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jueves, 19 de septiembre de 2019

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La Victoria Estrat�gica Cap�tulo 2

La preparaci�n de la defensa de nuestro territorio

(Cap�tulo 2)

El fracaso de la huelga de abril estimul� a los mandos militares de la tiran�a a acelerar los planes de la gran ofensiva que ven�an preparando contra el Ej�rcito Rebelde y, en particular, contra el territorio del Primer Frente, desde la derrota de la campa�a de invierno. Como ya se explic�, la ofensiva, cuidadosamente organizada durante varios meses, ten�a el prop�sito de aniquilar al n�cleo central de nuestras fuerzas. El enemigo se propon�a penetrar hacia la zona de La Plata, desde tres direcciones convergentes, de otras tantas agrupaciones enemigas organizadas, preparadas y equipadas especialmente para esta campa�a, y apoyadas por todos los medios disponibles. En total fueron lanzados contra la monta�a 10 000 hombres, artiller�a, aviaci�n, unidades navales, tanques y abundante apoyo log�stico, en una operaci�n considerada definitiva.

El factor determinante fue el fracaso de la huelga general revolucionaria, y la inevitable evaluaci�n que realizar�an los estrategas de la tiran�a de que ese rev�s habr�a provocado nuestra desmoralizaci�n.

En los d�as inmediatamente posteriores al 9 de abril, el tema de la probable ofensiva comenz� a ser la preocupaci�n fundamental.

Era evidente la trascendencia que ten�a la etapa que se avecinaba para el desarrollo ulterior de la lucha revolucionaria. Est�bamos conscientes de que la nueva ofensiva enemiga ser�a la m�s fuerte, organizada y ambiciosa de todas, entre otras razones porque ser�a la �ltima que el r�gimen de Batista estar�a en condiciones de preparar. Para la tiran�a se trataba de una batalla decisiva y, por tanto, cab�a esperar que se empe�ar�a en ella con todos sus recursos.

A estas alturas de la guerra, el establecimiento de una serie de instalaciones sedentarias, de apoyo a la acci�n de nuestra guerrilla, posibilit� la aparici�n de un territorio base en el que comenzaba a funcionar una infraestructura importante para la actividad militar.

Hab�a que aferrarse al terreno y discutir cada metro de acceso a los puntos donde se ubicaban las instalaciones fundamentales ya se�aladas.

Por otra parte, el grado de maduraci�n de nuestras fuerzas, evidenciado ya en febrero de 1958 en la operaci�n de Pino del Agua, nos permit�a comenzar a aplicar t�cticas y movimientos combinados m�s complejos, a diferencia de los desarrollados durante todo el primer a�o de guerra, cuya caracter�stica principal era la acci�n t�pica de la guerrilla.

No ten�amos otra alternativa que derrotar esa fuerza, que tratar�a de cumplir su misi�n de acuerdo con estrategias y t�cticas cl�sicas. Ni ellos ni nosotros hab�amos pasado por semejante experiencia. La diferencia de recursos era enorme. Para semejante adversario, nuestros combatientes eran civiles armados que no podr�an resistir jam�s el ataque de unidades regulares. Si ocupaban el territorio no podr�an sostenerlo, y nosotros lo recuperar�amos de nuevo; pero, �cu�l ser�a el efecto de la ocupaci�n de aquellos objetivos en el pueblo, ya golpeados por el fracaso de la huelga? Aunque todo se creara otra vez, �cu�les ser�an las consecuencias de todas las viviendas quemadas, de las instalaciones destruidas, de las plantaciones y del ganado perdidos, y de los campesinos desalojados?

A lo largo de las semanas anteriores al comienzo de la ofensiva, en la medida que medit�bamos y sopes�bamos todas las alternativas, se desarroll� el plan que en definitiva aplicamos, para lo cual nos basamos en el conocimiento �ntimo adquirido del terreno y sus posibilidades. En esencia, el plan consist�a en organizar una defensa escalonada de nuestro territorio base, que permitiera resistir metro a metro el avance enemigo, irlo frenando y desgastando hasta detenerlo, mientras concentr�bamos nuestras fuerzas en espera del momento oportuno para lanzar el contraataque. Aun cuando el enemigo alcanzara sus objetivos, nuestras fuerzas mantendr�an el acoso constante a sus tropas y l�neas de abastecimiento, absolutamente seguros de que no podr�an sostenerlas.

En mensaje de fecha 8 de mayo al capit�n Ram�n Paz le explicaba:

Por todos los caminos les vamos a hacer resistencia, repleg�ndonos paulatinamente hacia la maestra, tratando de ocasionarle[s] el mayor n�mero de bajas posibles.

Si el enemigo lograra invadir todo el territorio, cada pelot�n debe convertirse en guerrilla y combatir al enemigo, intercept�ndolo por todos los caminos, hasta hacerlo salir de nuevo. Este es un momento decisivo. Hay que combatir como nunca.

Esta segunda variante significar�a regresar, en lo fundamental, a la situaci�n de los primeros meses de la guerra, pero con muchas m�s armas y experiencia. En cualquier caso, no ten�amos la menor duda de que en breve tiempo recuperar�amos el territorio, pues no podr�an con el terrible desgaste que les ocasionar�amos. Solo que con la segunda opci�n, la guerra se prolongar�a m�s tiempo y sufrir�amos moment�neamente la p�rdida de esas instalaciones que nos propon�amos defender. La mayor�a de ellas hab�an ido surgiendo desde los primeros meses de 1958 en los alrededores del firme de La Plata. Este era un lugar de �ptimas condiciones por su ubicaci�n en el coraz�n de la monta�a, en una zona de acceso relativamente dif�cil, casi en el centro mismo del territorio rebelde del Primer Frente, poblada por pocas familias campesinas de probado esp�ritu de colaboraci�n con nuestra lucha. Por estas mismas razones, el lugar hab�a sido utilizado con mucha frecuencia por m� como Comandancia transitoria, sobre todo, en los modestos terrenos de los campesinos Juli�n P�rez, conocido por el sobrenombre del Santaclarero, y Osvaldo Medina.

