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jueves, 19 de septiembre de 2019

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La Victoria Estrat�gica Cap�tulo 1

La situaci�n general del pa�s y de la lucha revolucionaria en mayo de 1958

(Cap�tulo 1)

La gran ofensiva enemiga contra el Primer Frente del Ej�rcito Rebelde en la Sierra Maestra fue el esfuerzo organizado m�s ambicioso y mejor preparado de las Fuerzas Armadas del r�gimen de Fulgencio Batista para derrotar al Ej�rcito Rebelde.

Fidel y el Che en la Sierra Maestra.

Se llev� a cabo cuando ya hab�a transcurrido a�o y medio de guerra revolucionaria en las monta�as de la Sierra Maestra. Ser�a conveniente iniciar este relato con un r�pido examen de la situaci�n general del pa�s en mayo de 1958, para comprender mejor el contexto en que se desarroll� la gran operaci�n que el Ej�rcito de la tiran�a consideraba definitiva y final.

Fuera del �mbito espec�fico de la Sierra Maestra, en el primer a�o de guerra se hab�a ido produciendo en el pa�s un marcado incremento del clima insurreccional.

Durante los primeros meses de 1957, mientras se consolidaba nuestra guerrilla en la monta�a, ocurr�a un din�mico proceso de reorganizaci�n del aparato clandestino del Movimiento 26 de Julio en las ciudades, y de fortalecimiento de su acci�n, bajo el impulso de la actividad de Frank Pa�s, quien fung�a desde Santiago de Cuba como responsable nacional de acci�n del Movimiento en ese per�odo y, de hecho, como su dirigente clandestino despu�s de las detenciones de Faustino P�rez y Armando Hart en marzo y abril, respectivamente.

En esta labor de Frank fueron notables sus resultados en la reorientaci�n de los grupos de acci�n del Movimiento, la organizaci�n de la lucha en el sector obrero y la estructuraci�n de la resistencia c�vica. Una de las prioridades de la actividad de Frank durante las �ltimas semanas de su vida fue el impulso de la secci�n obrera del Movimiento, la cual, dentro de nuestra concepci�n revolucionaria, cuando el ataque al Moncada deb�a ser la estocada final contra la tiran�a despu�s que levant�ramos y arm�ramos la ciudad de Santiago de Cuba. La guerra en las monta�as ser�a la alternativa si el llamado a la huelga no ten�a �xito.

En el Uvero.

Uno de los mayores golpes para el Movimiento y para la lucha revolucionaria en Cuba ocurri� el primer a�o de guerra, el 30 de julio de 1957, cuando Frank Pa�s fue apresado en Santiago y asesinado en plena calle. La muerte de Frank provoc� una reacci�n popular espont�nea de tal magnitud que la ciudad qued� virtualmente paralizada durante varios d�as. El entierro del joven luchador se convirti� en la manifestaci�n de rebeld�a m�s masiva de la historia santiaguera hasta ese momento, y en expresi�n elocuente del repudio generalizado contra el r�gimen y el sentimiento de rebeld�a de la poblaci�n de Santiago. Lo que ocurri� ese d�a demuestra que aquella ciudad de gran tradici�n patri�tica se habr�a levantado si el 26 de julio de 1953 hubi�ramos ocupado el cuartel Moncada.

Otro hecho que conmocion� a la opini�n p�blica nacional y sacudi� fuertemente al r�gimen tir�nico fue el alzamiento del 5 de septiembre de 1957 de la dotaci�n naval de Cienfuegos, bajo la direcci�n de nuestro Movimiento. Los sublevados lograron dominar la Base Naval de Cayo Loco y, con la participaci�n de las milicias del Movimiento 26 de Julio y de numerosos ciudadanos que se aprestaron a luchar con las armas distribuidas al pueblo, comenzaron a combatir en distintos puntos de la ciudad. Durante todo ese d�a, y gran parte de la noche, se luch� en las calles de Cienfuegos, hasta que vencidos los �ltimos focos de resistencia popular por los poderosos refuerzos enviados desde Santa Clara, Matanzas, Camag�ey y La Habana, la ciudad amaneci� el d�a 6 de nuevo en manos del enemigo.

