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jueves, 19 de septiembre de 2019

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La Victoria Estrat�gica cap�tulo 6

El enemigo llega a las Vegas

(Cap�tulo 6)

El 10 de junio, el mismo d�a que se produjo el desembarco del Batall�n 18 en la costa sur, tom� una serie de decisiones para cambiar el dispositivo de defensa rebelde en la direcci�n de las Vegas de Jibacoa, que comenzaba a perfilarse como el siguiente objetivo enemigo en el sector noroccidental.

Ramiro Vald�s y Camilo Cienfuegos en la Sierra Maestra.

El personal al mando de Horacio Rodr�guez recibi� la orden de concentrarse en dos grupos: uno de ellos deb�a cubrir el camino de La Herradura que sub�a por el r�o �donde Cuevas hab�a sostenido la imprecisa escaramuza del d�a 9�, y el otro, m�s numeroso, tendr�a la misi�n de impedir el avance de los guardias por el camino de camiones que sub�a desde Las Mercedes hacia las Vegas, atravesando Los Isle�os y El Mango. Como apoyo de este segundo grupo, en su retaguardia, en la zona de Los Isle�os, ocupar�a posiciones la docena de hombres que compon�an la escuadra de Orlando Lara, que el 3 de junio hab�an llegado a las Vegas desde el llano, y se manten�an hasta ese momento en condici�n de reserva.

Cuevas, por su parte, en vista de la amenaza planteada en el sector meridional por el desembarco enemigo, recibi� la orden de trasladarse al d�a siguiente a Mompi�, lugar donde yo estaba en ese momento. Mi intenci�n, como vimos en el cap�tulo anterior, era darle la misi�n de reforzar las l�neas rebeldes en la costa, en vista de la nueva y peligrosa amenaza planteada por el desembarco enemigo.

En cuanto a las otras partes de este sector, el personal de Ra�l Castro Mercader y Angelito Verdecia permanec�a en sus posiciones sobre el camino hacia San Lorenzo, y el Che se manten�a desde Minas de Fr�o al tanto de la situaci�n en la zona m�s occidental del frente, que estaba defendida por los grupos rebeldes pertenecientes a la Columna 7 de Crescencio P�rez. Durante las �ltimas semanas no se hab�a detenido el trabajo de preparaci�n de trincheras y otras defensas en todo el sector, misi�n que le hab�a sido encomendada a Huber Matos y Arturo Aguilera.

Durante la ma�ana del 11 de junio, los guardias de Las Mercedes intentaron mejorar sus posiciones ocupando el alto de Las Caobas, elevaci�n que domina el camino de carros que sale del caser�o hacia las Vegas, y avanzando nuevamente por el camino de la herradura del r�o. Esta vez, sin embargo, Cuevas, quien a�n se manten�a en esa posici�n pues no hab�a recibido todav�a la orden de trasladarse hacia Mompi�, hab�a tenido tiempo de preparar bien su posici�n. Tuvo lugar un intenso combate que se prolong� bajo un aguacero torrencial desde las 8:00 de la ma�ana hasta pasada la 1:00 de la tarde. El enemigo fue rechazado y sufri� un n�mero indeterminado aunque considerable de bajas. En el parte de Radio Rebelde sobre esta acci�n, a la que se denomin� Combate del Potrero de Jibacoa, se mencionaba el dato de que nuestras reducidas pero aguerridas fuerzas hab�an gastado solamente 350 balas; no obstante, orden� al d�a siguiente a Horacio que registrara con parte de su personal el lugar donde hab�a ocurrido el combate para tratar de recuperar el parque gastado, con lo que hubieran podido dejar botado los guardias en su retirada.

Fidel con los cosecheros de caf� de Vegas de Jibacoa.

Parece que el efecto del golpe recibido en este combate inmoviliz� al enemigo acampado en Las Mercedes, pues durante los d�as siguientes no hicieron ning�n nuevo intento, ni siquiera de tanteo o exploraci�n. Sin embargo, la situaci�n operativa en el sector se modific� radicalmente con la llegada, entre el 13 y el 14 de junio, de una fuerte tropa enemiga a la zona de Arroy�n. Las primeras noticias al respecto las recib� el d�a 14, como siempre, por la v�a de Horacio Rodr�guez, quien manten�a abierto un constante y eficiente canal de informaci�n conmigo a trav�s de partes escritos que me enviaba varias veces al d�a con mensajeros rebeldes. Se trataba, seg�n supimos despu�s, de una nueva unidad completa de combate, el Batall�n 19, al mando del comandante Antonio Su�rez Fowler, compuesto por tres compa��as de infanter�a �las n�meros 91, 92 y 93� y una escuadra de morteros, en total cerca de 400 hombres.