Y fue por eso a La Plata hacia donde decid� trasladar en abril la emisora Radio Rebelde, en torno a la cual cuaj� el surgimiento en los meses siguientes de la Comandancia General.

El 13 de abril part� de la zona de La Plata rumbo a la Comandancia del Che en La Mesa. La dura caminata, que hice a marcha forzada no sinti�ndome del todo bien en aquellos d�as, era necesaria por varias razones. En primer lugar, me parec�a imprescindible utilizar las posibilidades de la emisora Radio Rebelde, que funcionaba desde finales de febrero en esa zona, para comunicarme con el pueblo e infundirle aliento tras el rev�s de la huelga. Hab�a que anunciar que nuestra lucha no solo prosegu�a, sino que se hac�a cada vez m�s efectiva y organizada. Por otro lado, el periodista argentino Jorge Ricardo Masetti quer�a hacerme una entrevista. Yo, sobre todo, deseaba aprovechar la visita a La Mesa para conversar con el Che acerca de la nueva situaci�n creada con el fracaso del 9 de abril y la ofensiva enemiga, que ya consider�bamos segura.

El 16 de abril habl� por Radio Rebelde por primera vez. En mi alocuci�n analic� las razones del fracaso de la huelga revolucionaria del 9 de abril, denunci� algunos de los cr�menes m�s recientes de la tiran�a, como el salvaje bombardeo al poblado de Cayo Espino y la muerte del ni�o Orestes Guti�rrez, y proclam� mi confianza absoluta en la victoria.

Ignoraba cu�ntas personas en Cuba escuchaban la reci�n creada Radio Rebelde, pero ve�a en ella un instrumento esencial como veh�culo de informaci�n y divulgaci�n y, segundo, como medio de comunicaci�n con el exterior. Le expliqu� al Che la necesidad de disponer el traslado de la emisora, creada por �l, a la zona de La Plata, m�s estrat�gica y con suficientes fuerzas para defenderla. Los abnegados y competentes t�cnicos de Radio Rebelde, con Eduardo Fern�ndez a la cabeza, realizaron en menos de 10 d�as la proeza de desmontar los equipos, trasladarlos en mulo por sobre media Sierra Maestra y volverlos a instalar. Ya a finales de abril ten�amos comunicaci�n directa con el extranjero, y el 1ro. de mayo, Radio Rebelde sal�a de nuevo al aire, esta vez desde su definitivo emplazamiento en La Plata. Servir�a, adem�s, de comunicaci�n con el Segundo Frente Oriental y el de Juan Almeida en Santiago de Cuba.

Otra decisi�n clave tomada en este viaje fue el traslado del Che para el territorio ubicado al oeste del Turquino, con una misi�n inmediata: organizar nuestra incipiente escuela de reclutas, proyecto al que hab�a que dar un renovado impulso en previsi�n de la ofensiva enemiga y de nuestros planes ulteriores, una vez que fuera derrotada. De hecho, ya desde finales de marzo hab�a comenzado a funcionar en Minas de Fr�o un rudimentario centro de instrucci�n de combatientes de nuevo ingreso, para lo cual hab�amos obtenido la colaboraci�n entusiasta de Evelio Lafert�, teniente del Ej�rcito enemigo hecho prisionero en el Combate de Pino del Agua, quien hab�a expresado su disposici�n a integrarse a las filas rebeldes. Hasta mediados de abril, el pu�ado de reclutas destinados a esta escuela de instrucci�n hab�an realizado pr�cticas elementales de marcha, t�ctica y arme y desarme. Nuestra proverbial carencia de recursos nos imped�a estar en condiciones de realizar ejercicios con tiro real.

En realidad, la idea era que el Che se hiciese cargo de la instrucci�n de los reclutas, como tarea inmediata para impulsar la instrucci�n de los que necesit�bamos. All� estar�a disponible para cualquier otra misi�n m�s importante.

No digo nada nuevo si repito aqu� que en el Che yo ten�a un compa�ero al que estimaba mucho, tanto desde el punto de vista de su capacidad como de su probado desinter�s y valent�a personal. Desde Minas de Fr�o, �l podr�a ocuparse de la atenci�n directa a los preparativos para la defensa del sector occidental de nuestro territorio central. Llegado el momento del combate, en �l podr�a confiar, si fuera necesario, la conducci�n de la defensa de todo ese sector, como de hecho ocurri�.

El Che comprendi� mis argumentos y se dispuso gustoso a cumplir sus nuevas funciones. El mando de la Columna 4 qued� a partir de su salida de La Mesa en manos del comandante Ramiro Vald�s, quien hasta entonces hab�a sido el segundo jefe de la columna.

Cerca de La Plata, en la finca del colaborador campesino Clemente Verdecia, en el barrio de El Naranjo, funcionaba desde hac�a alg�n tiempo una armer�a rebelde bajo la responsabilidad del capit�n Luis Crespo. En el r�stico taller se reparaban las armas defectuosas y se fabricaban varios tipos de implementos utilizados por nuestros hombres en los combates: granadas, bombas de mano, proyectiles de los conocidos como M-26 y las armas adaptadas para lanzarlos.

Una de las responsabilidades de la armer�a era la confecci�n de la mayor cantidad posible de minas que pudieran ser utilizadas por nuestras fuerzas en emboscadas al enemigo en movimiento. La t�ctica de hacer estallar una mina en el camino de la vanguardia de una tropa en marcha, nos hab�a dado buenos resultados, por el doble efecto de las bajas que produc�a y el desconcierto que creaba. Hac�a mucho que hab�amos aprendido que una tropa en movimiento es tan capaz como su vanguardia, y de ah� que desconcertar, inutilizar o, en el mejor de los casos, liquidar la vanguardia era una de nuestras t�cticas principales.

