Regreso a ShmmrqtrInfodirInfodirInfodirInfodirInfodir
jueves, 19 de septiembre de 2019

 Página Inicial
Infodir


Enviar enlace a Infoenlaces�Salvar en InfomeDenlaceS ����� RSS�RSS Art�culo ����� RSS�RSS Art�culos relacionados

La Victoria Estrat�gica Cap�tulo 3

La ocupaci�n de Las Mercedes

(Cap�tulo 3)

El mando enemigo desencaden� la primera fase de su ofensiva el 25 de mayo.

Fidel en el Pico Turquino, junto a �l varios combatientes, entre ellos el legendario Comandante Camilo Cienfuegos.

Ese d�a comenz� a avanzar hacia el caser�o de Las Mercedes, desde su base de operaciones en Cerro Pelado, el fuerte Batall�n 17, al mando del comandante Pablo Corzo, reforzado por la Compa��a 81 del Batall�n 20. All�, en Las Mercedes, donde comenz� la gran ofensiva enemiga con la que se esperaba dar el golpe de muerte al n�cleo principal de la guerrilla, terminar� tambi�n la operaci�n, 74 d�as despu�s, con una rotunda victoria del Ej�rcito Rebelde. Este primer combate de Las Mercedes tipifica la estrategia que hab�amos elaborado para hacer frente al empuje del Ej�rcito de la tiran�a. Las fuerzas enemigas, con el apoyo de su n�mero y su poder de fuego, incomparablemente superiores, lograron en definitiva el objetivo inmediato que se hab�an trazado de ocupar la posici�n, pero solo despu�s de tener que vencer una resistencia tenaz que demor� su avance, desarticul� sus planes, comenz� a desgastar su poder�o y demostr� la moral superior del combatiente rebelde.

El 25 de mayo, el acceso a Las Mercedes, en el sector nordeste de nuestro territorio central, estaba protegido tan solo por una escuadra rebelde de poco m�s de una docena de hombres, al mando del capit�n �ngel Verdecia. Este grupo, como se recordar�, hab�a ocupado posiciones desde alg�n tiempo atr�s en la loma de La Herradura, entre Las Mercedes y Sao Grande, cubriendo el camino que conduc�a al poblado. Ser� en ese lugar donde el pu�ado de combatientes de Angelito Verdecia realizar� una primera resistencia durante toda la tarde del 25 de mayo.

Desde las primeras horas de la ma�ana, la aviaci�n enemiga comenz� a bombardear y ametrallar intensamente toda la zona a los lados del camino del Cerro, y concentra su fuego, en particular sobre la falda exterior y el firme de la loma de La Herradura. Fue ese d�a cuando, posiblemente por primera vez en la guerra, entraron en acci�n contra los rebeldes los aviones T-33 de retro-propulsi�n, entregados a Batista por los Estados Unidos pocas semanas antes, que pod�an operar c�modamente y con absoluta seguridad entre el relieve poco accidentado de la zona de Las Mercedes.

Un rato antes del mediod�a, las fuerzas del Batall�n 17 comenzaron a avanzar desde el Cerro, una parte a pie y otra en camiones. Cinco tanquetas T-17 de la Compa��a C del Regimiento Mixto 10 de Marzo acompa�aron ese avance. Durante toda la primera parte del trayecto no ocurrieron incidentes importantes. Confiados en que el intenso ataque a�reo hab�a destruido las posiciones defensivas de los rebeldes y obligado a replegarse, los guardias, no obstante, avanzaron lentamente y con extremas precauciones, efectuando un incesante fuego de registro. De esa manera cruzaron el Arroy�n o r�o Caney, por donde comienzan actualmente los terrenos de la Ciudad Escolar Camilo Cienfuegos y, poco despu�s dejaron atr�s el caser�o de Sao Grande. Frente a ellos, a poco m�s de un kil�metro, se levanta la loma de La Herradura, largo firme de poca elevaci�n tendido en arco de Este a Oeste, como celoso guardi�n de Las Mercedes y de la propia Sierra Maestra.

La punta de vanguardia enemiga prosigui� su avance a lo largo del camino y a sus dos lados. Ya los guardias estaban casi seguros, en vista de la ausencia de indicios rebeldes, de que solo dos o tres horas m�s de marcha descansada y sin incidencias los separaban de su objetivo. Fue entonces, apenas a 200 metros de coronar el firme, cuando Angelito dio la orden de iniciar el fuego.

La sorpresa paraliz� el avance enemigo durante un buen rato. Administrando inteligentemente sus disparos, la escuadra rebelde combati� durante todo el resto de la tarde. Solo el despliegue enemigo en un ancho frente en la falda de la loma �entonces, como ahora, cubierta de potreros y algunas gu�simas salteadas� oblig� al capit�n rebelde a ordenar la retirada, alrededor de las 5:00 de la tarde.

Los combatientes ocuparon, entonces, una segunda posici�n defensiva detr�s del cementerio, aproximadamente a medio camino entre el firme de La Herradura y el poblado. Poco antes de la ca�da de la noche, cuando los primeros guardias comenzaron a bajar del firme, estall� entre sus filas una mina de 50 libras de explosivos que la escuadra de Angelito hab�a colocado en el camino. Esta explosi�n, que sum� nuevas bajas enemigas a las ocurridas durante el combate de la tarde, detuvo de manera definitiva el avance enemigo ese d�a. Por la noche los guardias acamparon en el firme y la falda interior de la loma, a unos 400 metros de distancia de la segunda posici�n rebelde.

Durante todo el d�a, el desarrollo del combate fue observado por las fuerzas rebeldes que ocupaban posiciones en los altos de Las Caobas y de El Moro, del otro lado de Las Mercedes, al mando de los capitanes Horacio Rodr�guez y Ra�l Castro Mercader, respectivamente. Ambos jefes ten�an instrucciones expresas de no intervenir en la acci�n, a no ser que el enemigo desalojara a la escuadra de Angelito y continuara su avance m�s all� del poblado. Estos dos peque�os pelotones ten�an la misi�n de cubrir importantes accesos al interior del territorio rebelde, y deb�an entrar en acci�n solamente como un segundo escal�n de defensa, en caso de un intento de penetraci�n enemiga m�s all� de Las Mercedes.

