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jueves, 19 de septiembre de 2019

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La Victoria Estrat�gica cap�tulo 8

Grave amenaza por el Sur

(Cap�tulo 8)

El 16 de junio de 1958, el puesto de mando de la zona de operaciones, en Bayamo, emiti� la Orden N�mero 99, en la que dispon�a el movimiento de dos de las compa��as del Batall�n 18 en direcci�n a las cabezadas del r�o La Plata, en cumplimiento de la idea estrat�gica inicial del Plan F-F, que, como se recordar�, consist�a en enlazar esta fuerza con las que penetraran hacia ese mismo punto desde el Norte (mapa p. 488). En este caso se tratar�a del Batall�n 11 de S�nchez Mosquera. De acuerdo con esta orden, el comandante Quevedo deber�a iniciar la operaci�n con el suyo al amanecer del d�a 18, subiendo por el r�o Palma Mocha hasta el alto del mismo nombre, en el firme de la Maestra, para de all� tomar rumbo Oeste hacia la direcci�n indicada.

Como parte de la maniobra, deb�a localizar y capturar la c�rcel de Puerto Malanga, descrita con bastante exactitud en el documento como una casa reci�n construida y otra en forma de L invertida, ubicadas en el nacimiento de uno de los brazos del r�o La Plata, en el lugar conocido por los bajos de Jim�nez. Una vez tomado este campamento, el jefe del batall�n deb�a incorporar a los guardias prisioneros a su unidad y mantenerse operando en toda la zona desde Jig�e y El Naranjal hasta el firme de la Maestra. En realidad, los guardias presos eran muy pocos, capturados indistintamente, que en virtud de los datos que conocieron no conven�a liberarlos en ese momento.

La tercera compa��a se trasladar�a por mar el d�a 20 a la desembocadura del r�o La Plata, donde establecer�a el punto de abastecimiento en la retaguardia del batall�n. Con tal motivo, se cursaron el propio d�a 16 las �rdenes pertinentes a la fragata M�ximo G�mez para que continuara su patrullaje de la costa, resolviera el traslado de la compa��a a La Plata y proporcionara el apoyo directo de ar-tiller�a que solicitara el jefe del batall�n.

Al recibir esta orden, el comandante Quevedo, en consulta con sus pr�cticos, tom� una decisi�n que provocar�a un cambio total de la situaci�n operativa en el frente sur en los d�as siguientes y, de hecho, salvar�a al batall�n de caer en la trampa que con tanto cuidado le hab�amos preparado y en la que pusimos tantas expectativas. Esta decisi�n, adem�s, introdujo un nuevo elemento de amenaza muy grave en ese sector, que solo ser�a conjurada gracias a la actuaci�n r�pida y en�rgica de Ram�n Paz y sus hombres.

Por una parte, Quevedo debi� concluir que la ruta ordenada por el puesto de mando, a lo largo del r�o Palma Mocha, era peligrosa y poco practicable. Con muy buen juicio, el jefe del batall�n enemigo seguramente supuso que encontrar�a resistencia rebelde si intentaba subir por el r�o y, en efecto, all� era donde lo estaba esperando Paz. Pero, adem�s, sus pr�cticos le debieron informar que, si uno de los objetivos era ocupar la c�rcel rebelde, la ruta indicada desde Bayamo era muy engorrosa, pues, teniendo en cuenta el lugar donde se ubicaba esa instalaci�n, la tropa se ver�a obligada a cambiar la direcci�n de su movimiento completamente hacia el Sur despu�s de alcanzar las cabezadas de La Plata y, de hecho, bajar del firme de la Maestra. En cambio, debieron proponerle utilizar el trillo que sub�a al alto de La Caridad para caer despu�s en El Naranjal, de donde podr�an continuar subiendo por el r�o La Plata para pasar por la c�rcel y seguir hacia el firme en una misma direcci�n de avance.

Al parecer, convencido por este argumento, el jefe del batall�n opt� por esta ruta, poco transitada y menos usual para los guardias. Se trat�, sin duda, de una decisi�n astuta, pues lo l�gico era pensar que el enemigo buscar�a la relativa protecci�n de la fragata a lo largo del camino de la costa, o bien subir�a por el camino m�s trillado y, por tanto, m�s convencional del r�o. En la pr�c-tica, con esta decisi�n �aunque, l�gicamente, Quevedo no lo sab�a� la tropa enemiga cruzar�a entre las dos posiciones rebeldes que lo esperaban y seguir�a por un camino en el que, por la extrema improbabilidad de su utilizaci�n, no se hab�a previsto preparar resistencia alguna. Se librar�a as� de un golpe demoledor si chocaba con cualquiera de las dos fuertes emboscadas que ten�amos dispuestas.

En cumplimiento de la orden recibida, las Compa��as Escuela de Cadetes y 103 del Batall�n 18 iniciaron la marcha en direcci�n al r�o Palma Mocha al amanecer del d�a 18. Llevaron consigo las arrias de mulos con provisiones para 15 d�as de campa�a. En Las Cuevas qued� la Compa��a G-4, al mando del capit�n Jos� S�nchez Gonz�lez, unidad encargada de trasladarse por mar el d�a 20 a La Plata y establecer el punto de abastecimiento del batall�n.

Avanzando muy lentamente, y con especiales precauciones, no fue sino en la tarde cuando las dos unidades enemigas llegaron al r�o. Hab�an tomado por el m�s alto de los dos caminos inferiores. Cruzaron junto a la escuadra de Teruel, quien hab�a cumplido sus instrucciones y los dej� pasar sin molestarlos y sin descubrirse. Esa noche, los guardias establecieron su campamento en El Colmenar, a unos 200 metros apenas de la posici�n donde Paz los esperaba con los ojos bien abiertos y los nervios en tensi�n. Las tropas del Ej�rcito durmieron mientras los hombres de Paz vigilaban, con la seguridad de que al d�a siguiente se entablar�a el combate.