En este trabajo de la fabricaci�n de minas, Crespo �expedicionario del Granma� y sus colaboradores se empe�aron con mucho �xito. Llegada la ofensiva, casi todas nuestras escuadras y pelotones dispon�an de artefactos de este tipo utilizados muchas veces con bastante efectividad.

Para garantizar esta labor hab�a que ocuparse de la recolecci�n, por todas las v�as, de los elementos necesarios para construir las minas, desde el metal hasta los detonadores y los cables. Nunca nos falt� el explosivo de alta calidad porque algunas de las bombas que la aviaci�n lanzaba contra nosotros casi todos los d�as, no explotaban, y de ellas extra�amos la carga. A veces, hac�amos estallar una completa a los pies de una vanguardia.

A partir de abril la tarea de acopiar material se aceler� con todos nuestros enlaces. Hasta las anillas de las cintas de ametralladoras y los casquillos de las balas disparadas por los aviones enemigos eran de utilidad en la armer�a como materia prima, y nuestros hombres ten�an instrucciones de recoger cuantas encontraran, y enviarlas a la armer�a de Crespo en El Naranjo.

A mediados de abril, un peque�o grupo de mujeres, encargado de la confecci�n de uniformes, se instal� tambi�n en la armer�a de El Naranjo, donde ten�an mejores condiciones para trabajar y recibir la mercanc�a necesaria. Por esta misma �poca empezamos a dar los pasos para montar un primer taller de curtido de pieles, que pudiera servir de proveedor a la f�brica de botas y zapatos que pens�bamos poner a funcionar. Esta actividad tendr�a que llegar a sustituir en parte al suministro externo por la v�a de la compra de ropa y calzado.

Nuestros primeros hospitales y escuelas empezaron tambi�n a surgir en la zona de La Plata. Desde finales de marzo hab�a comenzado la construcci�n de un hospital en Camaroncito, sobre el r�o La Plata, a cargo del doctor Julio Mart�nez P�ez. Esta instalaci�n no lleg� a terminarse totalmente, aunque prest� servicios m�dicos desde el primer momento, y en plena ofensiva fue muy afectada por una crecida del r�o. El personal m�dico de este hospitalito se traslad� para La Plata, donde funcion� con car�cter provisional durante la mayor parte de la batalla, en una de las primeras instalaciones construidas especialmente, como parte de lo que al cabo se convirti� en nuestra Comandancia General.

Tambi�n a finales de marzo se hab�an incorporado a nuestras filas los doctores Ren� Vallejo y Manuel, Piti, Fajardo con algunos ayudantes procedentes de la ciudad de Manzanillo, donde Vallejo manten�a una cl�nica privada hasta el momento en que sus actividades de apoyo a la lucha clandestina del Movimiento lo obligaron a tomar el camino de la monta�a. Este grupo se instal� en un lugar conocido como Pozo Azul, cerca de La Habanita, en el fondo de un profundo valle de muy dif�cil acceso por tierra y pr�cticamente inmune al ataque de la aviaci�n. All�, en una r�stica instalaci�n construida al efecto con la ayuda de los vecinos de la zona, echaron a andar lo que de hecho fue el primer hospital sedentario de nuestro Primer Frente.

El hospitalito de Pozo Azul funcion� hasta el comienzo de la ofensiva enemiga, cuando decidimos trasladar sus facilidades hacia la zona de La Plata, ante el peligro de que el enemigo pudiera llegar a ocupar aquel lugar, lo cual, en definitiva, no ocurri�. Vallejo se instal� durante la mayor parte de la ofensiva en una casa campesina en Rinc�n Caliente, a mitad de camino entre la casa del Santaclarero y el barrio de Jim�nez.

Otra de las instalaciones establecidas en la zona de La Plata era una especie de c�rcel rebelde, dirigida por el capit�n Enrique Ermus, a la que alguien jocosamente dio el nombre de Puerto Malanga, por aquello de que si la tiran�a ten�a una c�rcel en Puerto Boniato, la nuestra deb�a llamarse como la vianda salvadora de los rebeldes. En Puerto Malanga, en unos ranchos construidos al efecto en el fondo del ca��n del r�o La Plata, m�s arriba de Camaroncito, manten�amos no solo a los guardias que hab�amos hecho prisioneros, y que por alguna raz�n de seguridad no fueron liberados, sino tambi�n a aquellos de nuestros combatientes que deb�an cumplir condena por alg�n acto de indisciplina o un hecho que pudiera ser delictivo. La c�rcel de Puerto Malanga desempe�� cierto papel protag�nico en la planificaci�n enemiga, como veremos en su momento.

Al atardecer del 30 de marzo aterriz� en la zona de Cienaguilla una avioneta procedente de Costa Rica, la primera expedici�n portadora de refuerzos del exterior. En ella viajaban Pedro Miret, Pedrito; Evelio Rodr�guez Curbelo, Huber Matos y otros cuatro o cinco compa�eros. El cargamento constaba de dos ametralladoras calibre 50, unas decenas de fusiles �entre ellos unas cuantas carabinas semiautom�ticas italianas de la marca Beretta�, proyectiles para nuestros morteros y alrededor de 100 000 tiros, enviados por un influyente amigo en aquel pa�s. Este avi�n no pudo volver a despegar por desperfectos t�cnicos, y tuvo que ser incendiado para evitar su identificaci�n por el enemigo. Pedro Miret, destacado compa�ero y cuadro, que fue herido y sancionado en el Moncada, y arrestado en M�xico tres o cuatro d�as antes de partir el Granma, al ocup�rsele un lote de armas, se incorpor� con los dem�s a nuestras fuerzas.