Es bueno decir que esta estrategia no era comprendida cabalmente por todos los combatientes rebeldes y por muchos de nuestros jefes en aquel instante. En el �nimo de un gran n�mero de ellos exist�a el criterio de que lo que hab�a que hacer era oponer todos los recursos humanos de que se dispusiera, en un momento y un sector determinados, para ofrecer la mayor resistencia posible y contener por todos los medios al enemigo en el lugar donde concentrara su ataque. Por otra parte, hay que reconocer que no le resultaba f�cil a un soldado rebelde, ansioso de luchar e imbuido de ese sentimiento de solidaridad combativa que siempre lo caracteriz� durante toda la guerra, contemplar c�mo cerca de ellos un grupo de sus compa�eros se bat�a tenazmente y no acudir en su ayuda, teniendo, adem�s, los medios y las posibilidades de hacerlo. Y esto ocurri� en Las Mercedes, donde muchos de los integrantes de los pelotones de Horacio y de Castro Mercader no entend�an que la gente de Angelito Verdecia combatiera duramente a pocos cientos de metros de sus posiciones, y tuvieran que retroceder, inclusive, mientras ellos permanec�an inactivos. Hay que ponerse en el lugar de esos compa�eros para comprender que solo en virtud de un supremo esfuerzo de voluntad y disciplina obedecieron la orden que hab�an recibido sus jefes.

El combate inicial en Las Mercedes, por tanto, fue la primera aplicaci�n pr�ctica de esta nueva t�ctica.

Por Horacio, quien enviaba partes constantes a partir del mediod�a del 25, conoc� del inicio de la operaci�n y de su desarrollo, hora por hora. Recu�rdese que esa misma tarde, mientras Angelito combat�a tenazmente en La Herradura, estaba teniendo lugar a 15 kil�metros de all�, en las Vegas de Jibacoa, la primera reuni�n campesina en la Sierra Maestra desde el inicio de la guerra. Estos mensajes de Horacio me sirvieron para elaborar la informaci�n sobre el combate que se dio a conocer al d�a siguiente por Radio Rebelde, en el primero de los partes de guerra sobre la situaci�n militar, emitidos sistem�ticamente por la emisora guerrillera durante toda la ofensiva enemiga.

Esa noche, Ra�l Castro Mercader envi� a tres combatientes de su pelot�n a hacer o con Angelito en el cementerio. Los tres hombres permanecieron con esta tropa todo el d�a siguiente, y combatieron junto a ellos en el segundo d�a de acci�n en Las Mercedes. Por cierto que, algunos d�as despu�s, cuando me enter� del env�o de este peque�o refuerzo, me caus� un gran disgusto saber que estos compa�eros hab�an ido a unirse a Angelito y hab�an combatido provistos de fusiles Mendoza, bastante escasos de municiones. El Che me aclar� despu�s que hab�a sido �l quien hab�a dispuesto que llevaran esos fusiles, pues como eran de cerrojo, no gastar�an tantos proyectiles como un fusil semiautom�tico, sin percatarse de que en el pelot�n de Ra�l Castro Mercader hab�a otros fusiles de similar mecanismo mejor provistos de parque.

Poco despu�s del amanecer del d�a 26 se reanud� el combate. El enemigo prosigui� su avance, desplegado en direcci�n al cementerio, y una vez m�s el pu�ado de hombres de Angelito luch� tenazmente hasta que no le qued� otra opci�n que replegarse ante la amenaza de ver rodeada su posici�n por la enorme superioridad num�rica de la fuerza enemiga, a la que ayudaban en su desplazamiento el poco relieve y las condiciones abiertas del terreno.

El capit�n rebelde orden� entonces ocupar una tercera l�nea de defensa, y situ� el grueso de sus hombres a la entrada del caser�o, del otro lado del r�o Jibacoa en su margen izquierda, mientras otro peque�o grupo se ubicaba en la m�s alta de las colinas que bordean la margen derecha, frente al poblado y a pocos cientos de metros detr�s del cementerio.

El comandante Pablo Corzo Izaguirre orden� un intenso fuego de morteros en direcci�n a las casas, con la esperanza de quebrar de esa forma la resistencia rebelde. Una avioneta, en la que viajaba el coronel Manuel Ugalde Carrillo, oficial ejecutivo del puesto de mando de Bayamo, sobrevolaba constantemente a gran altura la zona del combate. Desde ella, seguro y prepotente, daba �rdenes constantes al jefe del Batall�n 17.

A pesar de todo su poder y sus esfuerzos, el enemigo no hab�a logrado a�n cruzar el r�o a las 4:00 de la tarde.

Apareci� entonces de nuevo la aviaci�n y se reanud� tambi�n el bombardeo con morteros. Dos de las tanquetas pasaron a ocupar la posici�n de vanguardia.

Finalmente, despu�s de una �ltima resistencia de m�s de una hora, Angelito dio la orden de retirada, y los combatientes rebeldes se replegaron organizadamente ante el empuje incontenible de la abrumadora fuerza enemiga. A las 6:45 de la tarde del d�a 26, los guardias entraron en Las Mercedes. Un batall�n completo, reforzado con morteros y armas autom�ticas y apoyado por tanquetas y aviones, debi� combatir durante casi 30 horas contra menos de una veintena de hombres, armados con sencillos fusiles y parque m�s que limitado.

La escuadra rebelde no sufri� en esta acci�n ni una sola baja, a pesar de que inicialmente se inform� que un hombre hab�a resultado herido. Salvo tres o cuatro combatientes que fueron a parar a las posiciones de Horacio Rodr�guez, el grueso de la aguerrida tropita rebelde se retir� hacia el alto de El Moro y se reuni� con el pelot�n de Ra�l Castro Mercader.

Ese d�a baj� junto con Celia y un peque�o grupo de compa�eros desde las Vegas de Jibacoa hasta las posiciones de Horacio, encima de Las Mercedes, para observar el desarrollo del combate. All� pude comprobar la extraordinaria resistencia brindada por la docena de hombres de Angelito Verdecia. El parte divulgado por Radio Rebelde, el d�a 27, redactado y firmado por m�, inclu�a una merecida menci�n especial, "por su extraordinario valor", al capit�n �ngel Verdecia y los hombres a su mando:

A pesar de la extraordinaria superioridad num�rica, la calidad de los armamentos y el apoyo a�reo [con] que contaban las fuerzas enemigas, nuestros hombres escribieron una p�gina de singular hero�smo.