A las 11:00 de la ma�ana del d�a 19, Quevedo reinici� la marcha y realiz� entonces el movimiento que tom� por sorpresa a Paz, Cuevas y los dem�s jefes rebeldes. En lugar de continuar r�o arriba o r�o abajo, cruz� y comenz� a subir por el camino de La Caridad, con lo que dej� a un lado y otro las dos fuertes emboscadas. La amenaza planteada por esta maniobra era grav�sima: si la tropa enemiga lograba coronar el alto de La Caridad, no tendr�a dificultad alguna para bajar del otro lado hasta el r�o La Plata, a la altura de El Naranjal, lo cual hubiese significado para el enemigo salir por la retaguardia de las fuerzas rebeldes estacionadas en la playa de La Plata y ocupar una posici�n en la profundidad del territorio rebelde.

En cuanto Paz se percat� de la maniobra realizada por el enemigo, hizo una r�pida evaluaci�n del peligro planteado y decidi� correctamente que era necesario tratar de interceptar a los guardias antes de que alcanzaran el alto. La �nica soluci�n era lanzar a sus combatientes a toda carrera loma arriba y a monte traviesa, a lo largo de una ruta aproximadamente paralela a la del enemigo, en una feroz prueba de resistencia f�sica. La orden fue que los de m�s fortaleza llegaran antes que los guardias a alg�n punto del camino donde se pudiera preparar una emboscada, y comenzaran a combatir en cuanto hicieran o con el enemigo, mientras iba llegando el resto del pelot�n. No hab�a tiempo ni posibilidad de planificar nada m�s, ni siquiera de informarme lo que ocurr�a ni de avisar a Cuevas y a Teruel.

Esta presencia de �nimo, esta energ�a y decisi�n de Paz, y la disciplina, el arrojo y la combatividad de sus hombres, salv� la situaci�n sumamente peligrosa producida. A toda velocidad, en una agotadora ascensi�n rompiendo monte, por un trayecto m�s largo y m�s pendiente, el propio Paz, Ango Sotomayor �su segundo al mando�, Hugo del R�o y otros cinco o seis combatientes lograron salirles adelante a los guardias y ocupar una primera posici�n en un recodo pedregoso del camino, a unos 200 metros del alto. Apenas dos horas despu�s de la orden de Paz, el pelot�n completo estaba reunido de nuevo, y la emboscada comenzaba a ser debidamente preparada.

El enemigo, mientras tanto, hab�a llegado a las casas de La Caridad poco despu�s del mediod�a. Los combatientes del pelot�n de Cuevas que permanecieron all� custodiando las mochilas, intercambiaron algunos disparos con la vanguardia enemiga y se retiraron monte arriba. La impedimenta rebelde fue ocupada por los guardias. Saquearon las mochilas, ocuparon los abastecimientos y dieron candela a todo lo dem�s. Sin embargo, esa tarde no avanzaron m�s y establecieron su campamento all�, lo cual permiti� a Paz preparar con m�s calma su emboscada durante toda la noche.

La ocupaci�n de las mochilas del pelot�n de Cuevas fue algo que ocurri� muy pocas veces a una tropa rebelde durante toda la guerra. Semanas m�s tarde, en Jig�e, a algunos de los guardias capturados all� se les ocuparon uniformes y otros efectos pertenecientes a los integrantes de este pelot�n rebelde.

Mientras tanto, Cuevas, en la playa, conoci� del movimiento enemigo, de la destrucci�n de su cocina y la ocupaci�n de las mochilas de sus hombres, por las noticias que le llev�, en el acto, alg�n enlace campesino. Envi� de inmediato un mensaje a Pedro Miret, quien me lo trasmiti� a las 2:00 de la tarde. Yo lo recib� esa misma noche, y la noticia se sum� al resto de los hechos desfavorables ocurridos durante todo el d�a. Recu�rdese, en efecto, que este mismo "D�a-D" el enemigo, adem�s de penetrar desde el Sur hasta La Caridad, inici� con �xito su avance hacia las Vegas de Jibacoa en el frente noroccidental, y por el nordeste logr� llegar a Santo Domingo.

Como era l�gico, Pedro Miret tuvo muy poca informaci�n de lo ocurrido, y su primer mensaje era bastante preocupante. En la nota recibida de Cuevas, este dec�a, naturalmente alarmado, que los guardias iban en direcci�n al r�o La Plata y que no ten�a noticias de Paz. "Parece que los guardias se est�n moviendo hacia el Naranjal", me escribi� a su vez Miret: "Ya pasaron el r�o de Palma Mocha y siguieron por la Caridad. No s� qu� ha pasado con Paz".

Pedrito suger�a en su mensaje retirar a Cuevas de la posici�n que ocupaba en Palma Mocha y ubicarlo en el camino que sub�a por el r�o La Plata desde la costa, encima del campo de aviaci�n en la boca de Manacas, para cubrir, adem�s, un camino que bajaba hacia all� del alto de La Caridad. Propon�a tambi�n acelerar el traslado de su gente hacia Purial�n, e informaba que iba a situar alg�n personal r�o arriba para evitar una sorpresa por la retaguardia. Todas estas medidas parec�an acertadas, aunque, en realidad, la decisi�n m�s precisa habr�a sido cubrir con la tropa rebelde de la desembocadura de La Plata los dos caminos que bajaban del alto de La Caridad a El Naranjal, y desde este punto hasta el r�o, y ordenar a Cuevas o a las unidades rebeldes situadas al Oeste que ocuparan la posici�n en la playa y la desembocadura del r�o.