El �xito de este primer intento de recepci�n de suministros desde el exterior por v�a a�rea nos motiv� a dar impulso al plan de acondicionar una pista donde pudieran aterrizar aviones ligeros, ubicada en un lugar relativamente protegido dentro de nuestro territorio central. Como es de suponer, no hab�a en la monta�a muchos sitios que se prestaran para esto, pero tuvimos la suerte de encontrar un lugar, que reun�a condiciones bastante buenas, sobre el r�o La Plata, m�s o menos a mitad de su curso, en la desembocadura del arroyo de Manacas. En este punto, el valle del r�o era ancho y creaba un espacio llano, de extensi�n suficiente como para permitir el aterrizaje de avionetas. Denominado con el nombre en clave de Alfa, la pista a�rea de Manacas comenz� a ser acondicionada de inmediato por un grupo de nuestros hombres.

El aprovisionamiento desde el exterior se convert�a as�, por primera vez, en factor importante en nuestros planes, y era sintom�tico del cambio cualitativo de la guerra en la monta�a. Hasta ese momento, nuestra guerrilla se hab�a nutrido, en lo fundamental, de las armas arrebatadas en combate al enemigo. Seguir�amos haci�ndolo, pero en las nuevas circunstancias parec�a conveniente crear las condiciones apropiadas para poder disponer de un suministro b�lico adicional al que se obtendr�a en los combates. Sin embargo, las experiencias m�s recientes, en particular la p�rdida de un importante lote de armas que tra�a la expedici�n de El Corojo, capturadas por el enemigo en Pinar del R�o a principios de abril, me hicieron desconfiar de las posibilidades reales de los organizadores del Movimiento en el exilio, y me convencieron de la necesidad de organizar directamente nuestros propios mecanismos de suministro. Esa fue una de las cuestiones a las que dedicamos bastante esfuerzo durante las semanas previas a la ofensiva enemiga, y otra de las razones por las que se hac�a necesaria la cercan�a de la emisora Radio Rebelde, que ser�a el veh�culo principal para el o con el exterior.

Sin duda, un asunto que requer�a atenci�n prioritaria era la urgente necesidad de acopiar la mayor cantidad posible de parque y otros recursos b�licos, siempre deficitarios para nuestras fuerzas. Baste decir que en las semanas anteriores al inicio de la ofensiva enemiga hab�a escuadras rebeldes cuyas armas semiautom�ticas contaban apenas con una docena de balas. Hay un elocuente comentario de Celia S�nchez en uno de sus mensajes conservados de los primeros d�as de abril: "Cuando la historia se escriba, esta parte no la creer�n. Nos hemos defendido con el M-26".

Es as�, casi literalmente. No fueron pocos los soldados rebeldes que fueron al combate en esta �poca armados tan solo de unos cuantos de nuestros proyectiles caseros a los que hab�amos dado el nombre de M-26, que en la pr�ctica hac�an m�s ruido que otra cosa. Este hecho, a prop�sito, no impidi� a los voceros de la tiran�a inventar, poco antes de la ofensiva, la risible patra�a de que, tras un combate contra los rebeldes, el Ej�rcito hab�a ocupado gran cantidad de casquillos rusos, lo cual evidenciaba nuestros v�nculos comunistas, a pesar de que no hab�a un solo ruso en toda la Sierra, ni yo hab�a conocido alguno.

Por eso, en la cuesti�n del uso del parque, nuestra pol�tica era inflexible. Por una parte, la exhortaci�n constante a los combatientes para que ahorraran al m�ximo las balas en los combates, y el castigo de no enviar suministros de balas a los que hicieran despilfarro evidente de municiones. Por otra parte, establecimos el control estricto de cuanta arma y cuantas balas fuesen ocupadas, que deb�an ser enviadas de inmediato al puesto de mando en ese momento, pues personalmente asum� la distribuci�n de dichos recursos esenciales.

Una consecuencia l�gica de nuestra l�nea estrat�gica defensiva era la preparaci�n adecuada del terreno en que se desarrollar�a la defensa en la primera fase de la ofensiva. De ah� que la construcci�n de trincheras, refugios y t�neles se convirti� desde las semanas a comienzos de abril en una de las prioridades principales. Si constante era mi insistencia en la conservaci�n del parque en todas mis conversaciones y comunicaciones escritas con los jefes de unidades rebeldes, no menos persistente era mi recomendaci�n de que se dedicaran de lleno a la construcci�n de trincheras en los lugares m�s estrat�gicos de su zona espec�fica de operaciones. Mi aspiraci�n era que cuando el enemigo atacara, nuestros hombres ocuparan posiciones fortificadas desde las cuales fueran capaces de ofrecer una resistencia mucho m�s efectiva y prolongada, y que cuando se replegaran, lo hicieran a l�neas sucesivas de trincheras. Y junto a estas, para combatir, los refugios para protegerse de la aviaci�n. En una palabra, convertir la Sierra en un verdadero panal ante el cual el enemigo tendr�a que emplearse todav�a m�s a fondo.

Otro elemento importante en los preparativos fue el comienzo de la instalaci�n de una red de tel�fonos entre puntos clave del territorio rebelde. Hasta el momento, la comunicaci�n entre nuestras fuerzas hab�a sido exclusivamente mediante mensajeros, por lo general campesinos de la Sierra incorporados a las filas rebeldes, que conoc�an palmo a palmo el terreno, y estaban entrenados como cosa natural para cubrir largas distancias en la monta�a en tiempos asombrosamente breves. Pero la previsible din�mica de las acciones una vez comenzada la ofensiva, que se desarrollar�a en un teatro de operaciones bastante extenso, aconsejaba la aplicaci�n de un sistema de enlaces capaz de garantizar comunicaci�n casi instant�nea, m�xime, teniendo en cuenta que el enemigo dispondr�a de los medios m�s modernos de la �poca para sus propias comunicaciones.