A mediados de julio de 1957, despu�s del sangriento Combate de Uvero, donde ocupamos gran n�mero de armas, decidimos crear la Columna 4, bajo el mando de Ernesto Guevara. El Che se hab�a destacado en ese rudo combate. Era capit�n m�dico de los expedicionarios. Con una peque�a escolta cuid� y atendi� a nuestros heridos. Fue el primer oficial ascendido a Comandante.

Croquis del Asalto al Cuartel del Uvero, el 28 de mayo de 1957.

El fracaso del primer intento de ofensiva general contra el incipiente Ej�rcito Rebelde cre� un estado de frustraci�n en los mandos militares de la tiran�a, y la consecuencia inmediata fue el recrudecimiento de la m�s despiadada represi�n contra la poblaci�n campesina en la Sierra Maestra.

En febrero de 1958, el Ej�rcito Rebelde estaba en condiciones de pasar a una etapa superior de desarrollo y, con ello, a un nuevo per�odo en la guerra, tomando en cuenta la experiencia y conocimientos adquiridos.

En los primeros d�as de marzo de 1958 partieron de La Mesa, en la Sierra Maestra, dos nuevas columnas rebeldes designadas con los n�meros 6 y 3, al mando de dos nuevos comandantes, Ra�l Castro Ruz y Juan Almeida Bosque, ambos combatientes del Moncada y expedicionarios del Granma, reci�n ascendidos. Uno llevaba la misi�n de crear el Segundo Frente Oriental Frank Pa�s, y otro, el Tercer Frente Mario Mu�oz Monroy, en las proximidades de Santiago de Cuba. Entre ambos llevaban casi 100 combatientes de la Columna 1, buenos pelotones y escuadras, y buenas armas. El Ej�rcito Rebelde crec�a en hombres, experiencia y calidad. Como ave F�nix hab�a resucitado de sus cenizas.

Durante los meses de febrero y marzo de 1958, me vi en la necesidad de dedicar atenci�n a un flujo creciente de periodistas, tanto cubanos como extranjeros, llegados a la Sierra. Nuestra lucha en las monta�as de Oriente ya era motivo de inter�s en el mundo. Entre los visitantes recibidos se contaron el argentino Jorge Ricardo Masetti, autor despu�s de un hermoso libro sobre nuestra lucha; el ecuatoriano Ricardo Bastidas, asesinado por los cuerpos represivos de la tiran�a batistiana; el mexicano Manuel Cam�n y el uruguayo Carlos Mar�a Guti�rrez, quienes publicaron buenos reportajes en la prensa de sus pa�ses; el espa�ol Enrique Meneses, autor de algunas de las fotos emblem�ticas de la lucha en la Sierra; los norteamericanos Homer Bigart, Ray Brennan y otros.

Tambi�n por esta �poca pas� varias semanas entre nuestros combatientes el periodista y camar�grafo Eduardo Hern�ndez, muy conocido en Cuba por su sobrenombre de Guayo, quien fue el primer cubano que film� escenas de nuestra lucha.

Durante los meses iniciales de 1958, al tiempo que se consolidaba la lucha guerrillera y ten�a lugar un cambio cualitativo de la guerra, se manten�a en ascenso el clima insurreccional en el resto del pa�s. El decisivo est�mulo aportado por las sostenidas victorias rebeldes, el progresivo fortalecimiento de los mecanismos organizativos y funcionales del aparato clandestino del Movimiento 26 de Julio, la participaci�n en la lucha contra la tiran�a de sectores cada vez m�s amplios de la poblaci�n en todo el pa�s y la escalada en la brutalidad represiva del r�gimen, contribu�an a crear condiciones muy propicias para el desarrollo del enfrentamiento popular en todas sus modalidades.

Este auge de la lucha popular cre� en la direcci�n del Movimiento en el llano la apreciaci�n de que las condiciones eran favorables en el pa�s para el desencadenamiento de la huelga general revolucionaria, que hab�a sido siempre �como expliqu� el objetivo estrat�gico final para lograr el derrocamiento de la tiran�a. En diciembre de 1958, con 3 000 combatientes victoriosos y el llamado a la huelga general revolucionaria, frustramos todas las maniobras contrarrevolucionarias, y controlamos las 100 000 armas en poder de las fuerzas armadas al servicio del r�gimen en 72 horas.