Por las noticias que trajo el mensajero portador de la nota, me percat� enseguida de lo ocurrido: el enemigo eludi� la trampa que le ten�amos preparada y se escurri� entre las dos emboscadas. Lo que m�s me preocupaba era no haber recibido noticias de Paz, y que las fuerzas de Quevedo no estuviesen ni siquiera localizadas con exactitud.

La situaci�n era extremadamente peligrosa. Hasta ese momento mi atenci�n hab�a estado concentrada en conjurar el peligro m�s inmediato que planteaba la penetraci�n de S�nchez Mosquera en Santo Domingo, y seguir con inquietud los acontecimientos en el frente de las Vegas de Jibacoa. Ahora todo eso deb�a pasar a un segundo plano ante la urgencia de tomar las disposiciones necesarias en el frente sur. Y, en situaci�n tan dif�cil, contaba en La Plata, por toda reserva, con el fusil y las minas que ya mencion�.

Pero aun en estas complejas circunstancias, no pod�a perderse la cabeza. Lo m�s urgente era ubicar la fuerza enemiga y la posici�n de Paz, y as� lo primero que hice fue despachar un mensajero con la misi�n de que localizara a Paz y le llevara nuevas instrucciones. En el caso de Cuevas, era obvio que si los guardias lograban coronar el alto de La Caridad, el mantenimiento de su posici�n dejaba de tener sentido. Por el mensaje que Cuevas le hab�a enviado a Pedrito, se sab�a que a�n estaba posicionado en la desembocadura del r�o Palma Mocha. Por otra parte, la presencia de Cuevas en la zona de Santo Domingo era importante para reforzar ese otro frente tan peligroso. De hecho, antes de conocer todos estos acontecimientos en el Sur, yo le hab�a solicitado a Paz que me enviara con urgencia la escuadra de Cuevas, con la intenci�n de utilizarla en Santo Domingo, donde estaba en ese momento la amenaza principal.

Igualmente, si la informaci�n recibida resultaba cierta, las fuerzas de Pedro Miret ten�an que replegarse de inmediato hacia El Naranjal, no solo para evitar que quedaran del otro lado del enemigo, sino adem�s para organizar una defensa m�s concentrada del territorio de La Plata. En el mismo sentido, las l�neas defensivas del sector m�s occidental �El Macho, El Mac�o, La Habanita, Cienaguilla, Cayo Espino� deb�an ser replegadas tambi�n. Las de la costa ya no ten�a sentido mantenerlas con el enemigo posicionado en el curso superior del r�o La Plata.

En este mismo sentido, mi segunda preocupaci�n en ese momento era la necesidad urgente de reconcentrar las defensas en torno a las instalaciones de La Plata. Recu�rdese el mensaje que le envi� al Che la noche del 19, citado en un cap�tulo anterior, en el que lo puse al tanto de la situaci�n, del peligro que representaba la presencia de una tropa enemiga no localizada, y del riesgo de perder el territorio y toda la infraestructura que hab�amos logrado crear con tanto sacrificio �el hospital, la planta de radio, los almacenes de v�veres y parque, los talleres, en fin, todo�, y le reiter�: "El problema esencial es que no tenemos hombres suficientes para defender una zona tan amplia. Debemos intentar la defensa reconcentr�ndonos antes de lanzarnos de nuevo a la acci�n irregular".

Siempre quedaba la alternativa de la guerra irregular con la fuerza multiplicada varias veces y mejores armas, pero ser�a muy alto el costo de arriesgar el tiempo hist�rico de la Revoluci�n y el de perder las instalaciones creadas.

Estaba decidido �y as� se lo hac�a saber al Che� a mantener sin variaci�n alguna la estrategia que est�bamos siguiendo mientras quedara una esperanza de conservar en nuestras manos el territorio de La Plata.

En ese mismo mensaje comunicaba al Che que deb�a concentrar el personal de Crescencio en el sector occidental del territorio m�s amenazado. Este redespliegue significar�a el abandono de la costa al oeste de La Magdalena y de toda la zona de La Habanita, pero permitir�a consolidar la defensa del sector occidental a partir de Minas de Fr�o.

La infiltraci�n del enemigo planteaba una situaci�n que no admit�a alternativa: la fuerza rebelde en la boca de La Plata quedar�a pr�cticamente en la retaguardia enemiga. Sobre la base de las informaciones recibidas hasta ese momento, la retirada de esa fuerza era imperativa, y as� se lo hice saber a Pedro Miret en un mensaje en el que trataba de infundirle un poco del optimismo, que yo estaba tratando de conservar, a despecho de los acontecimientos: "La situaci�n es dif�cil pero hay que conjurarla". La realidad es que en ese momento no parec�an quedar muchas opciones viables. Sin embargo, una vez m�s quedar�a demostrado que, tanto en una guerra como la que desarroll�bamos, como en cualquier lucha, aun la situaci�n al parecer m�s desesperada puede tener una salida si se conserva la serenidad y no se pierde la voluntad de pelear.

En La Caridad, esa noche, todo permaneci� estable. Los guardias acamparon en la casa del campesino Graciliano Hierrezuelo y en otra m�s cerca del alto, a menos de 600 metros de la emboscada de Paz. Pero todav�a yo no sab�a nada de esto. Entre la incertidumbre de lo que estaba ocurriendo en el Sur, la preocupaci�n por la presencia de la tropa enemiga llegada a Santo Domingo, y la irritaci�n por lo que consideraba una actuaci�n muy deficiente de los combatientes que defend�an el frente de las Vegas, no ser�a exagerado decir que esa fue una de las peores noches de todas las que pas� en la guerra.