La soluci�n era el tel�fono, lo cual planteaba la obtenci�n de los aparatos y de cable suficiente. En abril, las patrullas de escopeteros rebeldes que operaban en las estribaciones de la Sierra recibieron la orden de recoger cuanto aparato y metro de cable telef�nico pudieran localizar en los bateyes, chuchos, colonias y poblados de la premonta�a y la costa del golfo de Guacanayabo. Muy pronto comenzamos a recibir estos medios, y se inici� la ardua tarea de tender las l�neas entre los puntos seleccionados, que en una primera fase fueron las instalaciones que se utilizaban como Comandancia �todav�a temporal� en La Plata, y las habilitadas en el alto de Mompi�, cerca de la casa de la familia de ese nombre, en el mismo firme de la Maestra, a las que hab�amos denominado como Miramar del Pino.

Junto a todos estos preparativos, estaba el problema del abastecimiento alimentario de la poblaci�n campesina y de nuestros combatientes, que se hac�a cr�tico teniendo en cuenta el bloqueo de la monta�a establecido por el enemigo, y comenzado entonces a reforzar en previsi�n de su ofensiva.

Como parte de las medidas para la creaci�n de una base alimentaria lo m�s autosuficiente posible para el caso de un bloqueo efectivo y prolongado de la monta�a, tomamos por esta �poca la decisi�n de recoger la mayor cantidad posible de cabezas de ganado en las fincas cercanas a la Sierra, pertenecientes a grandes hacendados o individuos vinculados a la tiran�a, con la intenci�n de trasladarlas a la monta�a y distribuirlas convenientemente para garantizar, llegado el momento, un suministro de leche y carne para la poblaci�n campesina y para los rebeldes. A partir de las primeras semanas de abril, nuestras patrullas fueron enviadas en distintas direcciones para iniciar esa recogida, que alcanz�, de hecho, a todas las mayores fincas ganaderas de la costa y la premonta�a, incluso, hasta las cercan�as de Bayamo.

Ya para esta fecha todos nuestros jefes y colaboradores campesinos ten�an instrucciones precisas de lo que hab�a que hacer con el ganado existente en la Sierra y con el que se fuera trayendo del llano. Entre otras cosas, no se pod�a disponer de una sola res sin orden expresa, y se prohibi� el sacrificio de las hembras. Se dispuso, adem�s, la realizaci�n de un censo de cabezas de ganado en todo el territorio rebelde. La intenci�n era poner un poco de orden y establecer un control de la distribuci�n de las cabezas de ganado existentes en nuestro territorio, en previsi�n de las medidas que, sin duda alguna, habr�a que tomar una vez comenzada la ofensiva y establecido el bloqueo f�sico de la monta�a.

Otro problema cr�tico era el de la sal. Como parte de las ideas para asegurar el abastecimiento alimentario durante el bloqueo hab�amos concebido el proyecto de poner en funcionamiento una peque�a instalaci�n para la elaboraci�n de carne salada, para la cual ya ten�amos lugar en la casa de Radam�s Charruf, vecino del barrio de Jim�nez, y responsable en la persona del combatiente Gello Argel�s. Evidentemente, la tasajera de Jim�nez, como dio en llam�rsele a partir de que comenz� a funcionar a mediados de mayo, no pod�a hacerlo sin carne �para lo cual pens�bamos disponer de parte del ganado recogido en el llano� y sin sal abundante, para lo cual ten�amos que asegurar el suministro.

La soluci�n era obvia. Nuestro territorio estaba enmarcado al Sur por el mar. De lo que se trataba era de organizar en algunos lugares seleccionados de la costa una producci�n de sal a gran escala por los m�todos tradicionales de secado al sol del agua de mar. Esa fue la tarea que, por recomendaci�n de Celia, dimos a mediados de abril al combatiente Jos� Ram�n Hidalgo, conocido por Rico, quien escogi� para ello varias playas de los alrededores de Ocujal.

El abastecimiento de gasolina, petr�leo, luz brillante y otros combustibles cobraba una significaci�n especial, a causa de la puesta en funcionamiento de la emisora y de varias plantas generadoras en algunas de las instalaciones, como la tasajera, que lo requer�an. Era otra tarea para nuestros ya tensos mecanismos de suministro, que deb�an agregar renglones nuevos a su incesante acopio de v�veres, medicamentos y otras mercanc�as al que hab�a que imprimir un ritmo m�s intenso.

Hay que decir que durante estas semanas previas al comienzo de la ofensiva, nuestra actividad de retaguardia se creci� y estuvo a la altura de los requerimientos. El coraz�n de ese trabajo, entonces m�s que nunca, fue Celia. Desde las Vegas de Jibacoa, donde hab�a instalado su base de operaciones por las favorables condiciones del lugar, fue ella quien coordin� e impuls� toda esta labor. Gracias, en gran medida, a sus esfuerzos, nuestros abastecimientos continuaron fluyendo y logramos crear reservas m�nimas que resultaron decisivas en los momentos cruciales de la ofensiva. Fue Celia tambi�n la encargada de organizar la producci�n de sal, la fabricaci�n de queso, el fomento de huertos, estancias y cr�as de cerdos y pollos. Todo ello unido a su atenci�n al c�mulo creciente de asuntos generados por la organizaci�n y administraci�n del territorio rebelde, y a su cooperaci�n en los suministros de los medios y herramientas para la construcci�n de trincheras, as� como a la multiplicaci�n de los os fuera de la Sierra para la obtenci�n de informaciones, dinero y otros servicios.