La llegada de esta unidad a Arroy�n termin� definitivamente de confirmarme que el siguiente paso del enemigo en este sector ser�a el avance en direcci�n a las Vegas de Jibacoa, con la intenci�n de ocupar este estrat�gico lugar. En un mapa puede comprobarse con relativa facilidad que la �nica direcci�n razonablemente factible de una tropa enemiga estacionada en Arroy�n, e interesada en penetrar al interior del territorio rebelde en la monta�a, es la de las Vegas de Jibacoa. Cualquier otra direcci�n supone el intento de trasponer el imponente macizo de la loma de La Llorosa, que cierra de manera terminante el panorama hacia el sureste; o bien rodear esa monta�a hacia el Este para entrar en Providencia, lo cual carecer�a completamente de sentido.

De ah� que al recibir las informaciones de Horacio el d�a 14, llegu� a la conclusi�n de que el arribo de la fuerza enemiga a Arroy�n significaba que la ofensiva en direcci�n a las Vegas era inminente, y que se producir�a probablemente sin soluci�n de continuidad. No sab�a en ese momento que el Batall�n 19 estaba tomando Arroy�n como base avanzada, y que su siguiente paso demorar�a a�n varios d�as, en espera de la fecha establecida en la planificaci�n enemiga como "D�a-D", es decir, como el d�a en que ser�a lanzada la segunda fase de la ofensiva desde las tres direcciones principales de ataque. Ese d�a result� ser el jueves 19 de junio, cinco d�as despu�s.

Sobre la base de esta apreciaci�n, alert� esa noche de la inminencia del combate a los dos capitanes que ten�an la responsabilidad de impedir el avance enemigo en esa direcci�n. A Lara, en particular, le orden� que avanzara desde sus posiciones en la retaguardia de las l�neas rebeldes y se trasladara a las posiciones de Horacio. En ese mismo mensaje le inclu�a un conjunto de recomendaciones de car�cter t�ctico, teniendo en cuenta que toda la experiencia combativa de Lara hab�a sido en los llanos del Cauto, donde surgi� como guerrillero, y pod�a no estar impuesto de algunas de las particularidades de nuestra lucha en la monta�a:

Si [los guardias] siguen avanzando d�jenlos acercar bien, expl�tenles la mina primero para que los sorprendan menos protegidos y abran fuego luego.

Es posible que primero la aviaci�n recorra el camino disparando. Prot�janse bien en las trincheras sin dar se�ales de vida para poder sorprender a la tropa. No hagan fuego aunque ellos vengan disparando por el camino, hasta que no est�n a tiro seguro. No dejes de usar t� un Garand.

Tambi�n en ese mensaje le anunciaba a Lara mi apreciaci�n acerca de la situaci�n creada en el sector: "Es muy posible que ma�ana se muevan hacia ac�, ya no pueden hacer otra cosa". Y conclu�a con las �nicas palabras de est�mulo posibles en esas circunstancias tan complejas: "Buena suerte a todos".

No obstante, partiendo una vez m�s del principio de prever todas las variantes posibles de acci�n del enemigo, ese mismo d�a dispuse el env�o de una peque�a escuadra de ocho hombres al camino que sub�a por La Llorosa, en el punto conocido en la zona como la loma de El Espejo. Esta escuadra estaba compuesta por cuatro combatientes del pelot�n de Eddy Su�ol, posicionado a la entrada de Providencia, dos de Lara y otros dos enviados de la escuela de reclutas.

Al d�a siguiente, domingo 15 de junio �era el D�a de los Padres� parecieron confirmarse mis predicciones, pues el enemigo avanz� desde Arroy�n por el camino de las Vegas. La gente de Horacio intercambi� algunos tiros y los guardias se retiraron nuevamente. Una vez m�s la actuaci�n de nuestros combatientes me dej� insatisfecho, por lo que dispar� otro fuerte rega�o a Horacio:

Quiero que me expliques por qu� no dejaron acercar a los soldados; en qu� fundamentas la necesidad de haberles abierto fuego a distancia tal que no se pudo apreciar siquiera una baja, descubriendo la posici�n y exponi�ndola al bombardeo, sin el menor chance de sorprenderlos la pr�xima vez. Necesito saber qu� razones tuviste para ello, pues a mi entender no era la t�ctica correcta, ni se ajustaba a las instrucciones que mand� con Lara.

No me han dicho cu�ntas balas gastaron, como si fuera un dato que no interesara para nada; ni tampoco me han dicho, a pesar de hab�rtelo preguntado expresamente por escrito, si registraron o no el campo donde pelearon los soldados con Cuevas, y si encontraron o no balas.

Hay cosas que no se explica uno bien en la actuaci�n de ustedes. Nunca matan un [...] soldado, ni cogen un fusil, tiran cuando no tienen que tirar y no tiran cuando tienen que tirar [...]; gastan balas y descubren las posiciones. Esa no es forma de hacer la guerra. �Para qu� quieren las minas? Ahora los est�n bombardeando otra vez, es la consecuencia de lo de ayer; un riesgo que no compensa los resultados de una escaramuza.

Vamos a ver si hacen algo bueno.