A eso de las 10:00 de la ma�ana del d�a 20 fue cuando recib� el mensaje de Paz en el que me informaba de la emboscada tendida cerca del alto de La Caridad. La noticia me tranquiliz� un poco, pero mantuve mi decisi�n de mandar a retirar a Pedro Miret de la desembocadura de La Plata. Por otra parte, me fui dando cuenta de que si los guardias lograban alcanzar El Naranjal no era tan grave la situaci�n, pues ser�a muy dif�cil que pudieran continuar avanzando o siquiera salir de ese lugar.

En La Caridad, el enemigo comenz� a avanzar poco despu�s del amanecer del d�a 20, y alrededor de las 9:00 de la ma�ana hizo o con la emboscada de Paz. En el fuerte tiroteo que se produjo, los guardias utilizaron todo lo que ten�an, pero tras media hora de combate el enemigo se repleg� a su punto de partida. Durante todo el resto de la ma�ana los morteros se mantuvieron disparando contra la s�lida posici�n rebelde.

En esa ocasi�n, un morterazo hiri� gravemente a dos combatientes rebeldes: Fernando Mart�nez y su hijo Albio, reci�n incorporados a la tropa. El primero morir�a all� mismo, mientras que el segundo ser�a trasladado hasta el hospital de Mart�nez P�ez, en Camaroncito, cerca de La Plata, pero todos los esfuerzos por salvarlo resultaron in�tiles.

Poco despu�s del mediod�a recib� la informaci�n de Paz acerca de este primer combate y del rechazo del enemigo. La acci�n decidida de Paz aclar� considerablemente la situaci�n. Ahora lo que importaba, ante todo, era impedir que los guardias siguieran avanzando en la direcci�n que hab�an tomado. Partiendo de la premisa de que Paz mantendr�a su posici�n y lograr�a rechazar definitivamente al enemigo, a Quevedo le quedar�an dos opciones para tratar de cumplir la misi�n encomendada: la primera ser�a continuar en busca del alto de Palma Mocha, o sea, proseguir en la direcci�n originalmente prevista en la orden de operaciones; la segunda, retroceder hasta la costa, reembarcar y volver a desembarcar en otro punto, que por toda l�gica no pod�a ser m�s que la playa de La Plata. Como es natural, yo no sab�a en ese momento que Quevedo hab�a de-sestimado la ruta indicada desde el puesto de mando de Bayamo, lo cual hubiese sido un elemento adicional a favor de la segunda variante. Pero, no obstante, poni�ndome en su lugar, hab�a llegado a la conclusi�n de que lo m�s viable era intentar un nuevo desembarco.

En vista de este an�lisis, despu�s de recibir el primer mensaje de Paz, mand� a Miret a reforzar con 10 hombres bien armados la posici�n de este en La Caridad, y que con el resto de su personal regresara r�o abajo lo m�s cerca posible de la playa y continuara fortificando el camino del r�o La Plata. Mi intenci�n era crear de nuevo las condiciones para resistir palmo a palmo el avance enemigo que, con seguridad, se producir�a a lo largo de ese r�o.

A Paz le contest�:

No sabes el valor que tiene en estos instantes haber rechazado a los guardias por ese camino. Te felicito por el acierto y por la acci�n a lo igual q. a los bravos compa�eros que est�n contigo. Esto nos permite mejorar una situaci�n q. parec�a dif�cil si los guardias hubieran llegado a Naranjal.

Realmente, la actuaci�n de Paz y de sus hombres fue excepcional durante todos estos d�as. Con su r�pida y decidida respuesta a la sorpresiva maniobra enemiga, Paz demostr� sus extraordinarias condiciones como t�ctico, como jefe y como combatiente. En ese mismo mensaje le inform� del refuerzo que estaba orientando enviarle y de otra escuadra de ocho hombres que despach� a reforzar la posici�n de Roberto El�as en el camino del alto de Palma Mocha.

Mientras tanto, despu�s del mediod�a, los guardias realizaron un nuevo intento de romper la defensa de Paz y sus combatientes en el alto de La Caridad. Se produjo otro intenso combate, en el que esta vez el enemigo actu� con mayor habilidad y trat� de flanquear las posiciones rebeldes. Sin embargo, de nuevo la aguerrida tropa de Ram�n Paz, inspirada por el �xito de la acci�n de la ma�ana y por el aliento que recibi� de su jefe, contuvo el avance y rechaz� a la fuerza enemiga, mucho m�s numerosa, mejor armada y provista de abundante parque. En esta segunda acci�n, los guardias sufrieron varias bajas entre muertos y heridos, y ning�n rebelde fue siquiera herido. Una vez m�s se demostraba que una moral invicta y una voluntad decidida convert�an a nuestra guerrilla en una fuerza pr�cticamente invencible y capaz de mantener una posici�n bien escogida y preparada.

Ese mismo d�a comenz� a cumplirse la otra parte del plan original del mando enemigo, es decir, el desembarco previsto en la playa de La Plata de la Compa��a G-4 del Batall�n 18, la que deb�a servir de apoyo log�stico a las otras dos, cuya misi�n era penetrar en profundidad en el territorio rebelde.

La desembocadura del r�o La Plata era uno de los lugares fortalecidos de manera especial a lo largo de toda la costa, pues siempre tuve la certeza de que en alg�n momento el enemigo lo utilizar�a, por su posici�n en la misma base del eje principal de su m�s probable direcci�n de ataque y por sus privilegiadas condiciones topogr�ficas para establecer un campamento de retaguardia con todas las ventajas, como cabeza de playa de su ofensiva desde el Sur. Por esa raz�n, el grupo rebelde desplegado all� era relativamente numeroso, con amplias posibilidades de preparar buenas trincheras y reforzado, adem�s, con una de nuestras dos armas pesadas: la ametralladora calibre 50 que manejaba Braulio Curuneaux. La posici�n, como se recordar�, estaba a cargo de Pedro Miret, auxiliado por Ren� Rodr�guez y Dunney P�rez �lamo.