El d�a anterior, al informar sobre la primera jornada del combate, hab�amos afirmado premonitoriamente que la resistencia ofrecida en Las Mercedes era "s�mbolo de lo que va a ser para los soldados mercenarios de la tiran�a la Sierra Maestra". Y agreg�bamos:

El alto mando enemigo luce desconcertado ante la posible t�ctica de nuestras fuerzas.

Ignoran si defenderemos pulgada a pulgada el terreno o los dejaremos penetrar hacia los puntos m�s estrat�gicos de nuestras defensas. Ayer que fu� el primer d�a de combate importante, se observaba en todos los hombres de este frente revolucionario y en el pueblo que lucha junto a nosotros un entusiasmo febril y enardecido. Solo un m�nimo de nuestras fuerzas hab�a entrado en acci�n. Cuesta trabajo contener el �mpetu de los que desde sus puntos de reserva o de posible maniobra escuchan el fuego de los compa�eros que est�n en primera l�nea. Es preciso explicarles constantemente que la guerra no es solo cuesti�n de valor, sino tambi�n cuesti�n de t�cnica, de psicolog�a y de inteligencia.

Estos hombres son los que la dictadura ha estado invitando con rid�culas proclamas a que se presenten en los cuarteles para someterse al yugo indigno de la opresi�n. Nuestra respuesta la estamos dando ya.

Hay cosas que ni los d�spotas ni sus esbirros pueden comprender. No es lo mismo luchar por un sueldo, alquilar la persona a un miserable tiranuelo, cargar un fusil por una paga como un vil mercenario, que ser soldado de un ideal patri�tico. Al mercenario se le puede hablar de la vida, porque le importa m�s la vida que su causa; pelea por el sueldo, y si muere, el incentivo material desaparece con su vida. Al hombre de ideal, la vida no le importa porque le importa el ideal: no cobra sueldo, soporta gustosamente todos los sacrificios que le impone una causa a la que ha abrazado desinteresadamente. Morir no le preocupa porque m�s que la vida le importa el honor, le importa la gloria, le importa el triunfo de su causa.

Aqu� nuestros hombres saben que dando la vida sirven a su causa, han visto morir a otros muchos compa�eros y conocen el respeto, el cari�o, la lealtad y la admiraci�n con que se recuerda a los h�roes ca�dos; est�n hechos a la idea de que el individuo puede morir pero no la causa que defienden. En el ideal de la Revoluci�n siguen viviendo los que han ca�do y seguir�n viviendo todos los que caigan. El ideal es una forma superior de vida en [la] que la muerte individual no cuenta.

Yo s� que lo que m�s preocupa a los mandos de la dictadura es la tenacidad del soldado rebelde. Les cuesta trabajo comprender. Tal vez lo anterior explique a sus mentes conturbadas por qu� a pesar de sus aviones, de sus tanques, de sus morteros, de sus enormes recursos econ�micos, de sus reservas inagotables de parque y de sus miles y miles de alquilados, no pueden tomar una trinchera rebelde si los rebeldes no queremos que tomen la trinchera.

Sin duda, la resistencia ofrecida por la escuadra rebelde de �ngel Verdecia en Las Mercedes fue un s�mbolo �que cubri� de gloria y prestigio al aguerrido capit�n guerrillero, quien pocas semanas despu�s encontrar�a la muerte en desigual combate�, y un anuncio claro de lo que vendr�a m�s tarde. Tras este combate en Las Mercedes, el Che pudo informarme complacido: "Angelito sin novedad, se salv� todo". El plan elaborado se hab�a cumplido cabalmente.

Para el enemigo, esta primera resistencia en Las Mercedes result� un golpe psicol�gico importante. Aqu� sufri� las primeras bajas de su ofensiva. La cifra no pudo determinarse, pero debieron ser numerosas. El propio Angelito Verdecia reportaba, despu�s del primer d�a de enfrentamiento, haber ocasionado siete muertos.

Pero para el mando enemigo, m�s grave a�n fue constatar que las fuerzas rebeldes eran capaces de sostener con �xito una lucha de posiciones, desarrollar una t�ctica defensiva de desgaste progresivo, que por primera vez se ve�an obligados a enfrentar.

La manera en que el enemigo manej� la informaci�n relacionada con el combate fue significativa. El 28 de mayo, el Estado Mayor del Ej�rcito de la tiran�a public� un parte oficial en el que, entre otras cosas, se dec�a lo siguiente:

Otra fuerza del Ej�rcito que operaba en Cerro Pelado y Las Mercedes, sostuvo un encuentro con otro grupo de forajidos ocasion�ndoles 18 bajas y ocup�ndoles 18 escopetas y parque.

Se contin�a la persecuci�n del enemigo en fuga que se dedica a amedrentar a los campesinos, rob�ndoles su ganado, quem�ndoles sus cosechas, destruy�ndoles sus viviendas y aperos de labranza.

Nuestras fuerzas no han tenido que lamentar baja alguna.

La mentira era, como siempre, descarada. Ni se hab�an producido bajas rebeldes, ni se hab�an ocupado armas, ni se continuaba "persecuci�n" alguna, ni los rebeldes comet�an ninguno de los atropellos que se denunciaban, ni era cierto que el Ej�rcito no hab�a tenido bajas. Por otra parte, obs�rvese el rid�culo intento de denigrar a los combatientes revolucionarios llam�ndolos "forajidos", y de insistir en que combat�an con escopetas, para dar a entender que se trataba de una banda desorganizada de delincuentes y cuatreros que pod�an ser f�cilmente batidos por las fuerzas de la ley y el orden. Al respecto, en un parte que prepar� para Radio Rebelde el 29 de mayo, dec�a lo siguiente:

�Verdad que es asombroso, se�ores oyentes, escuchar un parte del Estado Mayor afirmando que hab�a ocasionado a los rebeldes 18 muertos en Las Mercedes y que el ej�rcito continuaba la persecuci�n de los forajidos? �Qu� pensar�n los propios soldados de la dictadura que han participado en los hechos y saben que todo eso es mentira? �Puede haber moral en un mando militar que tan descaradamente mienta ante sus propios soldados? No tendr�a nada de extra�o que dentro de algunos d�as 18 infelices campesinos sean cobardemente asesinados para justificar el parte del Estado Mayor como ha ocurrido otras muchas veces.

