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Historias interesantes

 
 

 

 


El 24 de marzo de 1882 se sentenció a la tuberculosis

Autor: Lic. José Antonio López Espinosa
Centro Nacional de Información de Ciencias Médicas. Calle E, No. 454 entre 19 y 21, Vedado.

El 24 de marzo de 1882, en una sesión de la Sociedad Alemana de Fisiología, Robert Koch dio a conocer su descubrimiento del Mycobacterium tuberculosis (bacilo de la tuberculosis), con lo que demostró la naturaleza parasitaria de una de las mayores desgracias a la que tuvo que hacer frente la humanidad en la segunda mitad del siglo XIX. En aquel entonces, una de cada dos de las muertes acaecidas en Alemania, era causada por la tuberculosis. De ahí que el descubrimiento de Koch hiciera nacer la esperanza de encontrar remedio a esa situación.

Hasta 1882 no existía unanimidad en cuanto al origen y los límites de este mal. Algunos científicos lo atribuían a periódicas alteraciones de la alimentación; otros establecían incluso divisiones de la tuberculosis, que entendían como enfermedades independientes y que sostenían por ejemplo, la idea de que las infecciones pulmonares y el cáncer podían dar lugar a la tuberculosis pulmonar. Para enfrentar a sus antagonistas científicos, Koch tuvo que hacer una impecable demostración para apoyar su convicción de que se trataba de una enfermedad infecciosa. Así, no sólo probó que los bacilos son una causa necesaria, sino también suficiente para que ésta pueda surgir. A tal efecto, se basó en los principios elaborados por él mismo y que luego llegaron a conocerse como los postulados de Koch, convertidos más tarde en una de las fuentes fundamentales de la investigación bacteriológica:
- Un determinado microorganismo puede sólo considerarse responsable de una enfermedad específica, cuando se constate su presencia siempre que se dé en esa enfermedad y no en otras.
- El microorganismo en cuestión debe poderse cultivar fuera del organismo y separado de cualquier otra bacteria.
- La implantación de cultivos puros en animales experimentales, ha de producir en ellos la misma enfermedad.

Este descubrimiento demostró de modo irrefutable el carácter infeccioso del mal, a partir de bacilos de la tuberculosis pulmonar, intestinal, glandular y de las articulaciones. El Lupus vulgaris, que antes no se relacionaba con la enfermedad, quedó así identificado como su agente principal. A partir de entonces, la esperanza de controlar la tuberculosis tuvo su fundamento, por un lado en las nuevas posibilidades de diagnóstico y, por otro, en la demostración de que ésta sólo puede trasmitirse de organismo a organismo.

En relación con la extensión de la enfermedad, Koch asignó un papel fundamental a los esputos o secreciones de las mucosas de las vías respiratorias. Por ello recomendó la desinfección de los desechos, con el fin de eliminar la mayor cantidad posible de riesgos de infección. Robert Koch, nacido en Klausthal-Zellerfeld, Alemania, el 11 de diciembre de 1843, recibió por este descubrimiento el premio Nobel de Medicina y Fisiología en 1905.

Dejó de existir en Baden-Baden el 27 de mayo de 1910, a los 66 años de edad.

Bibliografía

Albrecht B, Albrecht G, eds. Diagnosen. Arzteerinnerungen aus dem 20. Jahrhundert. Berlin: Bucverlag Der Morgen, 1981:625.

International Merchandising Corporation. Nobel laureates 1901-1990. Physiology or Medicine. En: The Nobel century. London: Chapmans, 1991:264-7.

Asimov I. Robert Koch. En: Asimov's biographical encyclopedia of science and technology. 2 rev ed. Garden City: Doubleday, 1982:498-500.

López Espinosa JA. Retrospectiva de los Premios Nobel de Medicina y Fisología. Rev Cubana Invest Biomed 1997;16(1):16-29.

 

Roentgen y los rayos X

El tubo de Crookes
Alrededor del año 1890, el físico inglés Crookes ideó su famoso tubo, con el que estudiaba el efecto calórico de los rayos catódicos. En 1894, otro físico, Lenard, demostró que los rayos catódicos pasaban a través de una delgada placa de aluminio, produciendo en el aire una fosforescencia de algunos milímetros.