Sin embargo, parece ser que la situaci�n de las posiciones rebeldes en la desembocadura del r�o hab�a comenzado a deteriorarse en los d�as inmediatamente anteriores al desembarco enemigo. La inactividad y la tensi�n de los tantos d�as pasados en espera de este desembarco, las dif�ciles condiciones de suministro y la consiguiente hambre de la tropa, la falta de una disciplina lo suficientemente estricta como para evitar la aparici�n de algunas manifestaciones de desorganizaci�n y peque�as rencillas entre los distintos grupos a los que les hab�a tocado convivir durante un tiempo prolongado, provocaron un cierto grado de relajamiento. A estos factores habr�a que a�adir la indecisi�n manifestada en ese frente en los primeros momentos posteriores a la maniobra de Quevedo en direcci�n a La Caridad, y la poca agilidad demostrada en el cumplimiento de las sucesivas �rdenes que recib�an. T�ngase en cuenta la extrema fluidez de la situaci�n en las �ltimas 24 horas antes del desembarco, durante las cuales Pedrito recibi� instrucciones m�as de replegarse hacia el interior en el momento en que la situaci�n de Paz era a�n incierta, para luego recibir la orden de ocupar de nuevo posiciones lo m�s cerca posible de la playa cuando yo pensaba que ya se hab�an replegado. Sin embargo, en la pr�ctica, la situaci�n operativa cambiaba constantemente y mis �rdenes se solapaban sobre las anteriores sin haber sido cumplidas.

Todo esto contribuy�, al parecer, a crear cierta confusi�n. El hecho es que, cuando los guardias se acercaron a la costa e iniciaron la preparaci�n del desembarco, apenas se les dispararon unos cuantos tiros. Hay que imaginar el da�o que hubiera podido hacer un grupo de rebeldes bien atrincherados, disparando a mansalva sobre los guardias en la maniobra de desembarco, con el apoyo nada menos que de una ametralladora 50 en manos de nuestro mejor artillero. Posiblemente, el desembarco se hubiese llevado a cabo de todas maneras, pero el enemigo hubiese sufrido un buen n�mero de bajas. Y no es il�gico suponer que, ante una resistencia organizada y efectiva, el jefe de la compa��a habr�a desistido. Hubiese sido una tremenda victoria que, junto con la de Paz en La Caridad, habr�a compensado con creces el pobre desempe�o rebelde ese mismo d�a en el frente de las Vegas de Jibacoa.

Pedrito me mand� primero un escueto mensaje donde dec�a que los guardias hab�an desembarcado, que �lamo hizo resistencia y se retir� como se le hab�a dicho, y que toda la tropa estaba ya camino de Purial�n.

Me extra�� mucho en esa nota la informaci�n de que el enemigo no le hab�a dado tiempo a nada y que la gente de �lamo estaba dispersa, lo cual indicaba una retirada desorganizada.

M�s tarde, recib� un segundo reporte un poco m�s amplio, por el que me di cuenta de que las cosas no hab�an salido como deb�an. Sin embargo, la evaluaci�n de Pedrito de lo ocurrido y de la conducta de los hombres de �lamo, era positiva. Por ese segundo mensaje me enter� tambi�n de que al producirse el desembarco ya Ren� Rodr�guez estaba camino de Jig�e con parte del personal de la playa, lo cual pod�a haber contribuido a que ocurriera tan deslucida funci�n en la playa de La Plata.

Tanta insistencia en ocupar posiciones a lo largo del curso inferior del r�o, en la boca de Manacas, Purial�n o Jig�e, me hac�a pensar que Pedrito no hab�a comprendido bien el sentido de mis reiteradas prevenciones acerca del curso de acci�n que deb�a seguir en caso de que los guardias forzaran la l�nea de Paz en La Caridad y lograran penetrar hasta El Naranjal. En ese caso, no tendr�a sentido alguno mantener una tropa m�s abajo de este punto, m�xime despu�s de producirse el desembarco en la playa. Por eso le reiter�, en la tarde del d�a 20, despu�s de haber recibido sus dos mensajes sobre lo ocurrido en la desembocadura del r�o, que si el enemigo entraba en El Naranjal ten�a que trasladarse con todo el personal hacia arriba. Y, sobre todo, le insist� en que hiciera o lo antes posible con Paz para que coordinara su actuaci�n con �l. En medio de los peligros de una situaci�n a cada momento cambiante, me tranquilizaba constatar que Paz sab�a tomar decisiones acertadas de acuerdo con las circunstancias. Por otra parte, la reuni�n de las dos fuerzas era necesaria para el plan que hab�a comenzado a madurar en mi mente.

A estas alturas, como dije antes, ya hab�a dejado de preocuparme demasiado la posibilidad de penetraci�n de los guardias hasta El Naranjal. Me percataba cada vez m�s de que, con una resistencia adecuada, era pr�cticamente imposible que una columna enemiga pudiera seguir avanzando m�s all�. Esa noche ya hab�a iniciado los preparativos para crear una resistencia, comenzando por colocar minas, que ocultas tras un matorral, ramas u hojas, pod�an desbaratar cualquier vanguardia enemiga que se aventurara m�s all� de El Naranjal. Estaba casi seguro de nuestra capacidad de paralizar a los guardias en esa direcci�n. El lugar, adem�s, se prestaba no solo para contener a esa tropa, sino tambi�n, para su posible captura.