No se llega a saber nunca si mienten para asesinar, o asesinan para mentir; si son m�s hip�critas que asesinos o m�s asesinos que hip�critas.

Para destacar m�s todav�a la diferencia entre la veracidad de nuestros partes y las mentiras e informaciones manipuladas de los partes enemigos, desde el comienzo mismo de las acciones di instrucciones a los locutores de Radio Rebelde de que concluyeran cada una de las trasmisiones con la lectura de un p�rrafo que les hab�a preparado con ese prop�sito, y que dec�a as�:

Radio Rebelde ajusta sus noticias a la m�s estricta verdad. Trasmitimos las noticias a medida que las vamos recibiendo oficialmente o de fuentes fidedignas. Nuestras bajas no las ocultamos porque son bajas gloriosas. Las bajas del enemigo no las exageramos porque con mentiras no se defiende la causa de la libertad, ni se destruyen las fuerzas enemigas. Y porque, adem�s, los hombres que caen frente a nosotros son tambi�n cubanos a quienes un r�gimen tir�nico y odioso est� sacrificando en aras de una innoble y vergonzosa causa.

Aparte de dejar sentada, desde el primer momento de los combates, nuestra di�fana posici�n en cuanto al uso de la verdad, era importante tambi�n esclarecer cu�l seguir�a siendo nuestra conducta en relaci�n con el soldado enemigo.

Despu�s de la ocupaci�n de Las Mercedes en la tarde del 26 de mayo, el enemigo se dedic� a consolidar sus defensas en el lugar y a sus actividades preferidas: el asesinato de campesinos indefensos, la quema y destrucci�n de sus casas, el saqueo indiscriminado de sus bienes. Tambi�n aqu� en Las Mercedes, en realidad ocurri� que los cr�menes y abusos de que nos acusaban fueron cometidos por ellos mismos.

Siguiendo una norma de conducta criminal a la que ya nos ten�an acostumbrados, y buscando quiz�s justificar sus cifras fabulosas de bajas rebeldes causadas en combate, los guardias enemigos se dieron a la tarea de calmar su frustraci�n y su sed de sangre comenzando una cadena de asesinatos entre la poblaci�n de la zona. Un caso sirve de ejemplo, denunciado tambi�n por Radio Rebelde sobre la base de informaciones suministradas por Horacio Rodr�guez, quien se mantuvo todo este tiempo enviando constantes noticias:

Al muchacho que mataron en Calambrosio le cortaron sus partes, despu�s le pegaron 4 tiros en el pecho, y lo llevaron luego al puente de Jibacoa, lo atravesaron en el puente y le pusieron tres lajas arriba. Se llamaba Telmo Rodr�guez. Lo acusaban de colaborar con los rebeldes.

La v�ctima de este crimen, cuyo nombre completo real era Telmo M�rquez Gonz�lez, hab�a permanecido un tiempo con la tropa de Angelito Verdecia. Estaba en su casa en Calambrosio, de permiso, cuando fue sorprendido por los guardias. Fue llevado herido, pero vivo todav�a, a Jibacoa, donde lo torturaron, efectivamente, en la forma que se indica en el parte de Radio Rebelde, y luego lo asesinaron. Pero este no fue el �nico crimen cometido por esos d�as, ni el �nico momento en que el Ej�rcito se comport� de manera bestial en esa zona, ni fue este tampoco el �nico lugar de la Sierra en el que los guardias hicieron tales barbaridades.

Salvo estas acciones criminales, el �nico incidente notable que ocurri� en los d�as inmediatamente posteriores a la entrada de los guardias en Las Mercedes, fue la voladura de un jeep enemigo, cerca del Cerro, en la ma�ana del d�a 27, por una mina colocada por personal rebelde, que provoc� al menos cinco bajas, de ellas tal vez hasta cuatro muertos, incluido un oficial.

La respuesta de los guardias fue seguir asesinando campesinos y quemando casas. Casi todas las viviendas a lo largo del camino entre el Cerro y Las Mercedes fueron reducidas a cenizas, as� como todas las de La Herradura, y algunas dentro del propio caser�o de Las Mercedes.

Desde el mismo d�a de la ocupaci�n de Las Mercedes, dediqu� buena parte de mi atenci�n a instruir a los jefes posicionados en la segunda l�nea de defensa, detr�s del caser�o, acerca de las medidas que deb�an ir tomando para proteger las dos direcciones principales del posible avance enemigo desde su base adelantada hacia el interior del territorio rebelde. Esas dos direcciones eran las de Vegas de Jibacoa y San Lorenzo, es decir, el camino que sal�a desde Las Mercedes hacia Las Caobas, La G�ira, Los Isle�os, El Mango y las Vegas, y el que tomaba en direcci�n a Gabiro, La Esmajagua y San Lorenzo. La primera de estas direcciones, como ya dije, estaba custodiada por unos 20 combatientes en total, al mando de Horacio Rodr�guez, distribuidos desde el alto de Las Caobas hasta el de Los Isle�os, incluida una escuadra dirigida por Marcos Borrero que cuidaba el camino de Arroy�n por la zona del alto de La G�ira. Para reforzar a�n m�s esta l�nea, en la noche del 28, envi� para all� a Andr�s Cuevas con su peque�o, pero disciplinado y aguerrido grupo de combatientes, quienes se posicionaron tambi�n en la zona del alto de Las Caobas. La segunda direcci�n era la que vigilaba desde el alto de El Moro el pelotoncito a cargo de Ra�l Castro Mercader, reforzado ahora con algunos de los hombres de Angelito Verdecia.

De estas dos posiciones, me preocupaba m�s la del camino de las Vegas, a pesar de que en ese momento no era la v�a que yo consideraba con m�s probabilidad de ser tomada por el enemigo en su ulterior penetraci�n al territorio rebelde desde esta direcci�n. Sin embargo, era la que m�s se prestaba, por sus condiciones topogr�ficas, a la posibilidad de un avance desplegado y, por tanto, a la necesidad de una mayor dispersi�n de las escas�simas fuerzas con que cont�bamos en ese frente. Por otra parte, si bien no ten�a hasta ese momento raz�n alguna para dudar de la capacidad combativa de Horacio Rodr�guez, lo cierto era que Horacio no contaba con una gran experiencia. No obstante, hab�a decidido dejarlo all� para no tener que realizar movimientos de personal en una situaci�n tan comprometida como aquella, en la que el enemigo pod�a lanzar un ataque en cualquier momento.