En realidad, de lo que se hab�a tratado era de una finta realizada por la Compa��a 93, por orden del jefe del Batall�n 19, con el prop�sito de comprobar si encontrar�an resistencia llegado el momento de la maniobra real. Ese d�a 15 y el siguiente, la aviaci�n estuvo particularmente activa sobre las posiciones rebeldes, desatando los bombardeos y ametrallamientos m�s intensos y prolongados que hab�amos presenciado hasta ese momento en toda la guerra. Era se�al inequ�voca, no solo de que las posiciones rebeldes hab�an sido localizadas, sino tambi�n, de que el intento de avance hacia las Vegas estaba muy pr�ximo.

En vista de la pobre actuaci�n de Horacio tom� la decisi�n, el mismo d�a de la exploraci�n enemiga, de colocar a Lara en una posici�n m�s avanzada; de suerte, que fuera con �l con quien chocaran los guardias en su avance desde Arroy�n. Cumpliendo mi orden, Lara comenz� de inmediato a fabricar trincheras en la falda de La Llorosa, frente al camino de Arroy�n, con lo cual se coloc�, de hecho, delante y a la derecha de las posiciones de Horacio.

El 17 de junio la tropa enemiga acampada en Arroy�n realiz� una nueva exploraci�n en profundidad y choc� de inmediato con el personal de Lara. A los pocos minutos del comienzo de la acci�n, el impacto directo de un proyectil de bazuca en la trinchera donde combat�a Orlando Lara hiri� gravemente al capit�n rebelde. Al principio se pens� que hab�a sido un mortero ca�do exactamente dentro de la trinchera, pero de haber sido as� no hubiesen quedado rastros de Lara ni de sus compa�eros. Trasladado a toda carrera hacia las Vegas, recibi� los primeros auxilios en ese lugar, y luego fue enviado a La Habanita.

Tras la herida y la retirada de Lara le correspondi� a Horacio hacerse cargo de la situaci�n. En el parte que me envi� horas despu�s explic� que se gastaron pocos tiros �un promedio de ocho o 10 por combatiente�, que se le hicieron no menos de cuatro bajas a los guardias, y que estos se retiraron. Adem�s, agreg�:

[ ] no se pudieron dejar que se acercaran mucho, estaban emplazando la 30 y dos morteros, hubo que tirarles a una distancia como de 200 metros, los morteros ca�an en la posici�n nuestra. Desde un principio hubo que retirarse pronto del lugar; ten�an la posici�n completamente localizada.

Horacio hab�a dispuesto la retirada de la l�nea rebelde unos 300 metros, con lo cual la nueva posici�n ven�a a quedar, aproximadamente, 600 metros m�s atr�s del entronque del camino de Arroy�n con el que ven�a de Las Mercedes. Respond� a su informaci�n dici�ndole que esta vez no ten�a nada que objetar a su actuaci�n, teniendo en cuenta sus explicaciones, y le advert� nuevamente:

Fortifica bien la l�nea que tienes ahora. Los soldados se van a creer que est�s donde mismo estabas ayer. Procura no descubrir tu posici�n hasta que no sea indispensable.

[...]

Lo que m�s me satisface de todo es que est�s controlando con tanto cuidado el gasto de balas.

Estoy seguro de que luchando con inteligencia no podr�n tomar nunca las Vegas. Necesitamos resistir el tiempo necesario para recibir refuerzos de armas y cogerlos cansados aqu� dentro.

El Che, sin embargo, consider� innecesaria la retirada de Horacio. La inoportuna herida de Lara nos privaba de su presencia en este delicado sector en el momento crucial que se avecinaba, por lo que la situaci�n no dejaba de ser preocupante.

Al d�a siguiente todos esper�bamos el inicio del verdadero intento de penetraci�n enemiga en direcci�n a las Vegas, sin embargo, la jornada fue de relativa calma en el sector. En Arroy�n, la fuerza acantonada segu�a recibiendo refuerzos, entre ellos, una escuadra de tanquetas, camiones y buld�ceres. Era evidente que el enemigo contaba con informaciones bastante precisas acerca de los preparativos rebeldes a lo largo del camino de las Vegas, incluidas las zanjas abiertas para tratar de impedir el paso de los equipos motorizados.

El alto mando enemigo hab�a fijado inicialmente la fecha del 18 de junio como el d�a del comienzo, en todos los frentes, de la segunda fase de la ofensiva. Pero la llegada del Batall�n 11 del teniente coronel S�nchez Mosquera a su punto avanzado en El Cacao se hab�a dilatado m�s de lo previsto y, como veremos en el cap�tulo siguiente, no fue hasta ese propio d�a cuando alcanz� aquel lugar, desde donde podr�a lanzarse al asalto de Santo Domingo, sin duda, el coraz�n rebelde en la vertiente norte de la Maestra.

El d�a 18, por tanto, todo estaba finalmente dispuesto desde el punto de vista del enemigo. Adem�s de la posici�n favorable de la fuerza llegada ese d�a a El Cacao por el sector meridional, el batall�n �desembarcado d�as antes� hab�a recibido la orden de comenzar a moverse ese mismo d�a hacia el interior de la monta�a, hasta situarse en un punto avanzado, desde el que podr�a tambi�n lanzarse al asalto del reducto rebelde. En el sector noroccidental, dos batallones completos y reforzados �el 17 en Las Mercedes y el 19 en Arroy�n� estaban igualmente en condiciones de intentar el ataque.