Lo que m�s me preocupaba esa noche era la situaci�n de otra tropa enemiga que, seg�n los informes recibidos durante el d�a, sub�a por el r�o Palma Mocha en direcci�n a El Jubal, donde de-b�amos tener la emboscada de Roberto El�as en la casa de Emilio Cabrera. Result� que no exist�a esa peque�a fuerza all�, donde hab�a dado instrucciones precisas de ubicarla, pero eso no lo supimos hasta el d�a siguiente. Esa noche me ocup� de pedirle a Paz un refuerzo para esa posici�n y de preparar varios exploradores que al amanecer deb�an partir hacia El Jubal a evaluar la situaci�n sobre el terreno.

En cuanto a Paz, le orden� que se replegara con todos sus hombres hacia El Naranjal esa misma noche. Quiz�s esta orden le resultase sorpresiva, teniendo en cuenta que durante todo el d�a hab�a estado combatiendo exitosamente para impedir precisamente que el enemigo pudiera cruzar de La Caridad hacia El Naranjal. Pero mi valoraci�n era la siguiente: si los guardias hab�an logrado romper la resistencia de Paz, cosa que yo no sab�a todav�a, de todas maneras era necesario que se retirara m�s arriba de El Naranjal; pero si todav�a manten�a su posici�n en La Caridad, entonces lo que hab�a que hacer era precisamente dejarle expedito el camino de El Naranjal para invitarlos a seguir en esa direcci�n. Tan seguro estaba de que cae-r�an en una ratonera que buscaba c�mo librarles el camino de obst�culos.

Tambi�n en esta ocasi�n, sin embargo, Paz demostr� su perspicacia t�ctica. En el mensaje que me envi� al d�a siguiente, me confirmaba el cumplimiento de la orden de trasladar sus posiciones a El Naranjal, y me dec�a:

Yo creo que obligando a los guardias a pelear en el terreno que a nosotros nos conviene, podemos no solo aguantarlos, sino hacerlos retroceder y derrotarlos.

Pienso poner 2 hombres a hostilizarlos por dondequiera que traten de llegar, pero lejos de la emboscada que les tenemos.

La nueva l�nea defensiva en El Naranjal estaba compuesta por el personal de Paz, el de Pedro Miret y la escuadra de la ametralladora calibre 50 manejada por Albio Ochoa y Fidel Vargas. Era una de las dos que llegaron desde Costa Rica en el avi�n en que viaj� Miret. Paz dispuso la ubicaci�n del personal de �lamo con la otra 50 �la de Curuneaux� sobre el camino nuevo, abierto de hecho por los rebeldes, que comunicaba Palma Mocha y los llanos del Infierno con la zona de Camaroncito, m�s arriba de El Naranjal. Esta posici�n cubr�a el posible acceso de una fuerza enemiga desde el curso superior del r�o Palma Mocha, en caso de que fuese cierta la informaci�n de que una tropa enemiga se mov�a r�o arriba, si era superada la emboscada de Roberto El�as a la altura de El Jubal. Con ello se evitar�a que el enemigo apareciera por la retaguardia de la l�nea rebelde en El Naranjal.

Ese era uno de los puntos que m�s me preocupaba en ese sector a estas alturas de las disposiciones defensivas. Otros dos eran el camino que sub�a de la casa de Emilio Cabrera en El Jubal al firme de la Maestra y bajaba de all� a Santana, sobre el r�o Yara, m�s arriba de Santo Domingo, y el camino de a pie a lo largo del firme de la Maestra, hacia el Este, en direcci�n al alto de Joaqu�n y hacia el Oeste en direcci�n a Radio Rebelde y la Comandancia en La Plata. Estos accesos ten�an significaci�n a partir de la premisa que a�n no hab�amos desestimado de que exist�a una fuerza enemiga en el r�o Palma Mocha, cuyo destino evidente ser�a coronar el firme de la Maestra por el segundo de los caminos que acabo de mencionar, o el de Palma Mocha, por el camino nuevo, para caer despu�s sobre el r�o La Plata.

La amenaza potencial de esta fuerza en Palma Mocha, adquirir�a significaci�n adicional en caso de que el enemigo intentase alcanzar el firme de la Maestra desde el Norte, bien mediante el avance ulterior de la tropa llegada a Santo Domingo o bien mediante el ingreso de una nueva fuerza procedente de El Cacao o de El Verraco que cruzara hacia los cabezos del r�o Yara por San Francisco o La Jeringa. La primera posibilidad parec�a ya a la altura del d�a 21 bastante improbable, como resultado de las posiciones de contenci�n colocadas alrededor de la fuerza enemiga en Santo Domingo. Pero quedaba latente la segunda variante que, por obvia, siempre fue tenida muy en cuenta por nosotros en la planificaci�n. En este momento yo pensaba colocar en el alto de la Maestra, en el punto donde cruzaba el camino de Palma Mocha, a Cuevas y su gente, con lo cual quedar�a garantizada la protecci�n de esta v�a en las dos direcciones.

En cuanto al acceso que brindaba el camino nuevo de Palma Mocha sobre la retaguardia rebelde en El Naranjal, la decisi�n de Paz de utilizar a la escuadra de �lamo era correcta. Sin embargo, el emplazamiento exacto de la emboscada pod�a ser revisado, para lo cual le mand� a decir a Paz que yo ir�a personalmente para ubicar e instruir a �lamo en la primera oportunidad que tuviese.