No es mi prop�sito en estas p�ginas entrar en un examen detallado del proceso que condujo a la huelga del 9 de abril de 1958, de las discusiones sostenidas en el seno de la direcci�n nacional del Movimiento, incluida la reuni�n de El Naranjo, en la Sierra Maestra, en los primeros d�as de marzo de 1958, ni de las causas que motivaron el fracaso del intento de huelga, a pesar de las acciones heroicas ocurridas ese d�a en muchas localidades del pa�s. Lo que me interesa destacar aqu� son dos cuestiones.

Primera, el rev�s en la huelga general del 9 de abril constituy� un duro golpe para el Movimiento clandestino en el llano, que durante las semanas subsiguientes se vio obligado a reorganizar sus fuerzas. Desde la Sierra Maestra yo expliqu�, a trav�s de Radio Rebelde, las lecciones del fracaso y proclam� mi optimismo acerca de las perspectivas de la lucha contra la tiran�a: "Se perdi� una batalla pero no se perdi� la guerra".

Debo se�alar que dentro del Movimiento 26 de Julio, su direcci�n en la clandestinidad, nunca consider� el desarrollo de una fuerza militar capaz de derrotar a las Fuerzas Armadas de Cuba. Era natural, en esa etapa, que no pocos de nuestros cuadros no vieran en el peque�o ej�rcito una fuerza capaz de vencer al Ej�rcito de Batista. Lo cre�an capaz de generar un movimiento revolucionario en el seno del ej�rcito profesional que, unido al 26 de Julio y bajo su direcci�n, derrocara a Batista y abriera las puertas a una revoluci�n. Nosotros luch�bamos para crear las condiciones para una verdadera revoluci�n, con la participaci�n, incluso, de los militares honestos dispuestos a incorporarse a ella. En cualquier circunstancia �ramos partidarios de crear una fuerte vanguardia armada.

En el Granma no ven�a ni el 5% de las armas autom�ticas que consider�bamos necesarias para una lucha exitosa, apel�bamos por ello a los fusiles de precisi�n y otras armas asequibles para derrotar a las fuerzas de los institutos militares al servicio de Batista. Al fin y al cabo, nos vimos obligados a partir de cero, despu�s del ataque sorpresivo enemigo en Alegr�a de P�o. Nuestro proyecto hab�a recibido de nuevo un rudo golpe. No pod�amos exigirle a otros que creyeran en nuestra victoria militar, hab�a primero que demostrarla. Hoy no albergo la menor duda de que sin la victoria del Ej�rcito Rebelde, la Revoluci�n no habr�a podido sostenerse.

La experiencia del frustrado intento de huelga trajo como resultado la revisi�n a fondo de las concepciones organizativas y de lucha en el seno del Movimiento 26 de Julio, que quedaron plasmadas en un conjunto de decisiones pol�ticas y organizativas tomadas en la reuni�n de la direcci�n nacional del Movimiento, efectuada el 5 de mayo de 1958 en Mompi�, coraz�n del territorio del Primer Frente en la Sierra Maestra. Estas decisiones contribuyeron a la elevaci�n de la acci�n insurreccional a un plano superior e, incluso, al logro definitivo de la unidad entre las diversas fuerzas revolucionarias.

Segunda, el fracaso de la huelga de abril alent� a la tiran�a a la aceleraci�n de los planes de la gran ofensiva que ven�a preparando contra el Ej�rcito Rebelde y, en particular, contra el territorio del Primer Frente, desde la derrota de la campa�a de invierno. Hay constancia de que los mandos militares de la tiran�a consideraron propicio el momento para lanzar su gran ofensiva partiendo del supuesto de la desmoralizaci�n que ellos consideraban hab�a causado entre nosotros el rev�s del 9 de abril.

Esta era la situaci�n en la Sierra Maestra y en el pa�s en mayo de 1958, cuando se desat� la gran ofensiva que el enemigo consider� como la batalla definitiva que liquidar�a de una vez por todas la amenaza rebelde.

