mi intenci�n inicial, en efecto, era declarar un cerco en toda regla a las fuerzas enemigas acampadas en Santo Domingo, lo cual provocar�a, quiz�s, el env�o de refuerzos desde Estrada Palma. Ning�n ej�rcito puede dejar abandonada una tropa a su suerte sin correr el riesgo de que su moral combativa y sus planes concluyan por derrumbarse. Lo que deb�a lograrse era crear l�neas lo suficientemente s�lidas que fuesen capaces, en el caso de que llegaran los posibles refuerzos, no solo de detenerlos, sino tambi�n de destruirlos y, en cuanto a la tropa sitiada, de mantener una presi�n apreciable que lograra el desgaste y la desmoralizaci�n del enemigo, y estar en condiciones de darle un golpe final a la posici�n cercada si las condiciones fuesen favorables.

A la altura del d�a 24, cuando ocurri� el incidente de los tres guardias a caballo, ya est�bamos dando los pasos para completar la organizaci�n del cerco. "Estoy planeando una encerrona buena", le escrib� a Paz ese d�a. En este mismo mensaje le ped� al capit�n rebelde que me enviara para el d�a siguiente la ametralladora calibre 50 de Braulio Curuneaux: "[...] para cuyo uso tengo formidables posiciones y puede decidir el �xito del plan". A la otra calibre 50 se le parti� una pieza que no pudo ser resuelta, pero la de Curuneaux hered� todas las balas.

Los guardias se hab�an atrincherado bien alrededor de la casa de Lucas Castillo. Hac�a falta sacarlos de sus cuevas con el fuego pesado de la "artiller�a" rebelde.

Desde la loma de Sabic� se dominaba el campamento enemigo, a unos 400 metros en l�nea recta y abajo. Curuneaux se instal� el d�a 26 de junio en el firme de El Naranjo, unos 100 metros detr�s del alto de Sabic�.

El propio d�a 24 mand� a buscar tambi�n la escuadra de Roberto El�as, que cuidaba el camino de Palma Mocha m�s arriba de la casa de Emilio Cabrera. Para ese momento se hab�a determinado que no quedaban guardias en esa direcci�n. La escuadra de El�as fue asignada como refuerzo a Duque en el firme de Gamboa.

Al d�a siguiente, Camilo lleg� con 40 hombres a El Descanso, y as� me lo inform�: "Siguiendo sus instrucciones voy hacia Santo Domingo", me escribi�, "[...] vamos un poco lentos, todos estamos agotados, los hombres hacen un esfuerzo grande, hace 10 noches no dormimos [...]". Debo decir que recib� esta noticia con extraordinaria alegr�a. Yo sab�a bien que con la llegada de Camilo pod�a contar con un jefe experimentado, valiente y responsable, y con una tropa decidida y aguerrida cuya participaci�n en el plan de cerco significaba una inyecci�n de fuerzas importante. "Me alegro much�simo de tu arribo", le contest� a Camilo el d�a 27 en un mensaje en el que le indicaba que prosiguiera la marcha hasta la casa del Santaclarero en La Plata, donde yo estaba en ese momento. Y le agregu�: "Has llegado en el momento m�s oportuno". El 27, Camilo alcanz� la zona de La Jeringa, a unas dos leguas de camino de La Plata. Desde all� me escribi�: "Todos queremos nos d� el lugar donde m�s haya que pelear y le prometo que no subir�n, a no ser cuando se termine el parque, y sabremos ahorrarlo".

Ese mismo d�a le orden� a Guillermo Garc�a que se moviera con todo su personal al alto de San Francisco. Una vez all�, esperar�a la llegada de otras fuerzas que estaba reuniendo �algunas de ellas deb�a enviarlas Almeida� y ocupar El Cacao. La intenci�n de este movimiento era tener a Guillermo en posici�n de cerrar una de las dos v�as m�s probables de llegada de refuerzos a Santo Domingo desde Estrada Palma. Para la otra ruta, que era el camino del r�o, ten�a pensado utilizar a Camilo, con una emboscada en Casa de Piedra.

La escasez de fuerzas rebeldes en este sector me obligaba a replantear con rapidez la disposici�n de nuestros combatientes para el cerco. A la altura del 27 de junio, estaba considerando mover al personal de Lalo para la zona de La Manteca, y cubrir las posiciones de Pueblo Nuevo con la gente de Cuevas. A Su�ol le orden� bajar al r�o Yara y ocupar la regi�n de Leoncito, pues con Camilo en el camino de Casa de Piedra �hacia donde pensaba mover tambi�n a Duque� no parec�a ser necesaria la presencia de aquel personal en la subida de El Cristo. Con estos movimientos, el cerco de Santo Domingo quedar�a casi totalmente conformado.

Sin embargo, como demostraci�n de lo fluida que resultaba ser la situaci�n general en estos d�as finales de junio, ese mismo 27 se produjo la penetraci�n por parte de la tropa enemiga estacionada en las Vegas de Jibacoa hasta Taita Jos�, con lo cual �como se ver� en detalle en un cap�tulo posterior� los guardias no solo pod�an flanquear las posiciones de Su�ol y avanzar en direcci�n a La Corea y el firme de la Maestra a la altura de la tiendecita, sino que tambi�n resultar�an amenazadas desde la retaguardia las posiciones que se ocupasen en Casa de Piedra. Por esa raz�n, Su�ol debi� mantenerse en El Cristo a la expectativa.

Guillermo, jefe experimentado, lleg� al alto de San Francisco el 28 de junio. De inmediato dispuso que una de sus escuadras siguiera para El Cacao, me inform� de este movimiento y se mantuvo a la espera de mis �rdenes.

Lo hab�a mandado a buscar a la escuadra de Reinaldo Mora, que estaba en El Conf�n, y aguardaba tambi�n la llegada del personal que deb�a enviar Almeida. Ese d�a, sin embargo, los acontecimientos se precipitaron.

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