Con estas medidas �adem�s de la ubicaci�n por el Che del personal de Ra�l Podio, que hab�a estado cuidando la playa de El Macho, en el alto de Cahuara con instrucciones de vigilar todo el firme al oeste del r�o La Plata hasta lo m�s cerca posible del mar, y del env�o de una posta a cuidar un dif�cil camino de a pie que sub�a de frente desde Jig�e�, la disposici�n defensiva del sector sur quedaba asegurada. En el largo mensaje que envi� a Paz al mediod�a del s�bado 21 de junio, detallaba todas estas posiciones y le inclu�a unas apreciaciones que es bueno citar ahora porque sirven de anticipo de lo que iba a ocurrir en las semanas siguientes:

Desde luego, que hay puntos por ah�, donde si los guardias se meten, lo mejor ser�a dejarlos, para acabar con ellos ya que los refuerzos podr�an ser cortados por completo. Hay que esperar esa oportunidad, algunas de las cuales se han presentado ya, no pudi�ndose aprovechar por falta de personal armado.

De ahora en adelante hay que matarles la vanguardia dondequiera que se presenten. La l�nea ahora, por la Maestra, desde el Fr�o, hasta el camino P [Palma] Mocha-Santo Domingo, estar� muy dif�cil de atravesar. El martillazo grande debemos buscarlo por el Sur.

Si logramos llevar adelante estos planes, ser� una gran victoria, aparte de que podremos conservar la planta de radio y el territorio base de aprovisionamiento de armas.

Pero el d�a 21, la fuerza enemiga del comandante Quevedo, a la que se le dej� expedito el avance en direcci�n a El Naranjal, emprendi� la retirada de La Caridad de regreso a su punto de partida en la costa. Al parecer, el jefe del Batall�n 18 decidi� que la resistencia ofrecida por los rebeldes a los dos intentos de alcanzar el firme de La Caridad era lo suficientemente bien organizada como para impedirle ese objetivo. El propio Quevedo escribi� despu�s que pesaron tambi�n en su decisi�n el hecho de que los mulos que transportaban la comida de la tropa se despe�aron y que, aun superando la dificultad de la emboscada rebelde: "no �bamos a tener caminos para continuar".

Como justamente evaluaba Paz en el mensaje en el que inform� de estos acontecimientos en la tarde del d�a 21, "[� ] siempre que ellos traten de subir por un lado y se les haga retroceder es una victoria nuestra pues se les extrav�an los planes y ven que no es muy f�cil cruzar por sobre no-sotros".

En definitiva, al d�a siguiente las dos compa��as del Batall�n 18 reembarcaron y descendieron por segunda vez, en esta ocasi�n en la desembocadura del r�o La Plata, donde hab�a establecido campamento la Compa��a G-4.

En la noche del 21 de junio inform� a Paz que deb�a subordinar bajo su mando a todo el personal que operaba en el sector sur, decisi�n que comuniqu� a Pedro Miret, Ren� Rodr�guez, Dunney P�rez �lamo, Ra�l Podio y dem�s jefes de escuadras o grupos estacionados en diversas posiciones. De todos los cuadros con que cont�bamos en el sector sur, Ram�n Paz era el que hab�a demostrado no solo m�s capacidad como t�ctico y organizador, sino tambi�n mayor decisi�n y combatividad. Era, sin duda, el jefe id�neo para ese momento y ese lugar, donde ya cab�a prever la posibilidad de dar un primer golpe contundente al enemigo.

Al d�a siguiente, domingo 22 de junio, baj� de La Plata hasta Puerto Malanga. All� me esperaba �lamo para ir conmigo hasta la posici�n precisa en el firme de Palma Mocha donde yo consideraba que deb�a ubicarse. Aprovech� el recorrido para conocer de manera directa mayores detalles acerca de lo ocurrido el d�a 20 en la playa de La Plata, ya que me parec�a muy deficiente la actuaci�n de nuestras fuerzas en oposici�n al desembarco enemigo e insatisfactorias las explicaciones dadas hasta ese momento. De ah� mi insistencia durante estos d�as en reivindicar aquella pobre actuaci�n con una resistencia firme y efectiva al avance que seguramente emprender�an muy pronto los guardias por el camino del r�o La Plata. A eso me refer�a en el mensaje que le envi� a Paz en la ma�ana del 24 de junio:

Sobre el aspecto t�ctico, te recomiendo que adem�s de vigilar bien cualquier punto de entrada al Naranjo [El Naranjal] desde las lomas, insistas con Pedro [Miret] en la necesidad de defender el camino de la Playa para tratar de que el enemigo no llegue al Jig�e. Aquella gente, con minas solamente podr�a detener al Ej�rcito en ese camino.

En ese mismo mensaje le comunicaba la decisi�n de trasladar para la zona de Santo Domingo a la escuadra de Roberto El�as y a la escuadra con la calibre 50 de Braulio Curuneaux, la primera, porque la posici�n que ocupaba en la zona de El Jubal perd�a importancia tras la ubicaci�n de �lamo en el camino nuevo de Palma Mocha y de Cuevas en el firme de la Maestra; y la segunda, porque no era imprescindible para la defensa del camino del r�o y, en cambio, pod�a desempe�ar un papel significativo en el cerco que plane�bamos hacerle a la tropa enemiga de Santo Domingo.

Esta ametralladora hab�a participado la noche anterior en una incursi�n organizada por Pedrito y Ren� contra el campamento enemigo en la de-sembocadura de La Plata, durante la cual se dispararon tres obuses de mortero, 70 tiros de calibre 50 y cierta cantidad de disparos de fusil, con efectos indeterminados. Tras la acci�n, el personal regres� a sus posiciones sobre el camino del r�o a la altura de la boca de Manacas, donde hab�a sido preparada nuestra pista a�rea.