A la luz de lo que ocurri� en los d�as siguientes en este sector, es bueno detenerse para recapitular la situaci�n operativa. Lo primero que hay que tener en cuenta es que, en este momento decisivo de la ofensiva enemiga, con serias amenazas planteadas en no menos de tres direcciones distintas y peligros de menor cuant�a en otros sectores del vasto frente que deb�amos defender a toda costa, cont�bamos para ello en la direcci�n central y noroccidental con poco m�s de 200 hombres debidamente armados.

Una de mis ocupaciones m�s constantes, durante todos estos d�as previos al comienzo de la segunda fase de la ofensiva enemiga, fue ir moviendo los pu�ados de combatientes de que dispon�amos a las distintas posiciones que en mayor medida lo iban requiriendo, de acuerdo con la urgencia y la gravedad del peligro concreto planteado en cada caso.

En lo que respecta espec�ficamente al sector de las Vegas, despu�s del desembarco enemigo en el Sur, no me hab�a quedado m�s remedio que mover para esa zona a la combativa escuadra de Andr�s Cuevas porque, sin duda, la posibilidad de penetraci�n enemiga en nuestro territorio desde esa direcci�n significaba una amenaza mucho m�s inmediata y peligrosa. De las escasas fuerzas que defend�an en el flanco nororiental el acceso al firme de la Maestra en la zona de La Plata, no ten�a tampoco de donde extraer personal de refuerzo si, por el contrario, lo que urg�a era fortalecer la defensa en esa direcci�n. Camilo, todav�a en camino desde los llanos del Cauto, estaba destinado a esa zona, precisamente por la excepcional significaci�n que ten�a el hecho de mantenerla a toda costa.

Por otra parte, a pesar de mi impresi�n cada vez m�s clara de que en el sector noroccidental el enemigo concentrar�a su golpe principal en la direcci�n de las Vegas de Jibacoa, no pod�a de ninguna manera desconocerse la presencia del Batall�n 17 en Las Mercedes, con la posibilidad bien concreta de que pudiera intentar un asalto simult�neo en direcci�n a San Lorenzo. Por tanto, era impensable debilitar nuestras l�neas defensivas en esa direcci�n. Como se recordar�, el camino de San Lorenzo estaba defendido a partir de la loma de El Gurug� por las escuadras de Ra�l Castro Mercader y Angelito Verdecia. Otros peque�os grupos hab�an sido colocados en la zona de Gabiro y en el camino de Purgatorio. Unas cuantas decenas de hombres deb�an mantener estas posiciones en caso de ataque enemigo en direcci�n a San Lorenzo, o incluso, Minas de Fr�o. No era razonable mover personal de esta zona para reforzar las l�neas de Horacio en la direcci�n de las Vegas, por muy necesitadas que estuviesen �como realmente lo estaban� de una inyecci�n adicional.

En cuanto a los grupos de combatientes de la columna de Crescencio P�rez, la 7, que estaban distribuidos en un buen n�mero de posiciones a lo largo de la porci�n m�s occidental del frente, hab�a que tomar en consideraci�n varios factores: Crescencio era un viejo luchador campesino, parte de su columna la integraban vecinos de la zona muy conocedores de la misma, pose�an pocos hombres con armas de guerra, los cuales siempre incluyo entre los mejores armados de que dispon�amos para luchar contra la ofensiva, algunos muy buenos, como su hijo Ignacio, que muri� m�s tarde en Jiguan�, casi al final de la guerra.

En el frente occidental, por otro lado, estaban estacionadas unidades enemigas importantes �los Batallones 12, 13 y 16� que muy bien pudieran participar en la operaci�n m�ltiple que obviamente se avecinaba, e intentar alcanzar el firme de la Maestra por la zona de La Habanita; y, por �ltimo, no era posible debilitar sus posiciones para reforzar las de Horacio, quien, por tanto, tendr�a que defender el acceso a las Vegas con los hombres de que dispon�a en ese momento.

La clave estaba en que la resistencia se hiciera con tenacidad e inteligencia, en un terreno, hasta cierto punto, favorable al enemigo, en la medida en que le permit�a avanzar de manera desplegada y emplear medios mecanizados e, incluso, artiller�a de campa�a, al menos en los primeros momentos de su avance.

Los puntos fundamentales a defender estaban un poco m�s al Este, hacia donde se dirig�a, seg�n mi criterio, el golpe principal del enemigo, y, de ser preciso, concentrar all� el grueso de sus fuerzas.

En la ma�ana del jueves 19 de junio, en movimiento coordinado con el avance del Batall�n 11 de S�nchez Mosquera hacia Santo Domingo en el sector nororiental, y la penetraci�n del Batall�n 18 de Quevedo en direcci�n a La Caridad en el sector sur, los Batallones 17 y 19 emprendieron la ofensiva en direcci�n a las Vegas de Jibacoa, en el flanco izquierdo de nuestra l�nea, cada uno desde sus respectivas bases en Las Mercedes y Arroy�n. En total participaron en la operaci�n hacia las Vegas m�s de 500 soldados enemigos, apoyados por varios T-37, por la aviaci�n y dos bater�as de morteros.