En el caso de Horacio, pues, puse particular empe�o en instruirlo detalladamente. El mismo d�a de la ocupaci�n definitiva de Las Mercedes por el enemigo, junto con un detonador y un poco de cable que le mand� para una mina, le curs� indicaciones precisas para que procurara que sus soldados construyeran trincheras hondas y bien dispuestas en los tres puntos m�s estrat�gicos de la l�nea defensiva de esa zona, a saber, el alto de Las Caobas, la salida del camino de Arroy�n y el alto de Los Isle�os, en la retaguardia de las posiciones rebeldes. En ese mismo mensaje le recomendaba que organizara la cocina en alguna casa campesina detr�s de sus l�neas, pues era importante para �l garantizar que su personal pudiera comer caliente durante los d�as que tuvieran que permanecer all�.

Otra de mis constantes recomendaciones a todos los jefes de pelotones y escuadras era el ahorro del parque. Ya el d�a que baj� hasta cerca de Las Mercedes, muy pr�ximo al escenario del primer combate de la ofensiva enemiga, me di cuenta de que algunos de nuestros compa�eros no ten�an un sentido claro de la imperiosa necesidad de no gastar balas innecesariamente. El desperdicio del parque, de esas balas que tanto esfuerzo y sacrificio costaba conseguir, era una de las cosas que m�s me indignaba y que m�s duramente combat� durante toda la guerra. Al pobre Horacio, que realmente no hab�a demostrado ser de los principales responsables del derroche de parque, le toc� recibir por estos d�as la siguiente respuesta m�a a un pedido de orientaci�n:

La orden m�s importante que tengo que darte es la de ahorrar balas a toda costa.

Peor enemigo que el Ej�rcito, hoy por hoy, son los

est�pidos que tiran balas por gusto.

En cuanto a la otra direcci�n �la de San Lorenzo�, en la noche del 27 de mayo, o sea, al d�a siguiente de la ocupaci�n definitiva de Las Mercedes por el enemigo, decid� trasladar m�s atr�s la posici�n de Ra�l Castro Mercader en el alto de El Moro. La presencia de los guardias en el caser�o de Las Mercedes y su dominio del camino hacia Bajo Largo y La Monter�a, creaban una fuerte amenaza a las fuerzas del alto de El Moro que pudieran ser flanqueadas. Por otra parte, la posici�n estaba delatada y, por su proximidad a las l�neas enemigas en Las Mercedes, era de suponer que los guardias tratar�an de desalojarla o liquidarla con fuego de artiller�a o morteros. Era preferible, por tanto, retirar la posici�n para un punto conveniente sobre el mismo camino de San Lorenzo, y preparar all� una buena l�nea defensiva. Este punto result� ser la falda de la loma de El Gurug�, a unos dos kil�metros de Las Mercedes, y hacia all� dispuse la retirada del pelot�n de Castro Mercader.

En la tarde del d�a 28, en efecto, los guardias iniciaron el bombardeo con morteros al alto de El Moro, y poco despu�s avanzaron hasta ocupar el lugar. Tomada la posici�n sin encontrar resistencia rebelde, la primera medida del mando del batall�n enemigo fue quemar las tres casas que exist�an en el alto.

Junto con estas �rdenes acerca de las dos direcciones principales del posible avance enemigo, el d�a 28 decid� tambi�n reforzar un tercer camino que sub�a desde Las Mercedes por Purgatorio hasta Minas de Fr�o. Esta posici�n era de importancia relativamente secundaria, pues a los guardias no les ser�a f�cil tomar por ese sendero mientras se mantuviesen las posiciones rebeldes sobre el camino de San Lorenzo, y aun, en caso de que se retirasen, el avance en direcci�n a este �ltimo punto tendr�a m�s racionalidad. No obstante, el enemigo pod�a intentar una infiltraci�n sorpresiva por esta v�a, o una maniobra de diversi�n o de flanqueo de una de nuestras posiciones principales. De ah� que, como le escrib� al teniente Lafert� en el mensaje que le envi� ese mismo d�a para indicarle que escogiera del personal de la escuela de reclutas varios hombres y un jefe para este grupo, no quer�a "dejar de tomar una precauci�n m�nima".

Para que se tenga una idea aproximada de la escasa capacidad de nuestras reservas en hombres y armas en ese momento, basta decir que a esa posici�n asign� la suma total de cuatro hombres: dos sacados de la escuadra de Cuevas, con sus fusiles, y los otros dos de la escuela de reclutas, que habilit� con un fusil 30.06 con el ca��n cortado que se hab�a quedado en uno de nuestros campamentos en la Maestra, un fusil que se arm� con piezas de un Springfield defectuoso y otro rifle tirado por ah�. Sobre tan magra tropita le inform� al Che con caracter�stico optimismo: "As� por lo menos podr�n resistir all� con buenas trincheras mientras mandemos refuerzos".

Otra ventaja que ten�a dominar esta tercera v�a era la posibilidad de utilizarla ofensivamente para penetrar por ah� en la retaguardia del enemigo, una vez que iniciara el avance hacia San Lorenzo. Convencido como estaba de que esa ser�a una de las rutas probables de los guardias, insist� durante todos estos d�as en la necesidad de fortificarla debidamente, para lo cual, incluso, le propuse al Che enviar a 40 � 50 reclutas de Minas de Fr�o a trabajar en el mejoramiento de las fortificaciones en esa direcci�n.

A Horacio tambi�n le insist� reiteradamente en lo mismo durante todos estos d�as. El 1ro. de junio, por ejemplo, le escrib� en uno de mis mensajes: "No dejes de hacer hoyos cada cincuenta metros m�s o menos, por la ruta de retirada, para que se protejan de los aviones. �Mucho hueco y mucha fortificaci�n!".

Ya Horacio me hab�a ratificado dos d�as antes que estaba tomando las medidas necesarias en el camino hacia las Vegas para impedir el paso de las tanquetas y los camiones enemigos.