A pesar de que todos los indicios hac�an suponer que el esfuerzo del enemigo estar�a concentrado sobre la zona de lo que pudi�ramos llamar el Primer Frente, el esquema defensivo que pens�bamos aplicar contemplaba, en esencia, el despliegue de nuestras propias fuerzas, es decir, solo del personal de las tres columnas con que cont�bamos en el frente. En esta primera fase preparatoria lo �nico adicional que hice fue pedir a Almeida que se trasladara de nuevo a nuestra zona para reforzarnos con una parte del personal del Tercer Frente Oriental, mientras que el resto deb�a permanecer en su territorio para tratar de contener cualquier iniciativa enemiga en esa zona y presionar desde la retaguardia a las tropas involucradas en la ofensiva. En el caso de los grupos de Camilo y de Orlando Lara en el llano, la idea inicial era que se mantuvieran en sus zonas de operaciones para tambi�n actuar en la retaguardia del enemigo. Sin embargo, a principios de mayo orden� a Lara reforzarnos con su peque�o grupo de guerrilleros en el sector noroeste. Y ya en junio, previendo el momento m�s cr�tico de la ofensiva enemiga, envi� por dos v�as instrucciones a Camilo para indicarle en el momento en que deb�a reforzarnos con 20 � 30 aguerridos combatientes. En cuanto a Ra�l, por la distancia y la importancia de su misi�n, no movimos un solo hombre del Segundo Frente Oriental.

A finales de abril, el sector noroeste de nuestro territorio estaba defendido por apenas varias escuadras: las de Angelito Verdecia y Dunney P�rez �lamo, sobre el camino de Cerro Pelado a Las Mercedes; las de Andr�s Cuevas y Marcos Borrero, sobre el camino de Arroy�n; y las de Ra�l Castro Mercader y Blas Gonz�lez, sobre el camino de Cayo Espino, mientras que personal de la columna de Crescencio P�rez proteg�a los accesos a estos lugares desde Cienaguilla. En el sector nordeste cont�bamos con las fuerzas de la Columna 4 en la zona de Minas de Bueycito �a las que pronto se les incorporar�a el refuerzo enviado por Almeida desde el Tercer Frente, al mando del capit�n Guillermo Garc�a�, con el pelot�n de Eduardo Sardi�as Labrada, Lalo, en Los Lirios de Naguas y con la escuadra al mando de Eduardo Su�ol Ricardo, Eddy, en Providencia. Por el Sur solo operaban todav�a en ese momento algunas patrullas de escopeteros. El n�mero total de nuestros combatientes, cuando se inici� la ofensiva, no rebasaba los 230 hombres con armas de guerra.

El 8 de mayo llegaron noticias de que el enemigo hab�a desembarcado tropas por el Sur en El Macho y Ocujal. En definitiva, pocas horas despu�s se confirm� que se trataba tan solo de una falsa alarma. Pero en el primer momento todo parec�a indicar que est�bamos en presencia de los primeros pasos de la esperada ofensiva. "Considero que de un momento a otro comenzar�n a avanzar desde distintos puntos", le escrib� a Ram�n Paz a las 11:00 de la noche del propio d�a 8, pocos minutos despu�s de recibir las primeras informaciones sobre los supuestos desembarcos. Y a Celia le reiter� la misma impresi�n en otro mensaje, y le agregu�:

Hay que salirles al paso con toda energ�a. Creo que se han adelantado algo, pero todav�a es tiempo. L�stima grande que tengamos tan pocos detonadores y fulminantes, pero, �qu� va a hacerse? Estoy seguro de que vamos a poder combatirlos con �xito. Veremos si avanzan de inmediato, o nos dan aunque sea dos o tres d�as, cosa que no creo.

Esa noche comenc� a tomar todas las disposiciones necesarias para distribuir nuestras fuerzas poco numerosas entre los principales puntos clave. En ese mismo mensaje a Paz, le orden� al capit�n rebelde que avanzara "a marchas forzadas hacia Santo Domingo". Deb�a dejar all� el personal del pelot�n de Francisco Cabrera Pupo, Paco, cuya misi�n ser�a defender el camino de Estrada Palma a Santo Domingo a lo largo del r�o Yara, a la altura de Casa de Piedra. Despu�s Paz deb�a trasladarse a Palma Mocha y posicionarse en el camino que sub�a por el r�o de ese nombre, a la altura de la casa del colaborador campesino Emilio Cabrera, en el lugar conocido por El Jubal. Desde esa posici�n podr�a salir al paso de cualquier fuerza enemiga que intentara penetrar desde la costa a lo largo del r�o Palma Mocha, que junto al de La Plata eran las dos v�as m�s directas de acceso a nuestro territorio central desde el Sur. Tanto Paz como Cuevas eran dos capitanes de pelotones, uno trabajador de las minas de Charco Redondo y otro procedente de Las Villas, ambos excelentes jefes.

En el momento en que redact� este mensaje a Paz, el capit�n rebelde estaba cerca de Agualrev�s. El d�a 5 hab�a pasado por La Estrella, m�s arriba de Minas de Bueycito, adonde hab�a llegado con m�s de 300 toros y 30 caballos recogidos en La Candelaria, en las cercan�as de Bayamo, en cumplimiento del plan de reunir la mayor cantidad de ganado en la Sierra, en espera de la anunciada ofensiva enemiga. El d�a 9, ya Paz hab�a llegado a Santo Domingo, y al d�a siguiente ocup� las posiciones indicadas en las inmediaciones de la casa de Emilio Cabrera. En Santo Domingo quedaba el personal de Paco Cabrera Pupo, que se movi� r�o abajo y se instal� en Casa de Piedra.

En el propio mensaje a Paz del 8 de mayo resum� las dem�s disposiciones defensivas adoptadas en los accesos m�s directos a la zona del firme de La Plata, que por su ubicaci�n y por las condiciones que se hab�an ido creando en ella hab�a sido decidida por m� como el eje central de la defensa:

En Providencia est� [Eddy] Su�ol, que har� all� la primera resistencia, y los ir� frenando hasta llega[r] a la casa de Piedra. Ya en la casa de Piedra,Su�ol se replegar� por el firme y entonces el camino de Santo Domingo, comienza a ser defendido por el

pelot�n de Paco. [...] Lalo Sardi�as estar� cuidando la entrada de los Lirios y Loma Azul. Nosotros cuidaremos la de la Plata.