Infortunadamente, existen muy pocos documentos sobre los planes de operaciones del Ej�rcito batistiano para destruir el peque�o Ej�rcito Rebelde cuando comenz� a dar nuevamente se�ales de vida, despu�s de su segunda liquidaci�n, esta vez en los altos de Espinosa, cuando un peque�o grupo de 24 hombres estuvo a punto de ser totalmente liquidado con todos sus futuros comandantes: Ra�l, jefe del Segundo Frente Oriental; el Che, jefe del frente al este del Turquino y de la Columna Invasora Ciro Redondo; Camilo Cienfuegos, jefe de la vanguardia de nuestra columna; Efigenio Ameijeiras, de la retaguardia de la misma, que dirigidos por m�, con el resto de los expedicionarios del Granma, asestamos los primeros golpes al enemigo, caus�ndoles numerosas bajas a los paracaidistas de Mosquera y a las tropas de Casillas, sin sufrir una sola baja. Conmigo, en los altos de Espinosa, el enemigo estuvo a punto de eliminarnos a todos por la traici�n de Eutimio Guerra.

El desarrollo de la gran ofensiva enemiga del verano de 1958 contra el Primer Frente de la Sierra Maestra y su rechazo por el Ej�rcito Rebelde, que vamos a ofrecer en este volumen, no se entender�a plenamente sin una informaci�n previa, aunque sea breve, de los fundamentos de la planificaci�n de esa ofensiva, realizada por los mandos militares de la tiran�a.

El 27 de febrero de 1958, el teniente coronel Carlos San Mart�n, jefe de la Secci�n de Operaciones del Estado Mayor del Ej�rcito, present� a sus superiores un memor�ndum clasificado como "Muy Secreto" y titulado "Plan F-F (Fase Final o Fin de Fidel)". Este documento estaba relacionado con el plan de operaciones para la gran ofensiva enemiga del verano de 1958, con el "Visto Bueno" del director de Operaciones, mayor general Mart�n D�az Tamayo, y del jefe del Estado Mayor del Ej�rcito, teniente general Pedro A. Rodr�guez �vila.

Despu�s de los combates de Mar Verde, el 29 de noviembre �donde muri� Ciro Redondo�, el del alto de Conrado, el 8 de diciembre, que sostuvo la columna del Che contra las fuerzas del entonces comandante �ngel S�nchez Mosquera, y de la ocupaci�n de la base permanente de la Columna 4, a las �rdenes del Che en El Hombrito, la penetraci�n en el territorio rebelde por el frente oriental perdi� impulso. S�nchez Mosquera se vio obligado a realizar una retirada por las faldas del Turquino hacia Ocujal. En el frente occidental de la Sierra, una compa��a enemiga al mando del comandante Merob Sosa, otro despiadado asesino, fue emboscada y desarticulada en las cercan�as de Mota, el 20 de noviembre, por un pelot�n de la Columna 1 dirigido por Ciro Fr�as. Otra tropa fresca, bajo las �rdenes del comandante Antonio Su�rez Fowler, fue batida en Gabiro ese mismo d�a por otros pelotones al mando de Efigenio Ameijeiras, Juan Soto �quien muri� en ese combate�, y otros capitanes rebeldes de la Columna 1. Las fuerzas de nuestra columna en aquellos d�as no rebasaban los 140 hombres con armas de guerra.

Los cinco batallones de infanter�a y varias compa��as independientes chocaron con una resistencia mucho m�s organizada y s�lida que la esperada por el enemigo a fines de 1957. En junio de ese a�o, Frank Pa�s hab�a enviado un contingente de j�venes combatientes del Movimiento 26 de Julio, a las �rdenes de Jorge Sot�s, para reforzar al peque�o grupo de 30 hombres que hab�a sobrevivido y golpeado a las tropas batistianas que, al mando de los paracaidistas y de Casillas, nos persegu�an con sa�a. Entonces combat�amos con las armas recogidas por el futuro comandante Guillermo Garc�a, primer campesino sumado a los sobrevivientes de la expedici�n del Granma tras el ataque sorpresivo de Alegr�a de P�o que pr�cticamente liquid�, en brev�simo tiempo, nuestra fuerza, la que nos hab�a costado organizar, entrenar y armar durante m�s de dos a�os.

Despu�s del ataque frustrado al Palacio Presidencial por el Directorio Revolucionario, y la muerte de su jefe, Jos� Antonio Echeverr�a, las armas empleadas en esa acci�n fueron enviadas a Santiago de Cuba por Manuel Pi�eiro. Frank remiti� una parte de estas por mar a la Columna 1, y con ellas se libr� el sangriento Combate de Uvero.