Hay que tener en cuenta, adem�s, que yo estaba esperando la llegada inminente de un lote de armas que deb�a arribar por la pista a�rea de Manacas, nuestro punto Alfa, seg�n las claves usadas en las comunicaciones con el extranjero a trav�s de Radio Rebelde. Ese vuelo lleg�, efectivamente, el 29 de mayo, procedente de Miami. Fue la �nica otra ocasi�n que tuvimos para utilizar la pista de Manacas. Piloteaba la avioneta Pedro Luis D�az Lanz, y al frente de la expedici�n ven�a el periodista Carlos Franqui, quien se qued� con nosotros cuando el aparato volvi� a despegar ese mismo d�a hacia Jamaica.

A la altura del d�a 29, por tanto, el sector noroeste del frente rebelde estaba cubierto por las fuerzas de Horacio Rodr�guez y Ra�l Castro Mercader en los dos accesos principales hacia la Maestra desde Las Mercedes, con sus respectivos refuerzos, y por una peque�a escuadra en el acceso secundario del camino de Purgatorio. M�s al Oeste, el Che hab�a redistribuido las fuerzas disponibles, pertenecientes casi todas a la Columna 7 de Crescencio P�rez, de la siguiente manera: un pelot�n de 29 hombres con nueve armas, al mando de C�sar Su�rez, dividido entre Cienaguilla y Aguacate, en una direcci�n que pudiera ser utilizada por el enemigo para tratar de alcanzar La Habanita por la v�a de Los Ranchos de Gu�; otro grupo de 27 combatientes, con 8 � 10 armas, al mando de Mongo Marrero y Angelito Fr�as, en El Porvenir, cubriendo una v�a alternativa de acceso a la propia La Habanita a trav�s de Aguacate y Pozo Azul. Este grupo tendr�a tambi�n la misi�n de resistir a lo largo del camino de Pozo Azul para defender las instalaciones del hospital rebelde, ubicado all� por el doctor Ren� Vallejo. En la zona de Cupeyal y Puercas Gordas hab�a otras escuadras que deb�an, en caso necesario, retirarse hacia La Habanita por la v�a de T�o Luque, mientras que el acceso por El J�baro hacia La Monter�a estaba cubierto por la peque�a tropa, cuyo mando hab�a sido confiado a Alfonso Zayas. Un poco m�s abajo, en direcci�n a Purial de Jibacoa, ocupaba posiciones la escuadra de Ram�n Fiallo.

En la noche del 29 de mayo, una mina colocada cerca de Estrada Palma por personal de la escuadra de Eddy Su�ol, quien, como se recordar�, estaba en ese momento posicionado a la entrada de Providencia, en el sector nordeste del frente, estall� en el lugar conocido por La Cantera, y revent� a un cami�n lleno de guardias. Su�ol inform� que la explosi�n hab�a causado ocho muertos, entre ellos un oficial, y 10 heridos. Aunque estas cifras hayan sido exageradas, el efecto de estas minas rebeldes empezaba a hacerse sentir de manera significativa en las filas enemigas.

Aparte de la mina de La Cantera, en los d�as finales de mayo no ocurrieron incidentes importantes en todo este sector. Llovi� fuertemente durante esos d�as. El enemigo fortificaba sus posiciones en Las Mercedes y los alrededores m�s cercanos del caser�o y, ofensivamente, se limitaba a disparar morteros a rumbo hacia donde presum�a que estaban las posiciones rebeldes, y realizaba algunas exploraciones cerca del per�metro de su campamento. En una de ellas, una patrulla de guardias a caballo pasaba a pocos metros de las posiciones de la escuadra de Marcos Borrero en el alto de La G�ira, y el jefe rebelde, inexplicablemente, orden� a sus hombres no disparar y dej� pasar la oportunidad de ocasionar algunas bajas al enemigo.

Informado de este hecho, orden� el d�a 1ro. de junio la sustituci�n de Marcos Borrero en el mando de ese grupo, y design� primero al capit�n Fernando Basante, y luego al combatiente Aeropagito Montero, quien fue ascendido a teniente. Aprovech� tambi�n para ratificar expl�citamente la orden ya dada: "Si [los guardias] se acercan lo suficiente para ocasionarles al seguro varias bajas, hay que disparar sobre ellos y tratar de recogerles las armas".

Fue tambi�n por estos d�as �ltimos de mayo cuando el Ej�rcito enemigo situ� fuerzas importantes en Cayo Espino, Purial de Jibacoa y Cienaguilla. Despu�s sabr�amos que se trataba de compa��as pertenecientes a los Batallones 12 y 13, al mando, respectivamente, de los capitanes Pedraja Padr�n y Jos� Triana Tarrau. El reforzamiento de la l�nea Cayo Espino-Purial, sobre todo, fue interpretado entonces por nosotros, como el paso previo para el lanzamiento de un segundo ataque enemigo hacia La Habanita, aunque est�bamos convencidos de que el golpe principal en ese sector del frente nordeste ser�a lanzado desde Las Mercedes, en direcci�n a San Lorenzo. En este momento todav�a no hab�a llegado el Batall�n 19 a la zona de Arroy�n, lo cual, como se ver� oportunamente, hizo variar nuestras apreciaciones.

Previendo aquella variante, a una consulta del Che el d�a 1ro. de junio acerca de cu�l ser�a la mejor decisi�n con las fuerzas de la Columna 7, en caso de que los guardias ocupasen La Habanita, indiqu� que se le ordenara a Crescencio reagrupar su personal del otro lado de las l�neas enemigas y mantener un hostigamiento permanente de su suministro y de su retaguardia, en todo el sector occidental. El extremo oeste de nuestro frente no estaba en las mismas condiciones de sostener una defensa exitosa del territorio rebelde, como s� lo estaba la parte central, donde hab�amos concentrado nuestras fuerzas m�s aguerridas y mejor armadas. Aun as�, yo estaba convencido de que, llegado el momento, ese personal pelear�a con la misma determinaci�n que hab�a mostrado, digamos, la escuadra de Angelito Verdecia en Las Mercedes, y que al enemigo tambi�n le ser�a tremendamente dif�cil alcanzar la Maestra por esa zona. Sin embargo, hab�a que prever todas las contingencias posibles, y en caso de que la resistencia rebelde en ese sector fuese vencida, entonces las fuerzas de la Columna 7 pasar�an, de hecho, a actuar en la retaguardia del enemigo en condiciones muy dif�ciles para nuestros compa�eros, pero con algunas posibilidades, ya que parte de ellos eran campesinos de la zona. Si actuaban con decisi�n e inteligencia, ocasionar�an la suficiente perturbaci�n al enemigo como para que tuviera que distraer fuerzas de su objetivo principal, que era la destrucci�n del n�cleo central rebelde, e incluso le dar�an golpes concretos de cierta consideraci�n.