El martes 24 de junio, las dos compa��as del Batall�n 18 que hab�an desembarcado primero en Las Cuevas y que, en definitiva, hab�an reembarcado en ese punto y desembarcado nuevamente en la playa de La Plata, el d�a 22, para unirse a la unidad ya estacionada all�, iniciaron su movimiento hacia el interior de nuestro territorio a lo largo del r�o La Plata, desde su desembocadura. Los guardias no encontraron resistencia hasta que llegaron a la boca de Manacas, donde poco despu�s del mediod�a chocaron con la emboscada rebelde. Ocurri� un breve combate con el sorprendente resultado de que nuestra fuerza se retir� hasta Jig�e y dej� libre el camino al enemigo, en flagrante desestimaci�n de la consigna de defender el terreno palmo a palmo.

En el parte que me mand� ese mismo d�a Pedro Miret sobre esta acci�n refiri� una improbable cantidad de 11 bajas fatales hechas al enemigo, y justific� la retirada con el argumento de que las posiciones rebeldes estaban a punto de ser copadas, lo cual tampoco parec�a probable dadas las caracter�sticas del terreno en el lugar donde ten�a efecto la escaramuza.

Puede comprenderse f�cilmente la decepci�n que sent� al recibir las primeras informaciones sobre este hecho. De inmediato, antes de conocer el informe de Miret, despach� al amanecer del d�a 25 el siguiente mensaje a Paz, que cito en extenso porque me parece que explica con exactitud lo que hac�a d�as estaba tratando insistentemente de llevar al �nimo de los capitanes rebeldes que actuaban en el sector:

Aunque no he recibido todav�a el informe de Pedro [Miret], e ignoro el punto exacto donde va a situarse, me adelanto a exponerte, que no deben situarse en el mismo caser�o de Jig�e, sino lo m�s abajo posible, para hacerles la resistencia en el r�o que es inexpugnable. Yo estoy seguro de que si defienden el r�o bien, ellos [los guardias] no pueden avanzar, y tendr�n que intentar entonces avanzar por el firme donde est� Podio, donde solo pueden usar mulos al principio y despu�s seguir a pie por un trillo muy malo, o inventar otra ruta.

Pedrito debe buscar en el r�o una buena posici�n estrat�gica, de esas que est�n entre farallones y all� hacer buenas trincheras de piedra, poni�ndole techo de doble hilera de troncos con piedras arriba, contra la que nada pueden los morteros, �nica arma con la que pueden intimidar un poco a los defensores. En los sitios donde sea posible las trincheras deben hacerse cavando en tierra porque siempre son mejores, pero siempre poni�ndoles techo, como las que tenemos aqu� [en la zona de La Plata y el firme de la Maestra].

Despu�s de la primera l�nea, deben preparar otra y as� sucesivamente.

Insisto en esto, porque s� que es el �nico m�todo correcto de hacer la resistencia. Si la gente usara nada m�s que un poco la inteligencia yo te aseguro que ser�a suficiente. Desgraciadamente suele ocurrir as� muy pocas veces.

Mi impresi�n es que esos guardias no pueden sentirse muy decididos a subir por ese r�o. Van a inventar alguna vuelta y se les puede hacer lo mismo que t� les hiciste en la Caridad.

El d�a 25 los guardias ocuparon Purial�n sin encontrar resistencia. La l�nea rebelde permanec�a detr�s de Jig�e, con lo cual, de hecho, se dejaban libres m�s de tres kil�metros de r�o y de camino en los que hab�a infinitas posibilidades de desgastar y, hasta quiz�s, detener el peligroso avance enemigo hacia el interior de nuestro territorio. La creciente insatisfacci�n que sent�a por el desempe�o de la defensa rebelde en la zona del r�o La Plata me hizo tomar la decisi�n ese mismo d�a de bajar hasta el frente a inspeccionar personalmente la situaci�n. Como resultado de este recorrido, dispuse esa noche relevar a Pedrito y a Ren� del mando del personal del r�o La Plata y designar en su lugar al segundo de Paz, Fernando Ch�vez, El Artista, a quien ascend� en ese momento al grado de teniente, y le orden� reorganizar la primera l�nea de defensa lo m�s abajo posible y cerca de Purial�n. La escuadra de Podio en el firme de Cahuara quedaba tambi�n subordinada a Ch�vez; este, a su vez, lo estaba a Paz, quien segu�a siendo el responsable de todo el sector.

Miret cumpli� disciplinadamente, de inmediato, mi orden de trasladarse con el personal del mortero a la casa del Santaclarero en La Plata. Ren�, en cambio, dilat� la entrega de su fusil a Ch�vez y su subida a La Plata, como yo hab�a dispuesto, por lo que dos d�as despu�s orden� que se presentase o fuese conducido en calidad de preso a Puerto Malanga.

Al amanecer del 26 de junio, Ch�vez parti� a asumir su mando y cumplir las instrucciones. Llevaba indicaciones precisas de preparar sucesivas emboscadas a lo largo del camino del r�o cada 500 � 600 metros, tomando en cada caso las medidas convenientes para asegurar su retaguardia y garantizar su retirada y, si los guardias lo obligaban a retroceder hasta Jig�e, una vez llegado a ese punto, retirarse en direcci�n al alto de Cahuara y preparar una s�lida l�nea de defensa en el firme. La intenci�n de este �ltimo movimiento era doble: por una parte, tapar el acceso a la Maestra por esa v�a y, por otra, poder utilizar a esa fuerza para atacar por la retaguardia a los soldados en caso de que prosiguieran su avance por el r�o La Plata en direcci�n a El Naranjal y chocaran all� con la emboscada de Paz.

Pero el enemigo no dio tiempo para poder ejecutar estas �rdenes, pues tambi�n al amanecer del 26 las dos compa��as al mando del comandante Quevedo reiniciaron la marcha r�o arriba, y en la tarde llegaron a Jig�e. Al alcanzar ese lugar, el enemigo hab�a logrado situarse aproximadamente a mitad de camino desde la costa al alto de La Plata.

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