Los guardias alcanzaron con relativa facilidad el punto en que se encuentran los dos caminos, a partir del cual unieron sus fuerzas y comenzaron a avanzar en un frente, relativamente abierto, de unos 500 metros en total, a los dos lados del camino hacia las Vegas. El bombardeo de los morteros sobre las posiciones rebeldes era incesante.

Despu�s de tirotear al enemigo durante algunos minutos, los hombres de Horacio recibieron la orden de retirada y se replegaron hacia lo que hubiera debido ser una segunda l�nea defensiva detr�s de Los Isle�os y al comienzo de la loma de El Mango. En este lugar las condiciones para sostener el empuje enemigo eran mucho m�s favorables, ya que el terreno se estrechaba entre la empinada falda de la loma de La Llorosa y el barranco del r�o Jibacoa, a la izquierda de las posiciones rebeldes. Los guardias se ve�an obligados a cerrar su frente de avance y circunscribirlo pr�cticamente a unos pocos metros a ambos lados del camino, lo cual facilitaba la resistencia rebelde. No cabe duda de que en este lugar hab�a posibilidades de sostener la l�nea, al menos unas cuantas horas, y causar bajas al enemigo. Con una preparaci�n adecuada del terreno y la colocaci�n de minas en el camino para contener el avance de los tanques T-37, nuestros combatientes habr�an podido cambiar, en cierta medida, el curso de los acontecimientos ese d�a, si hubiesen estado dispuestos a hacer una verdadera resistencia.

Sin embargo, esta segunda posici�n fue sostenida por el personal rebelde muy poco tiempo. La retirada ordenada por Horacio se prolong�, de hecho, casi sin soluci�n de continuidad, hasta m�s all� de la loma de El Mango. Ya en el parte que recib� desde la l�nea de combate, poco despu�s del mediod�a, Horacio me informaba de lo ocurrido y de su retirada.

Por un mensaje que me envi� el Che a las 2:10 de la tarde confirm� que en su repliegue, Horacio hab�a dejado libre toda la zona de El Mango y se hab�a colocado del otro lado del r�o, en la subida de la loma de El Desayuno. Esto significaba que el enemigo pod�a trasponer, sin impedimento alguno, precisamente la zona donde la resistencia hubiese sido m�s efectiva.

En ese mismo mensaje del mediod�a del jueves 19, el Che me inform� de algunas disposiciones adoptadas en el sector, en vista del repliegue de la l�nea rebelde hasta la loma de El Desayuno, entre ellas, la ocupaci�n de los firmes alrededor de las Vegas con algunos combatientes de la escuela de Minas de Fr�o. Esa noche me comunic� que hab�a bajado a la casa de Jos� Isaac, colaborador campesino que viv�a en Purgatorio, a mitad de camino entre las Vegas y Minas de Fr�o, y me pregunt� qu� deb�a hacer en caso de que las Vegas cayera al d�a siguiente en manos del enemigo, lo cual, a su juicio, era lo m�s probable. El Che hab�a concebido el plan, un tanto riesgoso en las condiciones existentes, de hostigar a los guardias desde la retaguardia con parte del personal rebelde que cubr�a la direcci�n de San Lorenzo y con algunos hombres disponibles que ten�a Crescencio en La Habanita.

Despu�s de conocer lo ocurrido durante la jornada, yo tambi�n hab�a llegado a la conclusi�n de que la ca�da de las Vegas era inevitable. En otras circunstancias, la decisi�n que cab�a tomar era reforzar esa misma noche las nuevas posiciones rebeldes en la loma de El Desayuno y preparar r�pido una l�nea de defensa lo suficientemente s�lida como para contener al d�a siguiente la continuaci�n del avance enemigo en direcci�n a las Vegas. No ser�a la primera ni la �ltima vez durante la guerra que una situaci�n dif�cil fuera revertida en una noche. Pero teniendo en cuenta lo que estaba sucediendo ese mismo d�a en los otros dos frentes de combate, era absolutamente imposible destinar hombres de otros sectores para tratar de reforzar la l�nea rebelde en el acceso a las Vegas.

Por tanto, nuestra respuesta a la situaci�n creada en la noche del 19 en este sector deb�a adecuarse a la premisa de que al d�a siguiente el enemigo ocupar�a las Vegas de Jibacoa. Aceptado este hecho, lo primero que deb�a garantizarse era que los guardias no pudieran dar un paso m�s. Las Vegas de Jibacoa, en definitiva, se prestaba para lograr all� la contenci�n del enemigo. El lugar era uno de esos valles serranos a lo largo de un r�o, en este caso el Jibacoa, rodeado por todas partes de alturas y firmes que, si lograban ser ocupados por nuestras fuerzas, pod�an convertirse en una verdadera ratonera para los guardias. De ah� que la primera medida tomada por el Che era plenamente acertada.