Por estos d�as la prensa norteamericana public� una entrevista concedida por el dictador Fulgencio Batista, en la que, entre otras mentiras y declaraciones sin fundamento ni sentido, afirm�, significativamente, que en los �ltimos combates el Ej�rcito hab�a ocupado a los rebeldes "una bandera de China comunista y casquillos de fabricaci�n rusa". A ra�z de esa declaraci�n, Radio Rebelde comentaba:

Dentro de poco, seg�n Batista, estar�n Chou En Lai y Mao Tse Tung dirigiendo las maniobras de nuestro ej�rcito. �Pobre dictadorzuelo, cada d�a m�s miserable, m�s rid�culo, m�s tocado del queso!

Tambi�n por esos d�as, en recordaci�n del primer aniversario del Combate de Uvero, Radio Rebelde trasmiti� un comentario que terminaba con estas palabras:

Si la diferencia en equipo militar y en recursos es muy grande, hasta los adversarios m�s encarnizados tendr�n que reconocer la superior calidad humana de nuestros hombres, que por no tener distinta sangre ni distinta nacionalidad de los que luchan junto a la dictadura, demuestra irrebatiblemente que la moral, la justicia de una causa y el ideal son los factores decisivos de una guerra.

El soldado de la dictadura pelea bien cuando est� rodeado y es atacado, porque le han hecho creer que si caen prisioneros sufrir�n las mismas torturas y los mismos horrores que ellos han visto aplicar en los cuarteles a los adversarios de la tiran�a; pero cuando el soldado de la tiran�a ataca es de una ineficacia asombrosa, porque no combate para salvar la vida sino porque le pagan y se lo ordenan los que les han pagado, como se paga una bestia o se adquiere un reba�o para llevarlo al matadero, donde hacen fortuna los usufructuarios del negocio.

El militar cubano, que como hombre es valiente, como soldado de la tiran�a que ha convertido a los Institutos Armados en pandillas al servicio de la peor causa, est� haciendo uno de los papeles m�s tristes que puede hacerse en una guerra.

Al conmemorarse hoy el primer aniversario del glorioso y heroico combate de Uvero, nuestro recuerdo y nuestro cari�o para los h�roes que cayeron ese d�a; nuestro juramento de que as� sabremos caer todos antes de plegar nuestras banderas auroleadas por m�s de 70 combates victoriosos, y nuestro mensaje al pueblo record�ndole que hubo d�as m�s duros que �stos cuando ten�amos menos balas, menos armas y menos experiencia, sin que nuestro �nimo flaqueara ni la menor duda ensombreciera nuestra seguridad absoluta en el triunfo final.

Durante estos d�as me estuve moviendo, sobre todo, entre La Plata �donde estaba la emisora y la posibilidad de comunicaci�n con el exterior�, y Mompi�, lugar convenientemente c�ntrico, desde donde me manten�a al tanto de todas las incidencias en los tres sectores del frente de combate. A principios de junio ya hab�a quedado instalado el tel�fono entre estos dos puntos, con un enlace intermedio en el alto de Jim�nez, en el lugar conocido por los rebeldes como la tiendecita de la Maestra. Nuestros t�cnicos en Radio Rebelde hab�an preparado incluso una especie de amplificador, que permit�a dar suficiente volumen a la voz del tel�fono para poder ser captada por el micr�fono de la emisora. De esa forma pod�a intentar comunicarme con el extranjero desde Mompi� o la tiendecita.

Sin embargo, la instalaci�n no hab�a alcanzado a Minas de Fr�o, un punto de importancia estrat�gica decisiva y una especie de puesto de mando del Che para la atenci�n al sector noroccidental. Mi comunicaci�n con �l y con nuestros compa�eros en la escuela de reclutas, por tanto, ten�a que ser por mensajero o mediante una visita m�a al lugar. El 3 de junio fui hasta las Minas para revisar la situaci�n all�, y estuve hasta la ma�ana siguiente, cuando emprend� el regreso a Mompi�.

Poco despu�s de salir de aquel lugar, la aviaci�n enemiga desat� uno de los bombardeos y ametrallamientos m�s feroces padecido por Minas de Fr�o en toda la guerra. En particular, la casa de Mario Sariol, nuestro viejo y eficaz colaborador campesino residente en ese lugar, fue blanco de una lluvia de metralla, y hasta se dispararon contra ella varios cohetes de fabricaci�n norteamericana. La indignaci�n que me produjo el brutal bombardeo, cuando conoc� mayores detalles del hecho, y la confirmaci�n del empleo por la aviaci�n batistiana de cohetes recibidos de los Estados Unidos por la tiran�a, a pesar del anunciado embargo del suministro de armamentos, fue lo que me motiv� al d�a siguiente a escribirle a Celia, al final de un largo mensaje, el p�rrafo que luego ha sido tan citado (documento p. 431):

Al ver los cohetes que tiraron en casa de Mario, me he jurado que los [norte]americanos van a pagar bien caro lo que est�n haciendo. Cuando esta guerra se acabe, empezar� para m� una guerra mucho m�s larga y grande: la guerra que voy a echar contra ellos. Me doy cuenta [de] que �se va a ser mi destino verdadero.

El doblez de la pol�tica norteamericana hacia el r�gimen de Batista y hacia la Revoluci�n quedaba en evidencia. En marzo, el gobierno de los Estados Unidos hab�a anunciado la suspensi�n de todos los env�os de armas a la dictadura, en lo que se trataba de un primer paso en la maniobra destinada a distanciarse oficialmente de la tiran�a, cuya permanencia en el poder ya comenzaba a resultar inc�moda para algunos sectores en aquel pa�s; al tiempo que se impulsaba la promoci�n de una salida alternativa a la crisis cubana que, de hecho, impidiese la toma del poder por la Revoluci�n. Sin embargo, las entregas de armas prosiguieron por otros canales, incluso a trav�s de la base naval norteamericana en Guant�namo, sobre lo cual hab�amos recibido informaciones de los compa�eros del Movimiento en los Estados Unidos.