Roentgen en acción
Estos experimentos llamaron la atención de otro físico alemán, Guillermo Roentgen, quien se propuso a su vez experimentar con el tubo de Crookes. Roentgen había nacido en Nennep (Alemania) el 27 de marzo de 1845. Educado en Holanda y más tarde en Suiza, demostró desde muy niño gran afición por las ciencias, especialmente la física y la química, llegando a doctorarse en la Universidad de Zurich. Más tarde fue profesor ayudante del célebre Kundt en la Universidad de Wurzburg (Baviera), y con posterioridad en la de Strasburgo. En 1879 es nombrado profesor de física y director del Instituto de Física de Giessen. En 1895 se hallaba desempeñando una cátedra de la misma materia en Wuzburg, cuando llegaron a su conocimientos las experiencias de Lenard.

Fotografía frustrada
En cierta ocasión Roentgen había tomado una fotografía y se dispuso a revelar la placa. Grande fue su asombro cuando vio que, al hacerlo, aparecía en ella, en vez de las imágenes fotografiadas, la sombra de una enorme llave. Puesto a investigar el caso comprobó que la llave en cuestión estaba colocada como marcador dentro de un libro, y que éste se encontraba en el laboratorio donde él hacía sus investigaciones. ¿Cómo era posible que la imagen de la llave hubiera atravesado las páginas y la cubierta del libro, la caja de cartón y el papel negro en que estaban envueltas las placas? ¿Sería un efecto desconocido de los rayos catódicos del tubo de Crookes?

Una luz porfiada
Lleno de curiosidad, y deduciendo ya cosas extraordinarias, comenzó Roentgen a observar con mayor empeño el efecto de los rayos catódicos. En una ocasión había colocado en un rincón del laboratorio una pantalla de platino-cianuro de bario. Y al poner en acción el tubo de Crookes observó que el cristal amarillo de la pantalla despedía una luz resplandeciente. No era sólo lo más extraño, sino que, si se interponían entre el tubo y la pantalla algunos objetos, como por ejemplo hojas de papel o de cartón, la luz persistía invariable. ¿Era que los rayos catódicos tenían la virtud de atravesar los objetos? Cubrió entonces con papel negro el tubo de Crookes, y la luz de la pantalla continuaba como si nada hubiera ocurrido. Ya no quedaba al investigador la menor duda. El tubo de Crookes irradiaba rayos desconocidos hasta entonces, que tenían esa propiedad, y a los que Roentgen puso el nombre de Rayos X , por su misteriosa cualidad.

Una foto extraordinaria
Varias eran las comprobaciones a que había llegado el investigador: la existencia de los rayos misteriosos, su facilidad para atravesar algunos cuerpos opacos, y la impresión a través de ellos de una placa fotográfica. ¿Atravesarían también los tejidos del cuerpo humano? Esta pregunta, cuya respuesta de ser afirmativa abriría maravillosos horizontes a la ciencia médica, hizo que se multiplicara su actividad. El experimentador expuso su mano a los rayos X frente a una pantalla y vio, con la consiguiente alegría, reflejados en ella los huesos del carpo y las falanges. Repetida la experiencia ante una placa fotográfica, aparecieron los huesos nítidamente recortados, en tanto los músculos marcaban una levísima sombra. Realizadas nuevas experiencias pudo comprobar Roentgen el poder extraordinario de los rayos X, pues atravesaban toda clase de cuerpos, menos el cuarzo, el espato de Islandia y el plomo. Con esto quedaba patente una de las aplicaciones más importantes que iban a tener los rayos X: facilitar el diagnóstico de muchas enfermedades mediante referencias visuales del interior del organismo. En noviembre de 1895 el sabio alemán comunicó su descubrimiento a la Sociedad Física Médica de Wurzburg, presentando las pruebas de sus experiencias. La noticia se divulgó rápidamente por todos los centros científicos del mundo y produjo una verdadera revolución. Un enorme número de investigadores se consagró desde entonces al estudio de los rayos X, y en muchas naciones se fundaron instituciones que adoptaron el nombre de "Sociedad Roentgen". En 1896 la Royal Society de Inglaterra otorgó a Roentgen la medalla Rumford, y en 1901 obtuvo también la recompensa más codiciada: el premio Nobel en Física.