En �ltima instancia, lo ocurrido ese d�a en Santo Domingo y en el camino de las Vegas, y lo que parec�a estar ocurriendo al Sur, figuraba dentro de nuestros c�lculos como una de las variantes, a saber, la penetraci�n del enemigo en el coraz�n del territorio rebelde y la consecuente concentraci�n de nuestras fuerzas en anillos defensivos cada vez m�s estrechos, con la intenci�n de proteger hasta el final la zona de La Plata y sus objetivos cruciales: la emisora, el hospital y las instalaciones log�sticas creadas en ese lugar. Y si al final no fu�semos capaces de defenderla, dispersar nuestras fuerzas en grupos m�s peque�os, en condiciones de comenzar de nuevo la guerra de movimientos de los primeros tiempos.

En l�nea con esa estrategia decid� esa noche orientar al Che que moviera el personal de la columna de Crescencio hacia el firme de la Maestra, m�s ac� de La Habanita, incluidos los grupos estacionados en El Macho y El Mac�o, al oeste del sector central de la ofensiva enemiga por el Sur, con el prop�sito de irlos reagrupando para crear l�neas de defensa m�s cohesionadas.

En el caso espec�fico de que las Vegas fuese ocupada por el enemigo al d�a siguiente, el personal encargado de la defensa de su acceso deb�a ser distribuido por todos los puntos que permitieran contener el ulterior avance de esa tropa en direcci�n al firme de la Maestra a la altura de Mompi�, en particular a la zona conocida como Minas del Infierno, la v�a natural de acceso a Mompi� desde las Vegas.

En el mensaje que le envi� con estas instrucciones, le insist�a una vez m�s al Che en la concepci�n b�sica del plan:

Mientras quede una esperanza de mantener el territorio de la Plata, no debemos variar la estrategia.

El problema esencial es que no tenemos hombres suficientes para defender una zona tan amplia. Debemos intentar la defensa reconcentr�ndonos antes de lanzarnos de nuevo a la acci�n irregular.

Al amanecer del viernes 20 de junio, los guardias, en efecto, reemprendieron el avance en direcci�n a las Vegas.

Despu�s de una d�bil y breve resistencia, los combatientes rebeldes comenzaron a retirarse de la loma de El Desayuno. Al mediod�a ya hab�an rebasado en su retirada las �ltimas casas de las Vegas y se hab�an detenido en la subida hacia Minas del Infierno. De esa manera dejaron el camino expedito para el enemigo, cuya vanguardia entr� en las Vegas en las primeras horas de la tarde casi sin disparar un tiro.

Era m�s que elocuente el tono del mensaje que recib� del Che esa tarde:

Hoy, como pocas veces en el transcurso de esta revoluci�n, he recibido un golpe tan desesperante como este.

Despu�s de hacer esfuerzos por cubrirle a Horacio el flanco izquierdo con dos fusiles, 4 granadas, mi presencia personal (y Miguel), para cubrir toda la loma que estaba a la izquierda de Horacio. Tranquilizado porque no dispararon ni un tiro en la tarde y haciendo planes para rescatar hasta bombas, que, seg�n versiones quedaron enterradas, cuando consigo articular una l�nea de defensa y me dispongo a bajar a las Vegas, me alcanza una nota de Sor� que me anuncia que ya no hay ser viviente en este lugar y que Horacio se retiraba hacia Antonio el gallego [Antonio Morcate, vecino de Minas del Infierno] con su gente.

El Che conclu�a su mensaje con este toque de iron�a, tan caracter�stico en �l:

Debo decirte que en estos dos d�as no se han disparado tiros. Tu orden de ahorrar tiros se ha cumplido al m�ximo.

La informaci�n que yo hab�a ido recibiendo de las Vegas justificaba plenamente esta evaluaci�n del Che. Antes de recibir su mensaje en La Plata, donde permanec� esos dos d�as al tanto de los acontecimientos que se desarrollaban simult�neamente en los tres sectores de la batalla, le hab�a mandado una notica a Celia, quien se manten�a en Mompi� actuando como enlace, en la que, despu�s de decirle que las noticias de las Vegas eran vergonzosas y decepcionantes, le indicaba lo siguiente:

Comun�cale al Che, orden m�a, investigar lo ocurrido, desarmar a todo el que haya incurrido en un acto de cobard�a y enviar muchachos de la escuela a ocupar esos fusiles.

Enviarme detenido al responsable de la p�rdida del detonador, cable y bomba y cualquier otra atrocidad por el estilo, y comunicarle a Horacio la orden de resistir metro a metro el terreno que quede de las Vegas con los hombres que tenga.

A esa hora todav�a yo ignoraba que ya no era posible hacer resistencia alguna porque las Vegas hab�a sido virtualmente abandonada al enemigo, aunque estaba ya convencido de que los guardias lograr�an su objetivo. Por eso le ped� a Celia en ese mismo mensaje que ordenara a Aguilerita comenzar a fortificar con buenas trincheras Minas del Infierno y el camino que sub�a por ellas hacia el firme de la Maestra, que, como ya dije, era la ruta m�s probable del enemigo en caso de que decidiera proseguir su penetraci�n.