Con estas disposiciones quedaban cubiertos los principales accesos a la zona de La Plata desde el nordeste. La posible v�a de penetraci�n a partir de Minas de Bueycito ser�a defendida por el personal de Ramiro Vald�s y el refuerzo del Tercer Frente, al mando de Guillermo.

En cuanto al sector sur, junto con la ubicaci�n de Paz en Palma Mocha, dispuse esa misma noche el env�o de un grupo de combatientes a la boca del r�o La Plata, a las �rdenes de los capitanes Pedro Miret y Ren� Rodr�guez.

Y a Crescencio le trasmit� la orden de hostigar con una parte de su personal a la tropa enemiga, supuestamente desembarcada en El Macho. En el sector noroeste se mantuvieron por el momento las mismas posiciones asignadas desde finales de abril.

El d�a 9, el enemigo arreci� la intensidad del bombardeo y ametrallamiento a�reo y el ca�oneo desde la fragata estacionada frente a la costa, concentrados sobre la cuenca del r�o La Plata. Ya al d�a siguiente comenc� a recibir informaciones, en el sentido de que la noticia del desembarco era falsa, al igual que otra de un segundo desembarco por Palma Mocha ese mismo d�a. En vista de ello, decid� redistribuir de nuevo nuestras fuerzas. El pelot�n de Cuevas, que estaba junto con la escuadra de Marcos Borrero en el camino de Arroy�n, pasar�a a Mompi�, en el firme de la Maestra, como reserva destinada a moverse en cualquier direcci�n necesaria. La escuadra de �lamo, que estaba junto a la de Angelito Verdecia en el camino del Cerro a Las Mercedes, se ubicar�a en El Toro, a mitad de camino entre Mompi� y Casa de Piedra, tambi�n disponible para moverse al punto que hiciera falta reforzar. La escuadra de Ra�l Castro Mercader, ubicada junto con la de Blas Gonz�lez en el camino de El J�baro, se mover�a m�s arriba de Las Mercedes, en el camino hacia Gabiro y San Lorenzo. Marcos Borrero y Blas Gonz�lez permanecer�an en sus respectivas posiciones. Estos dos jefes ser�an sustituidos en el mando de sus pelotones antes del comienzo de la ofensiva por Horacio Rodr�guez y Alfonso Zayas, respectivamente. Angelito Verdecia, por su parte, pas� dos d�as despu�s a una posici�n mejor sobre el mismo camino, en la loma de La Herradura. Tambi�n quedaba en su lugar el resto del personal de Crescencio que cubr�a los accesos desde Cienaguilla.

En el sector nordeste, Su�ol se manten�a en Providencia, Lalo Sardi�as en Los Lirios y los hombres de Guillermo y Ramiro en la zona de Minas de Bueycito, mientras que la escuadra de Paco Cabrera Pupo, destinada dos d�as antes a Casa de Piedra, pasar�a a una posici�n en el alto de la Maestra, entre Santo Domingo y La Plata, desde donde tambi�n podr�a actuar de reserva seg�n las circunstancias. Este personal permaneci� unos d�as m�s en Casa de Piedra, hasta que Paco ocup� su nueva posici�n con una parte de sus hombres, y otra qued� en el lugar, al mando de F�lix Duque. Al Sur, Manuel Acu�a se mantendr�a en El Macho con el personal de la Columna 7 enviado para all�, Ren� Rodr�guez y Pedrito en la desembocadura de La Plata, y Ram�n Paz en el r�o Palma Mocha.

En el mensaje en que le inform� desde Mompi� a Celia estas nuevas disposiciones y le ped� que se las hiciera saber al Che, le insist� en que trasmitiera a todos nuestros capitanes que "por cada camino posible del enemigo, hay que preparar, por lo menos, veinte l�neas defensivas", y le indiqu� tambi�n:

Las gestiones de mercanc�a, zapatos y ropa, deben seguirse haciendo hasta el �ltimo minuto. Con el tiempo que hemos ganado, nuestra posici�n est� mucho mejor.

En otro mensaje al d�a siguiente, todav�a desde Mompi�, le escrib� a la propia Celia:

De todas formas no considero perdidas las energ�as porque adelantamos los preparativos de defensa. Nos conviene, adem�s, disponer de un tiempo m�nimo para completar algunas cosas, entre ellas, el tel�fono.

[...] No obstante la falsa alarma, todo el mundo debe permanecer en estado de alerta para que no puedan sorprendernos.

A partir de ese momento, en efecto, nos mantuvimos en plena disposici�n combativa y aceleramos todos los preparativos para la defensa del territorio. El Che realiz� por estos d�as varios recorridos de las posiciones en el sector noroeste, para instruir directamente a los jefes de cada tropa. Las noticias de movimientos de fuerzas enemigas y la ocupaci�n de puntos diversos se multiplicaban, casi todas infundadas.

Otra informaci�n, a la que al principio dimos poco cr�dito, fue la del aterrizaje de un peque�o avi�n, el 10 de mayo, en nuestra flamante pista de Manacas. Pero result� ser cierta. El d�a 12, ya confirmada la noticia, instru� a Crespo para que comenzara a fabricar tambi�n bombas que pudieran ser lanzadas desde el aire, y escrib� al Che:

Visto el hecho de que ya aterriz� el primer avi�n y es urgente la necesidad de mantener abierta esa v�a el mayor tiempo posible, aparte [de] la posibilidad de utilizar el campo para acciones ofensivas, la zona cobra mayor importancia para nosotros y requiere defenderla de manera m�s efectiva.