Los primeros meses de 1958 constituyeron el per�odo de extensi�n y profundizaci�n de la lucha guerrillera en los llanos del Cauto, con la llegada a esa zona de una peque�a columna al mando del capit�n Camilo Cienfuegos, poco despu�s ascendido a comandante. Fue cuando preparamos y lanzamos el segundo ataque al campamento enemigo en Pino del Agua, la primera acci�n de gran envergadura operacional de nuestro Ej�rcito Rebelde; tambi�n en ese tiempo creamos las Columnas 6 y 3, al mando de los comandantes Ra�l Castro Ruz y Juan Almeida, respectivamente �participantes en el ataque al cuartel Moncada el 26 de julio de 1953 en Santiago de Cuba�, y extendimos la guerra al este de la Sierra Maestra y a las monta�as al noreste de la antigua provincia oriental.

El 21 de marzo de 1958 tuvo lugar una conferencia del Estado Mayor para discutir los planes futuros de operaciones. La reuni�n dur� cuatro horas, con la participaci�n de todos los cabecillas militares del r�gimen, entre ellos el general Francisco Tabernilla Dolz, jefe de Estado Mayor Conjunto; el teniente general Pedro A. Rodr�guez �vila, jefe del Estado Mayor del Ej�rcito; el mayor general Eulogio Cantillo Porras, jefe en ese momento de la Divisi�n de Infanter�a �a quien quiz�s ya se hab�a decidido nombrar jefe de la zona de operaciones con vistas a la pr�xima ofensiva� y el coronel Manuel Ugalde Carrillo, jefe hasta ese momento de la zona de operaciones.

El coronel Ugalde Carrillo propuso crear nueve batallones de combate contraguerrillas, integrados cada uno por dos compa��as de fusileros, reforzadas con armas pesadas. Cada uno de estos batallones estar�a compuesto por un total de 186 hombres, y contar�a con dos morteros de 60 mil�metros; dos bazucas de 4,2 pulgadas; dos ametralladoras calibre 30; 12 fusiles autom�ticos; 48 carabinas y 114 fusiles, lo cual les asegurar�a un considerable poder de fuego. La nueva ofensiva podr�a comenzar inmediatamente despu�s que concluyera la zafra y la ejecuci�n del anterior plan de hostigamiento a nuestras fuerzas.

La propuesta del jefe de la zona de operaciones fue rechazada. El Estado Mayor del Ej�rcito elabor� un plan en el que tambi�n se contemplaba la creaci�n de nueve batallones, pero, en este caso, integrados por tres compa��as cada uno, y una composici�n diferente. Quince de las 27 compa��as requeridas ser�an las mismas que ya exist�an en la zona de operaciones, cuya integridad se mantendr�a. Las otras 12 ser�an compa��as de fusileros de 85 hombres cada una, compuestas por reclutas.

En principio, los batallones a los que se les asignaron las misiones m�s importantes estar�an constituidos por una de las compa��as reforzadas de la Divisi�n de Infanter�a y dos de las nuevas compa��as de fusileros, para un total aproximado de 360 hombres por batall�n, es decir, el doble de los propuestos por Ugalde Carrillo. La masividad de esta cifra seguramente resultaba m�s tranquilizadora para los estrategas del Estado Mayor. Por otra parte, al estar dotada una de las compa��as con armas pesadas, se cre�a haber dado con una soluci�n que, aunque sacrificaba la movilidad, garantizaba un golpe m�s s�lido.

En definitiva, este esquema de organizaci�n fue cumplido en l�neas generales. Lo �nico que vari� fue la cantidad total de hombres. La cifra considerada necesaria para la ofensiva fue creciendo entre los meses de febrero y mayo en una verdadera espiral, en cuanto a volumen.

Los que estaban pasando escuelas terminar�an su preparaci�n de manera escalonada entre mediados de marzo y mediados de junio. No se podr�a contar con el personal necesario para la ofensiva, al menos hasta la segunda quincena de abril.