En el mismo amargo mensaje que el Che me hab�a enviado en la tarde de ese d�a, al comprobar el virtual abandono por parte de nuestras fuerzas de las Vegas de Jibacoa, me ped�a instrucciones precisas sobre qu� hacer en los casos de la escuela de Minas de Fr�o, las posiciones de Ra�l Castro Mercader y Angelito Verdecia en el camino de San Lorenzo; las de Alfonso Zayas en la zona de El J�baro y las del personal de Crescencio P�rez. Y agregaba, con acertada valoraci�n de la situaci�n de conjunto en el sector:

Hay que considerar ahora la cantidad de caminos a defender. Yo no tengo armas para hacerlo si alguna de esa gente no me ayuda. Sacar� nuevamente de los claustros las escopetas y veremos. [...] Yo permanecer� en casa de Jos� Isaac hasta recibir contestaci�n y �rdenes expl�citas, y si a las 5 de la ma�ana [del d�a 21] no las he recibido, hago lo que crea conveniente, seg�n las circunstancias.

Tras recibir el mensaje del Che, le ped� inicialmente por tel�fono a Celia que, en respuesta a su petici�n de instrucciones, le comunicara las siguientes decisiones: primero, trasladar al personal de Ra�l Castro Mercader y de Angelito Verdecia hacia Minas del Infierno y la subida de Mompi� para que se hicieran cargo de la defensa de ese acceso; segundo, subordinar a ellos el personal de Horacio y el que era de Lara; tercero, cubrir con personal de la Columna 7 las posiciones que estaban ocupando aquellos dos capitanes en el camino de San Lorenzo; cuarto, informarle que yo bajar�a a la nueva l�nea defensiva para redistribuir las armas de la gente de Horacio y de Lara entre un refuerzo de 10 buenos reclutas de la escuela, que el Che deb�a enviar a ese lugar, m�s otros cinco hombres del pelot�n de Jaime Vega que llevar�a conmigo para all�. Vega se hab�a incorporado pocos d�as antes a nosotros, con un grupo de combatientes de la provincia de Camag�ey.

En definitiva, como ya expliqu� antes, mi intenci�n hab�a sido siempre que el Che se hiciese cargo, si las circunstancias lo exig�an, de la defensa del sector m�s occidental de nuestro frente. As� se lo hice saber expresamente esa misma noche en un segundo mensaje en que le indicaba que se ocupara de la defensa de la Maestra desde Purgatorio hasta Mompi�, incluidas Minas de Fr�o. Debo decir que durante todas las semanas de preparaci�n de la defensa de nuestro territorio, en previsi�n de la ofensiva enemiga, y durante el desarrollo de ella hasta ese momento, el Che hab�a fungido, de hecho, como segundo jefe del frente. En los archivos se conservan decenas de mensajes intercambiados entre los dos en los que, por mi parte, no solo le daba indicaciones acerca de qu� hacer en el sector a su cargo, sino tambi�n, lo manten�a informado de los acontecimientos en los otros sectores y �l, por su parte, me informaba de las medidas que tomaba y del cumplimiento de mis instrucciones; adem�s, me hac�a proposiciones y me daba noticias sobre lo que ocurr�a.

La decisi�n tomada, en relaci�n con el traslado hacia Minas del Infierno y Mompi� de los grupos de Ra�l Castro Mercader y Angelito Verdecia, tuvo que ser revisada casi de inmediato por la evoluci�n de los acontecimientos a partir del 21 de junio.

Ese d�a, Horacio hab�a pedido el env�o de Luis Crespo para que lo auxiliara en el mando de su personal, ya que ten�a una pierna en malas condiciones y no pod�a moverse. En mensaje a Celia trat� de explicar lo ocurrido, argument� que su actuaci�n no se debi� ni a cobard�a ni a falta de decisi�n, y expresaba que hab�a dado a sus hombres la orden de no retirarse hasta que en cada emboscada se le hicieran dos o tres bajas al enemigo. Esto �ltimo era indicio de que, a estas alturas, todav�a Horacio no hab�a entendido la esencia de nuestra conducta frente a la ofensiva lanzada por los guardias, que no era otra que resistir a toda costa.

Por eso, al d�a siguiente, le comuniqu� a Horacio su sustituci�n por Crespo, al mando del personal de Minas del Infierno. Hasta ese momento, el capit�n Luis Crespo hab�a estado a cargo de la f�brica de minas que establecimos en El Naranjo, a poca distancia de Santo Domingo. Esa instalaci�n hab�a tenido que ser desmantelada y evacuada en vista de la ocupaci�n del lugar por el batall�n de S�nchez Mosquera.

Es bueno aclarar que Horacio Rodr�guez demostr� despu�s sus condiciones de combatiente y jefe guerrillero. Fue precisamente su arrojo la causa de su muerte en Manzanillo, al d�a siguiente del triunfo revolucionario, cuando se dispon�a a capturar a varios esbirros de la tiran�a que hasta ese momento hab�an logrado evadir el arresto. Pero su actuaci�n en las Vegas de Jibacoa fue realmente desafortunada.