Para lograrlo, dispuse reforzar al personal de El Macho con la escuadra de reserva de �lamo, y a las posiciones de la desembocadura de La Plata con una ametralladora calibre 50 �la de Braulio Curuneaux� y un mortero, y enviar a Paz para la playa de Ocujal con la otra calibre 50 �la de Albio Ochoa y Fidel Vargas�, con la misi�n de cubrir otros puntos cercanos donde era factible un desembarco. De esta forma quedaban protegidos casi todos los accesos m�s favorables desde el mar, salvo las bocas de los r�os Palma Mocha y La Magdalena, para los que sencillamente no ten�a personal disponible en ese momento. Las lluvias incesantes de esos d�as me obligaron a aplazar al d�a 13 el recorrido personal de estas posiciones, en el que, por la misma raz�n, tuve que invertir tres d�as.

Como resultado de esta inspecci�n directa de las posiciones, modifiqu� un poco la disposici�n de nuestras fuerzas en la costa. Para reforzar m�s a�n la desembocadura de La Plata, destin� all� a la escuadra de �lamo, y en El Macho dej� al personal de Crescencio, incrementado y subordinado en esa posici�n desde ese momento a los capitanes Ren� Fiallo y Ra�l Podio, mientras Manuel Acu�a regresaba a cubrir la desembocadura del r�o Mac�o. De esa manera, la cuenca de La Plata se convert�a en una verdadera fortaleza, con posibilidades, no solo de impedir el desembarco enemigo, sino tambi�n de hacer una fuerte resistencia a lo largo del r�o, en caso de que los guardias lograran avanzar por tierra. Mi �nica preocupaci�n importante en este sector segu�a siendo la boca del r�o Palma Mocha, a donde pocos d�as despu�s logramos finalmente destinar una escuadra al mando de Vivino Teruel.

Est�bamos convencidos de que con todo este conjunto de disposiciones y preparativos podr�amos resistir el gran esfuerzo que organizaba el enemigo. El objetivo estrat�gico segu�a siendo la defensa organizada de nuestro territorio base y de las principales instalaciones creadas en la zona: Radio Rebelde, la pista a�rea, la armer�a, los hospitales, los talleres de confecciones, la tasajera, la c�rcel y la escuela de reclutas. La propia din�mica de nuestra f�rrea resistencia, escalonada en torno al n�cleo central de ese territorio, ir�a provocando, por una parte, el desgaste del enemigo y la p�rdida de su iniciativa ofensiva y, por otra, la concentraci�n de nuestras fuerzas, con lo cual se crear�an las condiciones que nos permitir�an, despu�s de un lapso �que de manera muy tentativa calcul�bamos de tres meses�, lanzarnos a la contraofensiva y derrotar, capturar o expulsar al enemigo de la monta�a.

Nuestro esp�ritu por estos d�as previos quedaba claro en las l�neas finales de un mensaje que envi� a Faustino P�rez el 25 de abril:

Aqu� nos preparamos para afrontar en pr�ximas semanas la ofensiva de la dictadura. Derrotarla es cuesti�n de vida o muerte. El Movimiento debe estar muy consciente de esta realidad y concentrar su esfuerzo en defender esta trinchera. La moral de nuestra tropa est� alt�sima; estamos seguros de que resistiremos y deseosos de que comiencen el avance.

En uno de los partes emitidos a mediados de mayo por Radio Rebelde, dec�amos lo siguiente, respecto a los preparativos enemigos y a nuestra disposici�n de combate:

La Comandancia General rebelde se mantiene informada en todos sus detalles de los movimientos enemigos. [...]

El pueblo de Cuba ser� informado detalle a detalle del curso de las operaciones. Estamos en v�speras de la contienda m�s violenta que registra nuestra historia Republicana. La Dictadura, dej�ndose llevar por el optimismo, cree que despu�s del episodio de la huelga general, va a encontrar desalentadas a las huestes revolucionarias.

Los que somos veteranos de tan desigual lucha, los que un d�a nos vimos con un pu�ado insignificante de hombres, apenas sin armas y sin balas; los que conocemos estas monta�as como la palma de nuestras manos; los que sabemos con qu� clase de hombres contamos, el valor de cada combatiente y la pericia de cada comandante y capit�n rebelde, nos sentimos tranquilos. [...]

Es que cada rebelde sabe que aun muriendo cada uno de nosotros hasta el �ltimo, con el fusil en la mano, ser� una victoria, ser� un ejemplo imperecedero para las generaciones venideras, ser�a revivir en nuestra patria las grandes epopeyas de la historia.

�Qu� torpes los que creen que quienes han vivido con el orgullo de disfrutar la libertad con las armas en la mano, se pueden rendir y aceptar sumisos y avergonzados el yugo de la opresi�n! �Qu� necios los que se hacen ilusiones frente a una legi�n de hombres que han derrotado setenta veces al enemigo en los campos de batalla! A la invitaci�n de que depongamos las armas, solo tenemos una respuesta, �por qu� no ordenan el avance? Ya es hora de que peleen en vez de implorar rendiciones.

El 25 de mayo, en las Vegas de Jibacoa, tuvo lugar la primera reuni�n campesina en territorio rebelde. Ese d�a discutimos con todos los pobladores de la zona, y de muchos otros barrios cercanos, las medidas que consider�bamos necesarias para asegurar la cosecha de caf� y organizar el resto de la actividad econ�mica en vista del bloqueo impuesto por el enemigo a la Sierra y del inminente comienzo de la ofensiva. Ese mismo d�a, muy cerca de donde est�bamos reunidos con nuestros leales y esforzados colaboradores campesinos, comenz� la batalla que tanto hab�amos esperado y para la que nos hab�amos preparado con tanto esmero, seguros de la victoria.

(Continuar�)

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: Editora Principal. Especialista de I Grado en Medicina Interna, Master en Enfermedades Infecciosas | Direcci�n de Cuadros, MINSAP | 23 y N, Plaza, Ciudad de La Habana, 10400, Cuba | Tel�fs.: (537) 8383402. Horario de atenci�n:: de 8:30 a.m. a 5:00 p.m. de Lunes a Viernes