El misterio se defiende
En el caso de Roentgen, como en muchos otros (el de los esposos Curie, por ejemplo, descubridores del radium), se demostró poco después que la naturaleza no permite, sin consecuencias a veces funestas, que se descubran sus profundos secretos. Con la experimentación frecuente de los rayos X se llegó a la comprobación de que su uso era sumamente peligroso. Producía quemaduras y fueron muchos los que llegaron a perder una mano, un brazo y también a contraer afecciones graves. Para evitar esos efectos se adoptó en los laboratorios donde se aplicaban rayos X el uso de delantales de plomo. Esta propiedad de los rayos X de destruir los tejidos hizo pensar a los hombres de ciencia que podrían utilizarse para usos terapéuticos, y se aplicaron desde entonces, con verdadero éxito, para la curación del cáncer, úlceras y diversas afecciones. Roentgen falleció en 1923.

Tomado de: Cruz C. Los grandes inventores. 6 ed. Buenos Aires: Atlántida, 1952:91.

 

De la vida de Tomás Romay Chacón

Autor: Lic. Alfredo Álvarez
Investigador agregado del Museo Nacional de Historia de las Ciencias.
Cuba no. 460 entre Amargura y Teniente Rey, Habana Vieja.

Tomás Romay Chacón (La Habana 21-3-1764; 30-3-1849). Se le considera como el iniciador del Movimiento Científico en Cuba, humanista, sabio médico y gran higienista, que abrió el camino al desarrollo de las Ciencias Naturales modernas y modeló un sistema de salud pública basado en la lucha contra las enfermedades infecciosas. Estudió medicina en la Universidad habanera, donde se doctoró en 1792. Fue miembro distinguido de la Sociedad Económica de Amigos del País y se convirtió junto al economista Francisco de Arango y Parreño y al filósofo José Agustín Caballero en una de las principales figuras del movimiento progresista impulsado por la gran burguesía criolla de finales del siglo XVIII y principios del siglo XIX.

Luchador incansable contra los métodos de enseñanza escolástica, coloca al hombre en el centro de la problemática científica y clama por el estudio de la naturaleza. Su extensa obra, alcanza materias disímiles: medicina, botánica, química, agricultura, historia, gramática, arte, sociología, filosofía y educación. Su campaña contra la costumbre de realizar enterramientos en las iglesias facilitó la construcción del primer cementerio de la Habana, el 2 de febrero de 1806 y llamado de Espada por el papel que jugó en su construcción el obispo Juan J. Díaz de Espada.

Su labor más meritoria fue sin dudas su lucha a favor de la vacunación antivariólica y por el sostenimiento de su calidad y masividad. La viruela, -enfermedad infecciosa que provocaba infinidad de muertes, - tuvo como primer método profiláctico o de inmunización la llamada variolación o variolización, proveniente, al parecer -en sus más remotos orígenes- del Asia Central; y que consistía en trasladar -utilizando una aguja- pus de una persona enferma a una sana. A pesar de que este fluido se le dejaba primero secar para disminuir su virulencia en muchas ocasiones el individuo llegaba a enfermar y moría.

El cirujano inglés Edward Jenner (1749-1823) por su parte descubrió que por un proceso similar -pero utilizando pus de la viruela de las vacas-, se lograba una inmunidad en los humanos. Este líquido pasó a conocerse por lo tanto así vacuna, y su inoculación, vacunación. Este producto se envasaba, pero las dificultades que acarreaba su conservación, propició también su difusión brazo a brazo. En 1800 se introduce este método en España, y en 1803 una expedición encabezada por el médico Francisco Javier Balmis se propone introducirla en Puerto Rico, Cuba y México. No obstante, desde 1802 la Sociedad Económica de Amigos del País había ya encargado a Romay la búsqueda de la viruela vacuna entre el ganado bovino de la Isla, ni estos esfuerzos, ni otros -importar el pus por ejemplo- dieron el resultado esperado.

Sólo el arribo a la Isla en 1803 -procedentes de Puerto Rico- de unos niños vacunados le permitió efectuar las primeras vacunaciones exitosas, comenzando entonces su campaña por extender el procedimiento de forma gratuita, -este hecho, afectaba directamente los intereses de los que habían introducido y practicaban la ya obsoleta variolación que sí cobraban, por lo que hicieron una fuerte resistencia aunque sin éxito alguno-. Finalmente cuando en mayo de 1804 arribó la expedición española su sorpresa fue grande al comprobar que ya la vacuna se propagaba en el país, se decide entonces la creación de la Junta Central de Vacuna para garantizar la calidad y masividad de esta práctica, que presidió Romay. Ya a fines del XIX la viruela era poco común en Cuba.



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