Ese mismo d�a 22 de junio se retiraron de las Vegas de Jibacoa, de regreso a Las Mercedes, las fuerzas del Batall�n 17 que hab�an participado en la captura de esta posici�n, metida de lleno en la monta�a y dentro de nuestro territorio. Quedaron all� las tres compa��as del Batall�n 19, las cuales establecieron su campamento en la parte baja del valle y en las alturas m�s peque�as y cercanas al r�o.

La relativamente f�cil ocupaci�n de las Vegas de Jibacoa fue un rev�s significativo para nuestros planes de contenci�n y rechazo de la ofensiva enemiga. En primer orden, se trataba de un lugar que hab�a sido una base importante de operaciones para nosotros. All� hab�a establecido yo, en varias ocasiones, la Comandancia. Desde ese sitio oper� Celia durante muchas semanas en su activa y vital labor de aseguramiento general del esfuerzo guerrillero. Cont�bamos, adem�s, con la colaboraci�n un�nime de todos los pobladores campesinos. All� efectuamos, el mismo d�a del inicio de la ofensiva en la zona de Las Mercedes, la primera asamblea campesina en la Sierra Maestra. Las Vegas de Jibacoa era un lugar, hasta cierto punto, simb�lico de nuestra lucha.

En segundo orden, no pod�a desconocerse la significaci�n estrat�gica de esa posici�n por su ubicaci�n al pie de la Maestra, en el centro mismo del sector noroccidental de la zona de operaciones de la Columna 1. La posibilidad de acceso a las Vegas de medios mecanizados por el camino de carros de Las Mercedes, permit�a al enemigo mantener un apoyo log�stico f�cil a la tropa estacionada all�, que a su vez se encontraba, te�ricamente, en condiciones de emprender acciones ofensivas ulteriores en varias direcciones a lo largo de los caminos que sub�an desde el valle hacia diversos puntos del firme de la Maestra, entre ellos, lugares tan vitales como Minas de Fr�o y Mompi�.

Pero tal vez la significaci�n mayor de la ocupaci�n de las Vegas de Jibacoa fue su impacto moral en el mando y las tropas enemigas. La escasa resistencia encontrada en la defensa de un lugar tan estrat�gico, y el r�pido logro del objetivo perseguido, sirvieron, junto con el �xito favorable en la operaci�n de ocupar Santo Domingo, para contrarrestar en el enemigo el efecto del rev�s sufrido el propio d�a 20 por el Batall�n 18 en el sector meridional, y para crear la ilusi�n de que la batalla contra el Ej�rcito Rebelde pod�a ser ganada con relativa facilidad. Si bien �como los hechos posteriores demostraron� este factor creaba tambi�n una enga�osa sensaci�n de confianza que pod�a llevar al enemigo a cometer errores de apreciaci�n o actuaci�n, de consecuencias potencialmente peligrosas para sus prop�sitos; no era menos cierto que despu�s de los resultados en Santo Domingo y las Vegas de Jibacoa la moral del enemigo experiment� un alza moment�nea, lo cual pod�a traducirse en una mayor iniciativa y una conducta m�s agresiva de su parte.

Todos estos elementos ten�an que tomarse en cuenta en nuestra valoraci�n de la situaci�n operativa general despu�s del 20 de junio, y las medidas que deb�amos adoptar. Con el enemigo en Santo Domingo, al pie del firme de la Maestra en La Plata, y subiendo por el r�o La Plata en direcci�n a ese lugar, la presencia de los guardias en las Vegas pasaba en realidad a un segundo plano de prioridad. La t�ctica a seguir en este caso era procurar que no dieran un paso m�s, es decir, contenerlos y, para lograrlo, utilizar las fuerzas estrictamente necesarias. Ya llegar�a el momento de proceder en su contra como, en efecto, lleg�.

EL CHE EN LA SIERRA MAESTRA

EN PRIMER PLANO, DE DERECHA A IZQUIERDA, EL TENIENTE EDDY SU�OL Y EL COMBATIENTE FIDEL VARGAS, ENTRE OTROS REBELDES.

EL CAPIT�N FELIPE GUERRA MATOS Y EL COMANDANTE CRESCENCIO P�REZ.

AL FRENTE, EL COMANDANTE CRESCENCIO P�REZ, VETERANO COMBATIENTE, CON PARTE DE SU TROPA. A LA IZQUIERDA, SUS HIJOS SERGIO E IGNACIO P�REZ.

ENTREGA DE PRISIONEROS EN LAS VEGAS DE JIBACOA

ALUMNOS DE LA ESCUELA DE RECLUTAS DE MINAS DE FR�O, DIRIGIDA POR EL CHE.

EL CAPIT�N ORLANDO LARA.

INICIO DE LAS ACCIONES EN LA DIRECCI�N ESTRADA PALMA-LAS MERCEDES. EL D�A 25 DE MAYO DE 1958 SE DESATA LA OFENSIVA ENEMIGA CONTRA EL EJ�RCITO REBELDE.

INICIO DE LAS ACCIONES EN LA DIRECCI�N ESTRADA PALMA-LAS MERCEDES

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