El empleo de cohetes norteamericanos en el ataque a Minas de Fr�o no hac�a m�s que confirmar mi criterio, basado, en definitiva, en la propia historia de Cuba y de las aspiraciones seculares de los Estados Unidos de ejercer su dominio sobre nuestro pa�s, de que una revoluci�n verdadera en Cuba era incompatible con los intereses norteamericanos. La nota a Celia no era, por tanto, la expresi�n de una voluntad preconcebida de enfrentamiento, de la futura revoluci�n en el poder a los Estados Unidos, sino la muy explicable reacci�n ante una pol�tica tan hip�crita y taimada, y la manifestaci�n de una clara conciencia acerca de la inevitabilidad de ese enfrentamiento a partir del hecho evidente de que para nuestro vecino del Norte ser�a inaceptable la presencia en Cuba de un poder revolucionario con un programa de cabal liberaci�n nacional.

Este es el mismo mensaje, por cierto, en el que insto a Celia para que suba desde las Vegas de Jibacoa hasta Mompi� y estableciera all� su puesto de mando. Debo dedicar en este libro un cap�tulo a la labor de retaguardia desarrollada en esta etapa en el Primer Frente rebelde. Mucho antes del inicio de la ofensiva enemiga, ella hab�a instalado su puesto de mando en la casa de Bismark Gal�n Reina, en las Vegas, y desde all�, con la ayuda de un peque�o grupo de colaboradores �entre ellos Roberto Rodr�guez, a quien todos llam�bamos El Vaquerito, y Arturo Aguilera, conocido por Aguilerita, debido a su delgada figura�, se hab�a dado a la tarea de garantizar las miles de grandes y peque�as necesidades de las fuerzas rebeldes para resistir eficazmente el fuerte embate que se esperaba del Ej�rcito de la tiran�a. Pero ya a principios de junio la situaci�n de las Vegas de Jibacoa resultaba precaria, en vistas de la presencia del fuerte contingente enemigo en Las Mercedes.

Sin embargo, el mismo desarrollo posterior de los acontecimientos volvi� a dar m�s importancia a La Plata, y al final prevalecieron las ventajas de este punto en el momento de decidir la instalaci�n de una comandancia permanente.

En ese preciso momento, mi inquietud principal no era la avalancha de guardias que se nos ven�a encima. Como le dec�a a Celia en la carta ya citada:

Creo que los planes de defensa han sido adelantados bastante. El problema que me preocupa mayormente hoy por hoy es que la gente no acabe de darse cuenta [de] que en un plan de resistencia continua y escalonada, no se pueden tirar en dos horas las balas que deben durar un mes. Lo �nico que me queda por hacer es guardar bien las que me quedan y no dar una bala m�s a nadie, hasta que no sea ya cuesti�n de vida o muerte porque realmente no le quede a nadie una bala. [...] Yo no me canso de insistir en ese problema que es realmente nuestro tal�n de Aquiles.

En la ma�ana del s�bado 7 de junio, despu�s de varios d�as de relativa calma en todo el sector, la gente de Angelito Verdecia hizo estallar una mina colocada cerca del campamento enemigo de Cerro Pelado, en su ruta hacia la Sierra, con el posible resultado de seis o siete bajas entre los guardias.

Dos d�as despu�s, el lunes 9, desde otra direcci�n, los guardias intentaron una exploraci�n por el r�o Jibacoa con el apoyo de una tanqueta, y tropezaron con los hombres de Cuevas, quienes hab�an relevado esa misma ma�ana al personal del pelot�n de Horacio en la emboscada establecida sobre el camino de La Herradura que sub�a de Las Mercedes en direcci�n a las Vegas, y no hab�an tenido tiempo a�n de mejorar las posiciones recibidas. Se produjo una escaramuza en la que los rebeldes gastaron varias decenas de tiros e hicieron explotar una mina, sin m�s resultado concreto que haber detenido el avance de la patrulla enemiga, casi simult�neamente con su propia retirada de la posici�n, la que resultaba, de hecho, muy poco defendible.

Era de nuevo el tipo de comportamiento, a mi juicio inaceptable, si quer�amos tener �xito en la batalla que se avecinaba, aunque en realidad no pod�a atribuir responsabilidad alguna a Cuevas, quien hab�a demostrado ser un jefe valiente y capaz. De ah� mi reacci�n relativamente violenta en el mensaje que le envi� a Horacio al d�a siguiente:

Considero que nuestra gente hizo ayer un papel muy pobre y vergonzoso. Ustedes no acaban de comprender que tienen que hacer verdaderas trincheras y no hoyitos que no sirven para nada. Tal vez tengan que pagar bien cara la experiencia pero los golpes los ense�ar�n.

Me da pena solo de pensar que no fueron capaces de sostener la posici�n ni 15 minutos.

Recomiendo en lo adelante el m�ximo de disciplina y firmeza. Parece que la batalla dura va a comenzar de un momento a otro.

Esto �ltimo se deb�a a las noticias recibidas en la tarde del 10 de junio, acerca de un desembarco enemigo en la costa sur, indicio evidente de que el Ej�rcito enemigo creaba ya las condiciones para dar inicio a la segunda fase de su ofensiva: la penetraci�n a fondo, desde varias direcciones, en el coraz�n del territorio rebelde. En lo que respecta al sector noroccidental, estos indicios fueron confirmados apenas tres d�as despu�s, con la llegada al teatro de operaciones de una segunda unidad de combate, el Batall�n 19, al mando del comandante Antonio Su�rez Fowler, con lo cual quedaba dispuesto el escenario para la reanudaci�n de los combates en este sector.

Continuar�

Camilo Cienfuegos

Ramiro Vald�s y Camilo Cienfuegos en la Sierra Maestra

Pr�ctica de tiro en la Sierra Maestra

Parte del colectivo de Radio Rebelde. Al centro, de pie, la locutora Violeta Casals.

Fidel y el combatiente �ngel Sotomayor, Ango, por la Sierra.

Fidel en la Sierra

Fidel con ni�os campesinos de la Sierra

Carta a Celia.

Imprimir Art�culo
: Editora Principal. Especialista de I Grado en Medicina Interna, Master en Enfermedades Infecciosas | Direcci�n de Cuadros, MINSAP | 23 y N, Plaza, Ciudad de La Habana, 10400, Cuba | Tel�fs.: (537) 8383402. Horario de atenci�n:: de 8:30 a.m. a 5:00 p.m. de Lunes a Viernes