A estas circunstancias se a�adi� un "regalo" de la direcci�n nacional del Movimiento 26 de Julio: el fracaso de la huelga revolucionaria, que cost� muchas vidas de combatientes heroicos. La tiran�a consider� llegado el momento psicol�gico oportuno para dar la batida final en las monta�as de Oriente. Part�an del supuesto de que, el fracaso de las acciones relacionadas con la huelga habr�a creado un ambiente derrotista y la desmoralizaci�n en las filas rebeldes. No conoc�an el temple de nuestro peque�o ej�rcito ni el h�bito de renacer de sus cenizas.

En el m�s reciente plan todav�a se manten�a la f�rmula de organizar y entrenar las nuevas unidades fuera de la zona de operaciones y trasladarlas all� en el �ltimo momento para aprovechar al m�ximo el supuesto factor sorpresa.

Ya a la altura de los primeros d�as de marzo, la jefatura de la zona de operaciones consideraba insuficiente su propia petici�n de nueve batallones de combate para la ofensiva. La cifra requerida se hab�a elevado a 13, sin contar con otro batall�n de infanter�a de marina que se solicitaba a la Marina de Guerra, y con las fuerzas de los escuadrones de la Guardia Rural, entre otras presentes tambi�n en la zona de operaciones.

El jefe del Estado Mayor se refiri� a la Columna 6, al mando de Ra�l, que ya para esa fecha hab�a establecido el Segundo Frente, afirmando que constitu�a "una amenaza grave a la retaguardia".

El 25 de ese mes �marzo de 1958� se orden� el alistamiento de otros 4 000 ciudadanos como soldados de la Reserva Militar, quienes deber�an completar las cifras y estar disponibles para cualquier eventualidad.

El alto mando tom� la decisi�n de incorporar a las fuerzas de la zona de operaciones, con vistas a la proyectada ofensiva, nuevos contingentes procedentes de distintos mandos militares, cuya participaci�n no hab�a sido contemplada en un inicio. As� entraron a formar parte de la planificaci�n cinco nuevas compa��as de la Divisi�n de Infanter�a, una del Regimiento de Artiller�a, dos del Cuerpo de Ingenieros, dos de la Fuerza A�rea del Ej�rcito, una de la Escuela de Cadetes y nueve de los diferentes regimientos de la Guardia Rural, para un total de 20 unidades. En las semanas subsiguientes seguir�an agreg�ndose compa��as, hasta alcanzar el gran total de 55 unidades que participar�an en la zona de operaciones durante todo el desarrollo de la ofensiva. La mayor parte de estas nuevas compa��as estar�an formadas, indistintamente, por soldados de relativa antig�edad y reclutas, en proporci�n variable seg�n el caso.

El 25 de mayo, primer d�a de la ofensiva, el enemigo contaba ya con no menos de 7 000 hombres disponibles para la ejecuci�n directa del plan de operaciones, y lleg� a movilizar, en total, alrededor de 10 000 efectivos.

Para combatir el torrente de soldados que se nos ven�a encima, el Primer Frente de la Sierra Maestra hab�a logrado reunir para la fecha alrededor de 220 hombres con armas de guerra, incluyendo el personal de la columna del Che, organizados en pelotones y escuadras, muchas de estas con jefes nuevos, sin gran experiencia, pero con excelente disposici�n y gran verg�enza. Otras peque�as unidades de la Columna 3 del comandante Juan Almeida, bajo el mando de Guillermo Garc�a, se estaban ya incorporando a la defensa, y alrededor de 40 hombres de la intr�pida tropa de Camilo, los primeros combatientes del llano, marchaban hacia la Sierra Maestra. Juntos ser�amos alrededor de 300. Este libro contiene la narraci�n sint�tica y absolutamente fiel de lo que ocurri�.

(Continuar�)

Fidel en la Sioerra Maestra.

Carta enviada a Frank Pa�s tras la muerte de su hermano Josu�, en Santiago de Cuba.

Segunda parte carta anterior. En esta carta aparece el Che como Comandante.

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: Editora Principal. Especialista de I Grado en Medicina Interna, Master en Enfermedades Infecciosas | Direcci�n de Cuadros, MINSAP | 23 y N, Plaza, Ciudad de La Habana, 10400, Cuba | Tel�fs.: (537) 8383402. Horario de atenci�n:: de 8:30 a.m. a 5:00 p.m. de Lunes a Viernes